La final que se convirtió en algo más que un partido de futbol, y pasó a la geopolítica

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Hace mucho tiempo que las finales de los Mundiales dejaron de ser solamente un partido de fútbol.
Hoy son un escenario donde chocan proyectos políticos, identidades nacionales, intereses económicos, narrativas mediáticas y hasta conflictos internacionales. El balón sigue rodando, sí, pero hace tiempo que dejó de ser el único protagonista.

La final de la Copa del Mundo 2026 entre España y Argentina fue exactamente eso: el reflejo de un mundo dividido. Dos selecciones. Dos estilos. Dos formas de competir. Dos símbolos que terminaron representando mucho más de lo que ocurre sobre un campo de juego.

Argentina aplaudido y respaldado moralmente por el régimen genocida de Israel y España muy en contra del genocido del estado Sionista y a favor del pueblo palestino.

Y quizá por eso describir el triunfo de España como «una victoria para el fútbol», aunque parezca un cliché, termina siendo la mejor definición posible.

No lo digo yo.

Lo dijo Alan Shearer, uno de los máximos goleadores en la historia de Inglaterra y una voz respetada en el análisis futbolístico: «No cabe duda de que ganó el equipo correcto. España controló la posesión de principio a fin, buscó jugar al fútbol, crear ocasiones y atacar. Este es un resultado para el fútbol por la forma en que han jugado».

Los números respaldan esa afirmación. España terminó la final con el 65 por ciento de la posesión, generó casi dos goles esperados, realizó veinte disparos y doce de ellos fueron entre los tres postes. Fue el equipo que fue a a la final queriendo jugar futbol.Y eso, en una final, no siempre ocurre.

Del otro lado apareció una Argentina que volvió a mostrar esa identidad competitiva pero llena de patadas, trampas y la victimización que la FIFA y los arbitros le conceden persé.

Confiados en el respaldo de poder hacer lo que sea sin ser sancionados, y esta no es una mera apreciación personal, lo demuestran los videos y repeticiones en el mismo juego, una selección que se dedicó a jugar sucio y cuestionar todo. Al pitar el árbitro intentaron golpear a jugadores españoles, y en el momento que España levantó la copa, Messi y sus colegas le dieron la espalda a la selección campeona del mundo. Vaya caballeros y deportistas.

La final dejó esa sensación en millones de espectadores que no tardaron en expresarlo en todas las redes sociales: que demasiadas veces el partido parecía alejarse del fútbol para acercarse a la confrontación permanente, a las interrupciones, a la protesta constante y a la búsqueda de ventajas por Argentina desde cualquier resquicio del reglamento incluso engañar al arbitro para que les anulara un gol.

En redes sociales, en programas deportivos y entre analistas creció además la percepción de que muchas decisiones arbitrales favorecieron a Argentina durante buena parte del campeonato, por no decir, de manera sistemática. Esa idea alcanzó su punto más alto en la final. La expulsión de Enzo Fernández por una entrada que difícilmente podía quedar sin sanción alimentó un debate que llevaba semanas instalado.

No corresponde afirmar conspiraciones cuando no existen pruebas. Pero sí reconocer que cuando millones de aficionados terminan hablando más del arbitraje favoreciendo a un equipo que del juego, quien pierde es el propio fútbol.

Y el fútbol merece algo mejor. También fue inevitable observar a Lionel Messi. Ya no es aquel futbolista capaz de sostener noventa minutos al máximo nivel frente a cualquier rival.

Administra esfuerzos, camina más de lo que corre y, como tantos grandes antes que él, busca influir desde la experiencia. En la final hubo momentos en los que sus reclamos al árbitro parecían ocupar más espacio que sus apariciones con el balón. Su desesperación por no ser tratado con ‘pincitas’ era evidente, estaba desencajado y nunca cargó a su equipo en la espalda, camino y se victimizó.

La realidad es que España encontró la forma de apagarlo. Y cuando Messi desaparece, Argentina también se hace más pequeña. Porque Argentina depende de él, España no depende un hombre, son un equipo como tal.

Sin embargo, lo más importante de esta final ocurrió muy lejos del estadio de Nueva Jersey.

Ocurrió en Gaza. Mientras el mundo observaba un partido de fútbol, miles de palestinos celebraban la victoria española. Las imágenes recorrieron el planeta. Niños entre edificios destruidos. Familias que llevan meses sobreviviendo entre bombardeos.

Personas que lo han perdido prácticamente todo sonriendo por un gol. Puede parecer insignificante. No lo es. Sonreír en medio del horror también es una forma de resistencia.
El respaldo de buena parte del pueblo palestino hacia España encontró explicación tanto en la postura que el gobierno español ha mantenido frente al conflicto como en los gestos públicos de varios futbolistas españoles, particularmente de Lamine Yamal y otros jugadores que no ocultaron su solidaridad con Palestina.

A veces un balón consigue lo que no consiguen los discursos diplomáticos. Regalar un instante de esperanza. Mientras tanto, la FIFA volvió a exhibir su contradicción permanente. Habla de unidad, inclusión y paz, pero administra el deporte más popular del planeta como una corporación global donde el negocio suele imponerse sobre los valores que dice defender.

El fútbol moderno hace tiempo dejó de ser únicamente de los aficionados. Pertenece a patrocinadores, derechos de televisión, intereses políticos y estrategias de poder.
Por eso resulta ingenuo pedir que el deporte permanezca al margen de la geopolítica.

Nunca lo ha estado y menos la FIFA que alberga más países afiliados que la misma ONU.
El Mundial de Argentina en 1978 fue utilizado por una dictadura militar. Estados han empleado el deporte para limpiar su imagen internacional. Gobiernos han encontrado en el fútbol una extraordinaria herramienta de cohesión nacional.

Y esta final volvió a demostrarlo. No enfrentó solamente a España y Argentina. También enfrentó dos relatos. Dos formas de entender el juego. Dos maneras de relacionarse con el poder.

Quizá por eso la imagen que permanecerá en la memoria no sea únicamente la de Rodri levantando la Copa del Mundo. Será la de un grupo de niños palestinos celebrando un gol entre ruinas. Será la de millones de aficionados sintiendo que el equipo que más quiso jugar al fútbol terminó imponiéndose.

Las lagrimas de los jugadores de Egipto y de Cabo Verde por la impotencia de pelear contra el arbitro el favoritismo hacia el equipo de Messi.

En el caso de la selección española, nunca renunció al balón, incluso cuando enfrente tuvo a un rival dispuesto a coser a patadas a los españoles.

Y será también la confirmación de que el fútbol sigue siendo el espejo más fiel de nuestro tiempo. Porque en él conviven la belleza y el negocio. La solidaridad y la propaganda. La poesía y la especulación. La esperanza y el poder.

Quizá tenga razón quien dice que el fútbol sigue siendo el opio de los pueblos. Pero también puede convertirse, por una noche, en el único idioma capaz de regalar una sonrisa a quienes viven entre los escombros.

Y si eso ocurrió en esta Copa del Mundo, entonces España no solo ganó un campeonato. Ganó una idea. La de que todavía es posible conquistar el mundo intentando jugar al fútbol.