COLIMA.- «Ahorita ya anocheció, ya va a pasar un día más, horas más, ahorita salí a dar otro recorrido y sin novedad. Miro todo tranquilo, como que nada sucedió. Veo a todos en sus vidas, en sus cosas que hacen y yo, soy la única que camina por las calles, recorre las calles con el alma destrozada. Porque pues no sabemos. No sabemos qué fue lo que pasó».
Para Rosa Hernández, el tiempo se detuvo la noche del 14 de enero de 2026, a las 23:30 horas, cuando recibió el último mensaje de su hijo mayor, Omar Eliseo Rosales Hernández. Desde entonces, el calendario se ha convertido en un verdugo que acumula doce días de respuestas institucionales y caminatas interminables bajo un sol que no alcanza a calentar el alma destrozada de una madre que, entre el miedo y el coraje, decidió detener el tráfico en una carretera para exigir que el gobierno dejara de tratar la vida de su hijo como un trámite burocrático más.
«Le dije (al titular de la Fiscalía Especializada en la Investigación en Materia de Desaparición de Personas, Héctor Javier Peña Meza) ‘Es que ya lleva 12 días’ y que para ustedes como que piensan que se me perdió, no sé, un zapato, un reloj… No, eso no fue, le dije que fue mi hijo».
«Como no son los hijos de ellos, no les preocupa. Como le dije al Fiscal, a ver, ¿ si fuera el hijo de usted? ¿Qué? Ahí no le pareció, ¿verdad? Pues no, nadie quiere, pero todos opinan y dicen y para ellos se les hace bien fácil porque no están en mis zapatos. Estuvieran en mis zapatos, créame que hasta se siente feo. Yo hasta sentí que el Fiscal sintió feo cuando le dije eso».
En una entrevista desgarradora que desnuda el vacío que dejan las desapariciones en Colima, Rosa Hernández relató a este medio cómo la desesperación la llevó a encabezar un bloqueo vial este lunes.
Desde las 8:30 de la mañana hasta casi el mediodía, el asfalto fue el único escenario donde las autoridades finalmente parecieron escuchar. Antes de eso, la respuesta de la Fiscalía General del Estado había sido, a sus ojos, una «eternidad» de oficios postergados y promesas de seguimiento que nunca llegaban, enfrentándola incluso a reclamos por no estar presente en cada minuto del proceso.
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«Me dijo la licenciada que pues no le daba yo seguimiento».
«O sea, le dije, ¿cómo quiere que le haga? si todo el tiempo he estado aquí, ¿Entonces qué quiere? ¿Que aquí duerma o cómo?».
Omar Eliseo, un joven de 26 años descrito por su madre como un hombre de familia y trabajador, desapareció en circunstancias que hoy son objeto de una investigación que Rosa tuvo que empujar con sus propias manos.
La última información que tiene es que su hijo se encontraba afuera del patio de Moregas, en Manzanillo, esperando un viaje en su unidad de carga. Según el testimonio de un familiar, Omar pidió ser llevado a un cajero automático para retirar dinero y, desde ese punto, el rastro se esfumó. El tráiler se quedó ahí, solo, como un testigo mudo de una ausencia que Rosa se niega a aceptar como definitiva.
«Como le dije al fiscal: ‘A ver, ¿fue el hijo de usted? ¿Qué?’. Ahí no le pareció, ¿verdad? Pues no, nadie quiere… opinan y dicen y para ellos se les hace bien fácil porque no están en mis zapatos».
La ficha de búsqueda emitida por la Comisión de Búsqueda de Personas del Estado de Colima describe a Omar Eliseo como un hombre de 1.75 metros, complexión morena, cara redonda y una seña particular: un lunar en medio de las cejas. Al momento de su desaparición, vestía pantalón de mezclilla, playera gris, gorra negra con la figura de un gallo y tenis blancos.
Son datos fríos que Rosa repite mientras recorre las calles pegando volantes con las manos vacías y la mirada baja cuando regresa a casa, donde tres hijos más pequeños aguardan una noticia que les devuelva el aire.
«Llego a mi casa y mis hijos me voltean a ver a los ojos, esperando que les diga: ‘Ya lo encontré’. Sin embargo, llegamos con las manos vacías, con la mirada al piso porque ni siquiera el valor de verlos a sus ojos… de que no he tenido la capacidad de poder encontrar a su hermano, a mi hijo».
La lucha de Rosa es también una batalla contra la precariedad. Ha tenido que dejar de trabajar para dedicarse a la búsqueda, enfrentando el dilema de cómo costear la gasolina, las copias de los boletines y la cinta para pegarlos.
A pesar del apoyo de su patrón, la realidad económica se impone en un hogar donde Omar era un pilar fundamental.
Además, la soledad de la búsqueda se ha acentuado luego de que otras personas que también tienen una problemática similar decidieran dar un paso atrás por temor a represalias, un miedo que Rosa comparte pero que no le permite detenerse.
«Hay familias que me han comentado que ellos no tienen los medios para trasladarse, para venirse porque los papás no viven aquí. Pues quizás yo tampoco los tengo, pero uno se tiene que mover a como dé lugar».
«Al final me quedé sola, pero pues no le hace porque yo peleo por mi hijo».
Tras el bloqueo, la promesa de la autoridad es un compromiso directo del fiscal para agilizar el rastreo de llamadas y la revisión de las cámaras del C5, así como citar a las últimas personas que tuvieron contacto con el joven.
«Estoy con el alma vacía, el alma vacía. Regreso, regreso con una esperanza de que ahora sí lo vamos a encontrar. Se termina el día y todo igual, sin novedad», dice entre sollozos.
Para Rosa, esto no es un triunfo, es apenas una tregua en medio de la pesadilla. Mientras Manzanillo sigue su marcha y el resto de la gente continúa con sus vidas, ella camina por las calles con el alma vacía, esperando que el próximo amanecer sea, finalmente, el día del reencuentro.

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