ECOS DE LA CRISTIADA ¿Y LOS OTROS?
Por: Noé GUERRA PIMENTEL
Nuestro bien estimado colimense adoptivo, Juan Oseguera Velázquez, en sus Efemérides de Colima y de México (enero 23. 1927. Pág. 12) escribió: “Con el encuentro entre la policía y los -presuntos- alzados (que después se denominarían “cristeros” o “defensores de la fe”) en el rancho La Arena de Tonila, Jal., comienza en esta zona la rebelión cristera, murieron 4 policías y su comandante Urbano Gómez.”
Hace ya 99 años y, con esta fecha y a partir de anteriores manifestaciones, grupos proclericales han iniciado actividades conmemorativas al centenario de ese conflicto fratricida auspiciado desde el poder, por el poder mismo.
Lo deseable es que en dicho marco se rememore con una visión objetiva, imparcial, respetuosa e inclusiva y no se recurra al lugar común de la victimización. Porque cuando se ha hablado de la llamada guerra cristera usualmente se cuenta una sola versión: la de quienes tomaron las armas a nombre de la fe. Pero hubo otra parte, otro lado del conflicto, el menos recordado, el casi borrado, pero también doloroso; como lo escribió Jean Meyer (La Cristiada 1926-1929. Edit. 1973., vols. 1, 2 y 3): el de los federales, el de los “agraristas” y sus familias, el de los otros, que, por la esperanza de un pedazo de tierra y la promesa de un mejor futuro, quedaron atrapadas del lado del gobierno.
Muchos de esos combatientes, entre soldados y campesinos, por si no lo sabíamos o se olvida, no eran militares de carrera, ni ideólogos, ni empleados federales o del Estado. En su mayoría eran emergentes, gente reclutada a veces a la fuerza o por el supremo interés familiar de no continuar en la miseria heredada que en sus condiciones les presentaba el campo, un escape de la precariedad; jóvenes sin tierra ni opciones, enviados a pelear a otros pueblos y contra otra gente que se parecían a ellos y a los suyos, como si fueran ellos mismos.
Ocultando su legítima creencia, se sabe de quienes rezaban a escondidas, antes de entrar en combate a matar y a purgar la culpa o morir, con la esperanza del perdón. Otros escondían escapularios bajo el cuello del uniforme. No todos fueron por sí; muchos solo obedecían para sobrevivir. En casa, sus familias cargaban con una vergüenza silenciosa. En pueblos profundamente religiosos, como los del bajío, ser “del gobierno” significaba quedar marcado. Las cónyuges eran señaladas, los hijos vejados, los progenitores evitados y hasta maldecidos.
Pedir por la victoria o para que todo acabe, fue dilema de muchas familias. El miedo campeaba y era mutuo. Había miedo de ambos lados: miedo a los cristeros y miedo al propio ejército, miedo a los espías y a sus chivatos. También hubo familias divididas en lo interno. Primos y hermanos en bandos opuestos, parientes que cambiaron el diálogo por el insulto y la amenaza o que dejaron de hablarse hasta odiarse; madres y padres que rezaban por hijos que combatían entre sí, contexto que en mucho también se aprovechó para cobrar aplazadas rencillas domésticas.
Tiempos en los que nada era más seguro que la muerte. El gobierno prometía orden, pero solo eso. La iglesia, la salvación eterna. No sabemos. Lo que sí, es que cuando un soldado o agrarista moría, si era encontrado, no había honores, ni reconocimiento, ni lápida con nombre. Del apoyo para las viudas y sus familias ni hablar, simplemente nada. Ni corrido, ni altar, ni ofrenda, ni rezo, solo olvido. Algunas mujeres, sus viudas, con el doble o triple peso encima (la pena, la soledad y los hijos), solo se resignaron a ocultar la causa de la muerte del marido para evitar el rechazo de su propia gente. Muchas cambiaron de lugar, de nombre, de vida, para poder seguir viviendo.
Aunque así se insista. La Cristiada no fue esa historia de buenos contra malos. Fue una guerra civil no declarada, donde la fe, el miedo, la obediencia y la supervivencia se mezclaron hasta romper pueblos enteros, comunidades y familias, colectividades de carne y hueso. Conocer y tratar de entender lo que vivieron las familias del lado del gobierno no es minimizar el otro dolor, pero sí complementar con justicia la ocultada memoria y la fementida historia de la que solo fueron víctimas.





















