PALABRAS A ENRIQUE CEBALLOS RAMOS

PALABRAS A ENRIQUE CEBALLOS RAMOS
Por: Noé GUERRA PIMENTEL

A razón de su reciente homenaje. Hay personas cuya vida se mide en años; otras, cuya existencia se mide en las huellas que ayudan a conservar. Al hablar de Enrique Ceballos Ramos, recién llegado a los ochenta años de vida, se habla de un hombre para quien el tiempo no ha sido la cansina sucesión de años o calendarios, sino la voluntariosa, paciente y amorosa construcción de memoria y servicio.

Hijo de la muy estimada Victoria Ramos Mejía y del entrañable Carlos, el Caco Ceballos Silva, Enrique fue el séptimo de diez y el mayor de los hermanos varones. Él tuvo el privilegio de nacer una noche de plenilunio aquel 24 de mayo de 1946, frente al mar y la bioluminiscencia marina que se tiende desde el ritmo acompasado de las olas hasta apagarse en el contraste oscuro de la arena negra, volcánica, del mítico balneario de Cuyutlán.

Séneca, en sus cartas a Lucilio, escribió que: nadie es pobre de tiempo, sino pródigo en desperdiciarlo. Enrique, lo entendió, él no ha dejado que el tiempo se le escape, si vemos su biografía, ha hecho de cada etapa una huella. Primero, en la juventud, cuando el vigor encontró expresión en las canchas de tenis, destacó por su disciplina y alto nivel competitivo. Allí aprendió una de las lecciones que lo acompañan: las victorias no son del azar, sino de la perseverancia.

Más tarde, después de una juventud comprometida y compartida, llegaron las responsabilidades. En su tarea, ha hecho de los números un ejercicio de confianza y equilibrio. No es casual que tantos organismos civiles, sociales, deportivos, educativos y culturales hayan depositado en él la custodia de sus dineros, incluida la de los historiadores. Porque hay quienes son capaces de administrar dineros, pero pocos de administrar confianza.

Sin embargo, sería insuficiente hablar de Enrique solo desde las cifras o su paternidad, cuya etapa también ha superado con solvencia, como lo vemos, respetado y amado por sus orgullosos hijos Enrique y Ernesto (qepd), y la descendencia que le alegra y ocupa como amoroso abuelo. Su otra gran dimensión, que es en mucho la que hoy nos ocupa, aparece desde su relación con la cultura e historia de Colima.

Borges, en El Inmortal, obra de 1949, imaginó a un hombre que descubre que la eternidad carece de sentido, si nada es digno de ser recordado. Enrique, eligió como camino dedicar su vida a rescatar aquello que merece permanecer; como si Homero, como a Marco Flaminio Rufo en ese cuento, también a él se lo hubiera advertido. Por eso, Enrique no posterga, siempre hace, siempre está haciendo algo, aunque nadie lo vea; lo hace sin notoriedades. Su labor ha sido, acaso, más generosa.

Ha sido compilador, organizador y custodio de la palabra ajena y de nombres que, sin él, seguramente ya estarían olvidados; oficio que lo encontró sin que él lo buscara, para convertirse en constructor de puentes y puente en sí, entre literatos, cronistas e historiadores y los eventuales lectores. Allí donde otros vemos textos olvidados, él, Enrique, ha escuchado voces y ha visto patrimonio. Allí donde otros tropiezan con archivos perdidos, él ha encontrado palabras que tienen algo que decir y que suspiran por ser escuchadas.

Su trabajo ha sido como el de aquellos guardianes de bibliotecas que sabían que cada documento salvado era una victoria frente al olvido. Porque el olvido, como la arena, termina cubriéndolo todo. Sin embargo, de vez en cuando aparecen quienes se empeñan en retirar grano por grano, con los dedos y con su puro aliento, para revelar símbolos y huellas. Ceballos Ramos ha sido uno de ellos, de esos pocos que buscan recoger el tiempo, la voz la palabra y a la gente del cruel olvido.

Y si como pensaba Séneca, la mejor vida es aquella que trasciende para alcanzar la utilidad y la virtud, entonces Enrique puede contemplar serenamente lo recorrido. Porque ha vivido no para sí, sino para quienes le rodeamos. Los años pasan. Los libros permanecen. Las instituciones cambian. La memoria perdura. La gente se va; y en muchas de esas memorias, discreta pero indeleble se mantendrá firme la mano de Enrique, como firma invisible que el tiempo, lejos de borrar, seguirá revelando.