Dislates
Por: Salvador SILVA PADILLA
Por: Salvador SILVA PADILLA
Yo soy partidario que cada quien puede hacer de su vida un papalote y, en consecuencia, de su cuerpo si así lo desea: da igual si es el escafoides, el pene o el trigémino. Sin embargo, de manera regular siempre surgen noticias que me hacen dudar de la salud mental, cuando no de la inteligencia de la especie humana.
En el diario El País del 7 de mayo pasado, se publicó el reportaje «Los hombres circuncidados que quieren recuperar su prepucio: ‘no es solo sexual, es cultural e identitario». Según esa nota un hombre llamado David Frost después de múltiples y vanos intentos, por fin pudo, mediante intervención quirúrgica, que le injertaran algo de piel que pudiera desempeñar, -más o menos-, el papel del prepucio. La operación, según la noticia, costó 25 mil dólares.
Uno podría entender que ese injerto pudiera ser a manera de protesta denunciando el genocidio de Netanyahu y compañía, o bien que ese hombre, al estilo Saulo de Tarso se haya convertido inmediata y milagrosamente del judaísmo al cristianismo y como prueba de su nueva fe haya querido descircuncidarse, Pero reinjertarse el prepucio ¿así nada más porque sí? creo que no habla muy bien del equilibrio emocional no solo de las personas que lo hacen, -porque es cada vez mayor el numero de hombres que se unen al buen David FRost- sino de la época en general.
La circuncisión ha estado bajo la lupa en los últimos tiempos; creo que la mayoría de las ocasiones se hace por motivos religiosos (entre judíos y musulmanes). No pocos especialistas señalan que la circuncisión se recomienda porque puede prevenir enfermedades de transmisión sexual. Otros especialistas, en cambio (hay especialistas para todo) se oponen de plano, argumentando que son un gasto y un corte innecesarios.
Pero actualmente han surgido argumentos de fondo, esto es, de carácter cultural: quienes se oponen lo hacen esgrimiendo que eso es un atentado contra la integridad y la dignidad humanas, que se realiza contra natura y además sin consultar a los hombres (bebés en la mayoría de los casos) directamente interesados.
Es decir, hemos pasado del misógino, falso y freudiano concepto de «la envidia del pene» que el buen Sigmund atribuía a las niñas, a una especie de «añoranza del prepucio» por parte de un cada vez mayor número de circuncidados.
Un amigo que se enteró de lo que estaba escribiendo me comentó que cómo era posible que un medio de comunicación considerado serio publicara algo así: le recordé el concepto clásico de noticia: «El que un perro muerda a un hombre, no es noticia. En cambio si un hombre muerde a un perro, esa sí es noticia». Bajo esa misma lógica, el que se realicen cientos de circuncisiones al día no es noticia, pero que un hombre quiera resarcir su prepucio, sí lo es.
Pero, me comentó… ¿Qué podemos decir de una persona que haya retomado esa noticia y se haya puesto a filosofar, escribiendo literalmente, Dislates respecto a este tema?. Yo estaba a punto de concederle la razón, cuando me asaltó una duda… y ¿qué podríamos pensar de alguien que haya llegado hasta lo aquí escrito y aún siga leyendo con atención este texto? porque, como lo dice otro amigo, no hay que olvidar que el lector es quien crea al autor..



















