APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI
Hay una regla no escrita en la política internacional: una mentira repetida el tiempo suficiente deja de ser cuestionada y empieza a ser asumida como realidad. No porque sea cierta, sino porque se vuelve familiar. Y en geopolítica, la familiaridad pesa más que la evidencia.
Durante más de tres décadas, Benjamin Netanyahu ha sostenido la misma advertencia: Irán está a punto de conseguir la bomba nuclear. Lo dijo en los años noventa, lo repitió en los dos mil, lo escenificó en 2012 ante la ONU con aquel dibujo que se volvió símbolo de su narrativa… y lo sigue diciendo hoy.
Treinta años diciendo “están a punto”.
Pero hay un problema con esa afirmación: los hechos no la respaldan. Mientras tanto lo que sí es real que es Israel sí tiene bombas nucleares y es reciente país no es precisamente una garantía de estabilidad y paz.
El Organismo Internacional de Energía Atómica ha señalado en distintas ocasiones que no existen pruebas concluyentes de que Irán esté desarrollando un arma nuclear. No es un detalle menor. Es el punto central de toda la discusión.
Irán, además, es firmante del Tratado de No Proliferación Nuclear. Eso implica inspecciones, supervisión internacional y un marco legal que, con todas sus limitaciones, establece controles sobre su programa atómico.
Ahora bien, aquí es donde la narrativa se rompe.
Porque el único país de Medio Oriente que no ha firmado ese tratado y que, sin embargo, posee armas nucleares es Israel.
No lo reconoce oficialmente. No permite inspecciones. No lo declara en foros internacionales. Pero la evidencia acumulada durante décadas —investigaciones, filtraciones, análisis independientes— apunta a un programa desarrollado en secreto desde los años sesenta, con instalaciones como Dimona en el desierto del Néguev y un arsenal estimado en decenas de cabezas nucleares.
Es decir: la única potencia nuclear de la región acusa sistemáticamente a un país que, hasta ahora, no ha demostrado tener ese tipo de armamento.
Y sin embargo, el relato dominante sigue siendo otro.
¿Por qué?
Porque la propaganda no necesita ser verdad. Solo necesita ser constante.
La repetición ha construido una percepción global donde Irán es sinónimo de amenaza nuclear, mientras que el silencio estratégico ha permitido que el arsenal israelí permanezca en una zona gris, casi invisible en el debate público internacional.
No se trata de defender a un régimen ni de ignorar las tensiones reales que existen en la región. Se trata de algo más básico: distinguir entre hechos y narrativas. Y los únicos hechos probados hasta ahora es un genocidio en contra de Palestina en Gaza, una ocupación terrible, y el intento de borrar del mapa no solo a Palestina, ahora también a Líbano.
Parece que ahora la política internacional se construye sobre percepciones distorsionadas, y las decisiones que se toman a partir de ellas también lo están.
Y ahí es donde el problema deja de ser comunicacional… y se vuelve peligroso.
Las guerras no empiezan solo por intereses económicos, estratégicos o territoriales. También comienzan por relatos que justifican su necesidad. Por amenazas que se amplifican. Por enemigos que se construyen.
Si durante treinta años Israel y Estados Unidos han repetido que Irán está a punto de cruzar una línea que nunca termina de cruzar, la pregunta no es solo por qué se dice… sino para qué. Y entender eso —aunque incomode— es el primer paso para no confundir propaganda con realidad.



















