La política después de Coahuila

Frases de oro // La política después de Coahuila

Por Jorge Arturo Orozco Sanmiguel

Existe una batalla política que rara vez aparece en las boletas electorales, pero que suele ser más importante que la propia elección. No se libra en las urnas, sino en el lenguaje. No consiste en obtener votos, sino en obtener el derecho de contar la historia. La reciente elección en Coahuila es un ejemplo de ello.

Mucho se ha hablado sobre el triunfo del PRI. Algunos intentan interpretarlo como una muestra de fuerza; otras y otros como una excepción dentro de una realidad nacional distinta. Sin embargo, la verdadera lección no está en el partido que ganó, sino en aquello que la elección obligó a reconocer.

La oposición en México lleva años discutiendo si las alianzas son una necesidad o una traición a sus principios. Coahuila parece entregar una respuesta contundente. En un estado donde el priismo mantiene una estructura sólida, la competencia fragmentada no produjo diversidad política; mostró irrelevancia. Algunos partidos no solamente fueron derrotados; quedaron al borde de desaparecer de la conversación pública.

Por eso el resultado tiene implicaciones que van mucho más allá de las fronteras de Coahuila. A un año de nuevas elecciones, las conversaciones sobre alianzas volverán a ocupar las mesas de negociación. Particularmente en estados como Colima, donde los acuerdos opositores han logrado mantenerse a pesar de que desde algunos sectores nacionales se impulsa una ruta distinta.

La pregunta será incómoda para todas y todos: ¿qué pesa más, la identidad partidista o la posibilidad real de competir por el poder? Porque la política suele exigir definiciones que la teoría intenta evitar. Los partidos nacen para representar causas, pero también existen para ganar elecciones. Cuando ambos objetivos entran en conflicto, aparece el verdadero dilema político.

Morena tampoco debería ignorar las lecciones de esta votación. Durante años, el partido gobernante ha construido una narrativa exitosa alrededor de los programas sociales. La estrategia ha sido efectiva electoralmente, pero existe una diferencia entre una política que genera respaldo y otra que responde a las preocupaciones prioritarias de la ciudadanía.
Existe un concepto conocido como línea de masas.

Su principio es sencillo: escuchar al pueblo antes de decidir por él. No interpretar sus necesidades desde el escritorio, sino comprenderlas desde la realidad cotidiana. Y hoy la realidad parece insistir en una demanda específica: seguridad.

Los apoyos sociales continúan siendo importantes. Nadie podría negar su impacto político ni social. Sin embargo, cuando la principal preocupación de las personas es la violencia e inseguridad, cualquier otra acción gubernamental corre el riesgo de parecer insuficiente. Quizá por eso algunos esfuerzos locales para replicar esquemas de becas o apoyos económicos no han generado el mismo entusiasmo esperado.

No porque sean inútiles, sino porque responden a preguntas distintas de las que hoy formula la ciudadanía.

Pero hay algo más interesante detrás de todo esto. La política contemporánea parece haber sustituido la gestión por la representación. Importa tanto la fotografía que, en ocasiones, deja de importar aquello que la foto intenta mostrar. Se presume la entrega de apoyos, la asistencia a eventos, las plazas llenas o los actos multitudinarios. La imagen se convierte en argumento y la percepción intenta reemplazar a la realidad.

Y en ese contexto llega el Mundial. No porque el fútbol sea política, sino porque veremos exactamente el mismo fenómeno. Si la selección triunfa, aparecerán discursos que buscarán apropiarse del éxito colectivo.

Si fracasa, surgirán responsables inmediatos. Lo importante no será el resultado en sí mismo, sino quién logra imponer la interpretación del resultado.

Al final, esa es la verdadera disputa de nuestro tiempo. No quién gana una elección, ni quién gobierna o quién mete más goles. La disputa consiste en definir quién tiene el derecho de explicar por qué ocurrió lo que ocurrió. Coahuila ya abrió esa batalla. El Mundial simplemente nos recordará que vivimos en una época donde los hechos importan menos que el relato que se construye alrededor de ellos.

Y quizá ahí se encuentre el principal desafío para ciudadanas, ciudadanos y partidos por igual: aprender a distinguir entre la realidad y la historia que alguien quiere contarnos sobre ella.