La infiltración

El pez sin el agua
Por: Rubén PÉREZ ANGUIANO*

Los grupos del crimen organizado no operan aislados: es parte de su esencia infiltrarse en las estructuras políticas y sociales. Dichas estructuras brindan protección, facilitan operaciones y permiten acceder a otros negocios. Toda organización criminal intenta penetrar familias poderosas, grupos políticos e instituciones. Así es desde que se inventó el crimen y vaya que el crimen es algo propio de la historia de la civilización.

En la famosa novela El Padrino, de Mario Puzo, el protagonista, don Corleone, erige su autoridad en cuatro pilares: hombres armados, aliados políticos (senadores y funcionarios en general, pero sobre todo jueces), recursos económicos y cientos de familias comprometidas por una larga lista de favores. No es sólo literatura. La novela es un reflejo de la realidad y Puzo abrevó en el rico historial de la mafia norteamericana. La mecánica de poder capturada en sus páginas sigue explicando a la realidad.

Cuando se habla de crimen organizado se hace referencia al binomio política y delito. “Entre asesinato y política existe una dependencia antigua, estrecha y oscura, que se halla en los cimientos de todo poder” (Hans Magnus Erzensberger). Es decir, no existe mafia sin asociación con el poder.

Los grupos armados que parecen operar de forma antagónica a la sociedad son un rostro de la mafia, pero no el único. Otros operadores están incrustados en las instituciones promoviendo los verdaderos negocios y otros más generan las condiciones para la protección de sus activos financieros. Eso explica que a veces toda una administración, sea municipal, estatal o más arriba, esté vinculada al crimen organizado.

Sería ingenuo suponer que casos como los de Sinaloa (una administración estatal) o Tequila (municipal) sean una excepción. Lo más probable es que muchas administraciones estatales y municipales estén vinculadas, en mayor o menor grado, a grupos delincuenciales, pero la información al respecto no se conoce todavía o sólo es conocida por quienes la sufren a diario. El ejemplo es evidente: Rocha es de sobra conocido en Sinaloa. Nadie de por allá ignoraba su estilo de operación y su asociación con los principales grupos de narcotráfico en la entidad.

Es posible que la infiltración institucional sea una constante en diversos municipios, entidades y hasta en áreas sensibles del gobierno federal. Me gustaría señalar que instituciones como el Ejército y la Marina, por el discurso patriótico que las alimenta, están al margen de tales tentaciones, pero por desgracia la realidad nos dice otra cosa. Nada más recordemos el lamentable caso del Huachicol Fiscal y el del general en retiro, Mérida, acusado por el gobierno norteamericano.

Algo está mal en todo el país. Un fantasma recorre México: el del narcotráfico. Pero no está solo. Otro fantasma lo acompaña: el de la corrupción.

 

*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 58 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.