McCartney colapsa al Zócalo

Su felicidad estaba a unos 600 kilómetros de distancia. Y ayer muy temprano decidió ir por ella. Cuatro camiones y 10 horas después, Jacinta vio a Paul McCartney levantar el brazo en el Zócalo de la ciudad de México. Le grita que lo ama y canta junto con él “Hello, good bye”. Fue un largo y sinuoso camino pero al final es feliz. Explica la razón: “Con esta canción, mi madre me levantaba para ir a la escuela allá en Chiapas”.

Como ella, otros 200 mil mexicanos son felices al escuchar a McCartney sin haber gastado más que el pasaje. “Dos boletos de metro”, dice Javier quien abraza por la espalda a su novia mientras le canta “May be I’m amazed”. “Esa la compuso Paul para su esposa Linda”, explica Javier.

“Lo más caro fue el agua, 20 pesos el trago”, dice una mujer con la bandera de Gran Bretaña amarrada en la cabeza.

Pero antes de esta felicidad, los fans de McCartney vivieron la noche de un día difícil: lluvia a las cuatro de la tarde, sol a las cinco, humedad sofocante a las seis y (para terminar de irritarlos) una manta desde el tercer balcón del Hotel Majestic con la frase: Enrique Peña Nieto se compromete y cumple.

Así que cuando Paul levanta el puño, lo que provoca no es una simple ovación, sino la certidumbre de que valió la pena aguantar la sed, el hambre y las ganas de ir a los sanitarios, los cuales no estaban ubicados en la plancha, sino en calles aledañas. Ir al baño significaba perder el lugar.

“Todos nuestros fans son unos locos lunáticos”, dijo Paul McCartney en 1965 antes de un concierto de The Beatles en Michigan. Casi medio siglo después, lo siguen siendo. Pablo es un ejemplo: “No soy Paul pero soy igualito”, explica el fan quien, como McCartney, tiene 70 años y está vestido como el Sargento Pimienta. La diferencia es que Pablo pesa unos 90 kilos y su traje está negro de mugre. “Ayer que llegué a formarme estaba brillante, pero hoy amaneció así. No debí acostarme con la calle”, dice a los que quieren tomarse una foto con él.

Y cuando interpreta “Paperback writer”, Pablo toma un bajo imaginario y la interpreta, según dice, con un virtuosismo que confirma que es “igualito” al ex Beatle.

Enfrente del Palacio del Ayuntamiento, en cuyo muro principal reza la leyenda “a esta ciudad no la definen sus edificios, sino su pueblo”, y del lado izquierdo, se podía mirar Palacio Nacional con su campana de Dolores al frente. Así que quién podría culpar a Paul McCartney de gritar, aquí y ahora: “¡Viva México, cabrones!”. La respuesta fue esa misma frase, repetida por miles: comenzó con las primeras filas de la catedral y luego se hizo eco por Madero y Pino Suárez.

Luego vino el mariachi Gama mil y lluvia de fuegos artificiales con “Live and let die”. {jathumbnail off}

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