COLIMA.- Con el propósito de ir más allá del discurso que se repite desde hace décadas en la agenda global, sin aterrizar casi nunca en transformaciones reales, locales o nacionales, esta semana la Dra. Rosalba Thomas impartió el curso “Educar para la vida”, como parte de las Jornadas Académicas 2026 que organiza la Universidad de Colima.

Más que insistir en fórmulas conocidas como el reciclaje o las campañas verdes de ocasión, Rosalba Thomas, coordinadora de la Maestría en Escenarios Socioambientales para la Vida e investigadora del Centro Universitario de Gestión Ambiental (CEUGEA), propuso abordar preguntas incómodas para cualquier institución o persona: ¿por qué decimos que nos importa el medio ambiente, pero actuamos como si no formáramos parte de él?, o ¿qué tipo de educación se requiere para aprender a vivir en la complejidad de los problemas, de las personas, de la menta y del propio entorno?

Desde su experiencia en educación ambiental y sostenibilidad, Thomas compartió su visión de que el problema no radica solo en la falta de información, sino en una brecha estructural entre el discurso y la práctica cotidiana. “La gran mayoría afirma preocuparse por el medio ambiente, pero pocos separan residuos, cuidan el agua o cuestionan el origen de lo que consumen”. Esta contradicción aplica, comentó, incluso en las universidades.

Durante años -explicó- la educación ambiental se limitó a “trabajar la tierra” y dejó de lado dos dimensiones fundamentales: la mente y el cuerpo. Por eso, su propuesta busca abarcar la tríada completa: mente-cuerpo-tierra. Para Ros Thomas, no existe conciencia ambiental sin reflexión, sin sensibilidad y una relación personal con el entorno. “No se trata solo de aprender técnicas, sino de modificar la manera en que pensamos, sentimos y habitamos el mundo”.

La desconexión, advirtió, no es casual: “Vivimos en un sistema que privilegia la comodidad, la rapidez y el consumo, alejando a las personas del origen de lo que usamos. Muchos jóvenes desconocen de dónde proviene la leche, la ropa o sus alimentos; todo aparece procesado en un anaquel”. Esa distancia, explicó, rompe la relación con la naturaleza y convierte el cuidado ambiental en una consigna abstracta, no en una práctica cotidiana con sentido social.

Desde esta lógica, dijo, la educación universitaria enfrenta un reto que no es solo pedagógico, sino institucional: “Dejar de formar únicamente profesionistas productivos y comenzar a formar ciudadanos coherentes. No basta sembrar árboles si después se secan; no basta con hablar de sostenibilidad si hay fugas de agua, si se riega a pleno sol cuando no hay abasto de agua o si los focos de los edificios permanecen encendidos sin necesidad. La universidad – y quienes la habitamos- educamos también con nuestros actos”.

En este sentido, el curso buscó no solo confrontar a estudiantes, sino a docentes, trabajadores y autoridades. “Porque educar para la vida exige revisar prácticas, estructuras y decisiones que sostienen nuestra vida y la cotidianidad universitaria. No se trata de sumar discursos, sino de construir una cultura institucional donde la coherencia entre lo que se piensa, dice y se hace, forme parte del aprendizaje”.

Sobre el tema, la profesora-investigadora destacó la gestión del rector Christian Jorge Torres Ortiz Zermeño, quien ha colocado a la gestión ambiental como un eje transversal y no solo como un tema decorativo. “La creación de nuevos programas, el fortalecimiento del Centro Universitario de Gestión Ambiental, los concursos de huertos, la integración de clubes ambientales y la visibilización del trabajo que se realiza en este rubro, son señales de que la política universitaria empieza a mover el tema del papel a la práctica”.

Asimismo, agregó que este reto no concluye en la rectoría y planteó que también la comunidad universitaria tiene que ejercer el compromiso con la coherencia. “No se puede ser educador ambiental y vivir de espaldas a lo que se predica. La transformación requiere comunidades de colaboración interdisciplinaria y espacios vivos como el laboratorio Pakkitlán, donde el estudiantado no solo escuche, sino experimente, observe y se sorprenda”.

Pakkitlán (https://www.facebook.com/pakkitlan) es un laboratorio de educación ambiental para la vida, creado en 2022, en el municipio de Cuauhtémoc, donde Rosalba Thomas lleva a la práctica su visión de la vida, y al que invita a estudiantes y personas interesadas en el tema. En este caso, las y los participantes del curso “Educar para la vida” también acudieron a este sitio para conocer, más allá de la teoría, cómo se aplica la visión unificada de mente-cuerpo-tierra.