APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI
Hace unos días me preguntaron por qué ya casi no participo en carreras. La respuesta fue tan sencilla que sorprendió a quien me hizo la pregunta. Porque me gusta correr. Parece una contradicción, pero no lo es.
Hace algunos años correr era una de las actividades más democráticas que existían. Bastaban unos tenis, una calle, un parque, una brecha o un cerro. No había cuotas de inscripción, paquetes VIP, medallas conmemorativas, fotografías profesionales, drones siguiendo a los corredores ni patrocinadores diciéndote qué gel energético debías consumir en el kilómetro tal o cada hora, porque si no lo haces no eres pro.
Solo corrías. Y eras feliz. Hoy pareciera que correr dejó de ser suficiente. Ahora hay que inscribirse. Comprar la playera oficial. Pagar la fotografía. Publicar el entrenamiento. Compartir el ritmo. Subir la elevación acumulada. Enseñar el reloj. Mostrar la medalla. Editar el video. Y, por supuesto, presumir que a las cinco de la mañana ya estabas rumbo a la carrera.
Lo curioso es que todo eso ocurre antes de hablar de correr. Porque el deporte pasó a segundo plano. Lo importante es el contenido para redes.
Las carreras dejaron de vender kilómetros y comenzaron a vender experiencias. Y las experiencias cuestan. De 750 a 5000 pesos por correr en un sendero que el resto del año permanece abierto y al que cualquiera puede entrar sin pagar un solo peso, incluso correr la misma ruta sin pagar nada, el cerro ahí está, no es de nadie y no cuesta nada.
De 750 a 1500 pesos por correr sobre una avenida que normalmente es pública. Por una carrera de 10 kilómetros donde lo más caro parece ser el arco inflable de la meta.
No estoy diciendo que organizar un evento sea gratuito. No lo es. Cerrar calles, montar logística, ofrecer hidratación, cronometraje y seguridad cuesta dinero.
Lo preocupante es otra cosa. Que hemos normalizado pagar cantidades que van llegando a lo absurdo por hacer algo que, en esencia, siempre fue y ha sido libre.
Y mientras más caro es el evento, más exitoso parece. Las marcas lo entendieron antes que nosotros. Descubrieron que ya no venden tenis. Venden identidad. No compras calzado. Compras pertenecer a una comunidad. No pagas una inscripción. Pagas una historia para Instagram.
No corres una montaña. Compras el derecho de decir que conquistaste esa montaña. Y alrededor de ese negocio floreció toda una industria. Entrenadores para corredores recreativos.
Nutriólogos que elaboran planes alimenticios como si todos fueran candidatos a ganar el Maratón de Boston o el Mont Blanc. Influencers que prueban suplementos distintos cada semana. Geles. Sales. Proteínas. Calcetas de compresión. Lentes especiales. Mochilas. Bastones. Relojes que cuestan más que una motocicleta. Aplicaciones con suscripción mensual. Y todos prometiendo exactamente lo mismo. Que correrás mejor.
La realidad suele ser mucho más simple. La inmensa mayoría de quienes participan en estas carreras nunca buscará romper un récord mundial. Ni siquiera un récord personal. Corren porque les gusta. Porque les ayuda a despejar la mente. Porque encontraron en el cerro una terapia más barata que muchas consultas. Porque disfrutan el silencio. Porque necesitan respirar. Pero esa esencia parece estar desapareciendo.
Hoy hay corredores que pasan más tiempo preparando la publicación de la carrera que recordando el recorrido. Más preocupados por la fotografía perfecta que por el paisaje.
Más atentos al algoritmo que a su respiración. Más interesados en los «likes» que en el placer de cruzar una vereda.
Y no es culpa únicamente de los corredores. Las marcas viven de ello. Los organizadores claro que también. Las redes sociales lo premian. Y el mercado encontró una forma extraordinaria de convertir una actividad gratuita en un estilo de vida extraordinariamente rentable.
El problema es que, cuando el marketing invade un deporte, el deporte termina adaptándose al marketing. No al revés. Por eso cada vez vemos carreras más espectaculares y corredores menos felices. Más drones. Más pantallas. Más patrocinadores. Más merchandising. Más fotos. Más reels.
Y, curiosamente, menos personas que simplemente salgan a correr porque sí. Porque correr nunca necesitó de una medalla para tener sentido. Ni de una playera oficial. Ni de un video en cámara lenta. Ni de un aplauso en redes sociales. Bastaban unos tenis. Un camino. Y las ganas de llegar un poco más lejos que ayer.
Yo y otros pocos que conozco, nos inclinamos más porque el verdadero lujo hoy no sea pagar la inscripción a la carrera más exclusiva. Quizá el verdadero acto de rebeldía sea levantarse un domingo temprano, salir al cerro sin dorsal, solo con el reloj, sin publicar una sola historia al momento hasta días despues solo porque nos gustó la ruta y recordar que el mejor premio de correr sigue siendo el mismo de siempre. Volver a casa sintiéndote un poco más libre que cuando saliste.














