Dislates
Por: Salvador SILVA PADILLA
I
Desde mediados del siglo pasado lingüistas y antropólogos han hecho importantes descubrimientos en torno a la compleja interrelación entre lenguaje, conocimiento y realidad. Uno de ellos fue descubrir cómo las diferentes lenguas segmentan y comprenden la realidad de distinta manera. Existe el ejemplo clásico de que mientras para los hablantes del inglés, español, chino, francés, etc., solo tenemos una palabra para nombrar lo que para nosotros es una sola realidad «nieve» -y por lo mismo para nosotros, se torna un concepto general, amplio, y por ende, difuso, abstracto e indefinido.(*) Los inuits del norte de Canadá por su parte, porque tienen contacto directo con el clima helado, utilizan 22 palabras para nombrar y diferenciar igual número de estados distintos de la nieve: y a dichos estados los definen de acuerdo a su solidez, blancura, consistencia, si acaba de caer o no, etc.
II
Erich Fromm, psicoanalista, autor de «El arte de amar», descubrió que al menos en la sociedad occidental, al igual que con la nieve, todos tenemos la misma amplia, nebulosa, abstracta, imprecisa, abstracta, difusa y alienada concepción del amor. (Con el problema de que la nieve está, digamos, a siete mil kilómetros de distancia de Colima y el amor lo tenemos a la vuelta de la esquina.) Así, no solo profesamos el mismo sentimiento de «amor» a las personas, aun si son nuestros padres, hermanos, hijos, amigos, estrellas de cine o jugadores de futbol. No contentos con ello, lo hacemos extensivo a mascotas, chocolates, tipos de comida; a una pluma, un reloj en particular o a cada nuevo Iphone que sale al mercado. Por ello, la conclusión es que quien ama a todo y a todos por igual, en realidad no ama a nadie ni a nada.
III
Pero los seres humanos no nos hemos detenido ahí, nuestra errática carrera en busca del amor eterno continúa por caminos insospechados: tenemos el caso de Edward Smith quien ha alternado su amor con «Vanilla» y con Ginger». Ello no sería demasiado raro excepto que Vanilla es una dulce, compacta, y blanca VW Beetle, mientras que Ginger es una atlética, fuerte y todo terreno Ford Ranger.
La historia de Erika, es aún más emblemática, romántica podemos decir. Ella no solo se enamoró de un objeto, sino de todo un monumento y, aun, se casó con él (o mejor dicho, ella). Hablamos de la Torre Eiffel. El matrimonio celebrado en 2007 fue documentado por diversos medios de comunicación, incluso la CNN. Hubo fiesta, invitados, brindis, pastel, madrinas, todo lo que implica y conlleva una boda. Todo, excepto el juez. Ello no obstó para que Erika adoptara el apellido Eiffel. En contra de la falsa leyenda que los franceses se han encargado de difundir de sí mismos y de su impulso y hasta «complicidad» hacia los enamorados, los policías y los guías de turistas que rodean a la torre Eiffel le llegaron a impedir cualquier contacto con su metálico objeto de deseo.
Seguramente la propia frialdad de la Torre también influyó para que rompieran y un año después, Erika se divorció. Sin embargo pronto encontró consuelo. Ahora fue con una delicada, fina, esbelta y casi tenue valla roja de un jardín público de Montreal. Su amor no ha escapado a las críticas. A ellas ha respondido: «No estoy loca. Amo. Y el amor no tiene reglas»
IV
Este tipo de amor, me recordó a lo definido por Borges citando a Cansinos Assens y es la conclusión a la que llego: «Es tan triste el amor a las cosas, porque las cosas no saben que uno existe».
(*) A mí me ocurría con los autos lo mismo que con la nieve: de todo el universo de automóviles, yo solo podía diferenciar dos grupos distintos: los vochos y el resto. Otro amigo -a quien guardaré en el más profundo anonimato con el fin de preservar su presunción de inocencia y por ello solo le llamaré G.R. (G de George y R de Ramírez)- era capaz de diferenciar un Nissan, de un Ford, de un Chevrolet, un Chevy, un Tsuru, Super Bee, Rambler, Renault, Mustang, Camaro, Peugeot, y un larguísimo etc. Era capaz de distinguir si un VW era del 67 o del 68 por el tamaño de las calaveras. Incluso, me consta, él podía identificar el modelo de vehículo que era, solo por escuchar el motor del auto.

















