La guerra que ya no necesita hechos, los fabrica con IA

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Hubo un tiempo en que la propaganda en las guerras distorsionaba la realidad. Hoy, directamente se tene acceso a la posibilidad de reemplazala con la Inteligencia Artificial.

El conflicto contemporáneo —y particularmente lo que rodea a Benjamin Netanyahu— ha cruzado una línea que durante décadas parecía lejana: ya no se trata de imponer un relato sobre los hechos, sino de fabricar los hechos que sostienen ese relato. No es una exageración. Es una mutación propagandistica y mediática.

Eli Hazan, hoy al frente de la Oficina de Prensa de Netanyahu y ex vocero del Likud, lo resumió sin pudor: la verdad no es el objetivo; lo es inundar el espacio digital con noticias falsas (sobre la guerra).

Durante años, la guerra fue también una batalla de versiones. Cada bando interpretaba, exageraba u ocultaba, pero partía de algo real, solo se modificaba el ángulo o enfoque. Hoy, con el avance de la inteligencia artificial, ese punto de partida empieza a desaparecer.

Proyectos vinculados a entornos tecnológicos cercanos a la inteligencia israelí —como los asociados a la Unidad 8200— han mostrado una nueva capacidad: crear videos, imágenes y narrativas completas que nunca existieron, pero circulan como si fueran verdad. No hablamos de editar una fotografía. Hablamos de construir escenas enteras: crímenes que no ocurrieron, testimonios falsos, contextos diseñados para viralizarse antes de que alguien pueda verificarlos.

Y ahí está el verdadero cambio que me aterra por decirlo menos. La propaganda siempre ha mentido. Pero ahora ya no necesita mentir sobre algo: puede inventarlo todo.

El problema no es tecnológico. Es de control político a gran escala. Si esta capacidad existe y no se regula, no es por desconocimiento, sino por conveniencia. La inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta de poder: sirve para moldear percepciones, justificar decisiones y construir enemigos. En escenarios de guerra como el de hoy de Estados Unidos e Israel contra Irán y Libano, eso es oro puro.

En ese terreno, la verdad se vuelve secundaria. Importa más lo que la gente cree que ocurrió que lo que realmente pasó. Y estas puestas en escena artificiales pueder hacerse virales y sentar un relato antes de que se compruebe que fue inventado.

Desde una perspectiva más amplia, lo que estamos viendo es una transformación de la realidad pública. Durante décadas, la información podía ser contrastada. Hoy, la velocidad de la desinformación supera cualquier intento de verificación. Cuando se desmiente un video falso, ya cumplió su función: instalar una idea.

La corrección nunca alcanza a la mentira. Esto no es exclusivo de un país ni de un conflicto. Pero en contextos de guerra, donde la tensión es máxima y la narrativa es clave, esta tecnología encuentra su terreno ideal.

Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando las sociedades ya no pueden distinguir entre lo real y lo fabricado?

La respuesta es simple: se vuelven manipulables. El riesgo no es solo informativo, es democrático. Una ciudadanía que no puede confiar en la evidencia termina decidiendo desde la emoción o el miedo. Y eso abre la puerta al control.

Por eso el problema no es la inteligencia artificial, sino su uso sin límites. Mientras expertos piden regulación, los incentivos políticos apuntan en sentido contrario. Regular implica perder una herramienta poderosa. No hacerlo permite usarla sin costo inmediato.

En la lógica del poder, la decisión es evidente. Frente a este escenario, la única defensa real sigue siendo individual: dudar, verificar, contrastar. Entender que lo que vemos puede no haber ocurrido. Suena básico, pero hoy es urgente. Hoy las guerras ya no solo se libran en el terreno. Se libra en la percepción. Y en ese campo, la verdad va perdiendo 1 – 0.