APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI
México volvió a quedar atrapado en su vieja obsesión diplomática: querer quedar bien con todos y terminar quedando mal con la realidad.
La cancelación —silenciosa, casi vergonzante— de un envío de petróleo a Cuba no es un simple ajuste logístico de Pemex. Es una señal política. Y una señal incómoda.
Porque hoy México está, literalmente, entre la espada y la pared: de un lado, Donald Trump, de regreso al poder en Estados Unidos, con una política exterior sin matices, sin sentimentalismos y con una lista clara de aliados y adversarios; del otro, el respaldo histórico —y cada vez más indefendible— a una tiranía agotada, la dictadura cubana, que sobrevive no por legitimidad democrática, sino por subsidios externos.
Durante décadas, la retórica oficial mexicana se refugió en la doctrina de la no intervención para justificar su cercanía con La Habana. Pero una cosa es no intervenir y otra muy distinta es sostener con recursos energéticos a un régimen que reprime, encarcela y empobrece a su propia población.
Cuba no vive una crisis coyuntural. Vive el colapso de un modelo. Y ese colapso ya no lo financia Venezuela —intervenida, aislada y asfixiada— sino, en buena medida, México. O al menos, así había sido hasta ahora.
Por eso el freno al envío de petróleo duele tanto en el discurso oficial. Porque exhibe lo que el gobierno no quiere admitir: que el apoyo a Cuba ya no es gratuito ni simbólico, sino un pasivo diplomático frente a Washington.
Trump no cree en ambigüedades. No cree en “matices latinoamericanos” ni en nostalgias revolucionarias. Y menos aún cuando se trata de energía, comercio y seguridad regional.
Para su administración, ayudar a Cuba es ayudar a un régimen aliado de sus adversarios estratégicos. Punto.
Y ahí está México, intentando caminar sobre una cuerda floja: diciendo que no aumenta los envíos, pero evaluando cancelarlos; defendiendo la soberanía, pero cuidando el TMEC; hablando de solidaridad, mientras calcula el costo político de sostener una dictadura ajena.
El problema no es Trump. El problema es que México no ha querido redefinir su política exterior conforme al siglo XXI, sino seguir actuando como si la Guerra Fría no hubiera terminado.
Apoyar a Cuba ya no es un gesto romántico de independencia diplomática. Es una toma de partido. Y toda toma de partido tiene consecuencias.
La pregunta de fondo no es si México debe ceder ante la presión estadounidense.
La pregunta es mucho más incómoda: ¿por qué seguimos defendiendo a un régimen que ni siquiera puede garantizar electricidad a su población, pero sí represión, censura y exilio?
México no está obligado a alinearse con Trump. Pero tampoco está condenado a ser el último salvavidas de una dictadura moribunda.
Hoy, más que nunca, la neutralidad es una ficción. Y el silencio, una forma de complicidad.


















