El pez sin el agua
Por: Rubén Pérez Anguiano*
Los partidos en el poder incuban su propia destrucción: le dan poder y voz a fanáticos, corruptos, ambiciosos, fanfarrones, descarados y a montones de loquitos y loquitas que se dedican a dar rienda suelta a sus manías, traumas, obsesiones y resentimientos, hasta que degradan toda la imagen política que les dio sustento.
Irónicamente, esos destructores y destructoras ni siquiera fueron los que llevaron a ese partido al poder, sólo tuvieron la suerte o la circunstancia de sumarse y hacer bola en el momento oportuno, pero, una vez incrustados en alguna posición política o administrativa se dedican a aprovecharse del momento, sin importar el daño a su imagen personal (no tienen vergüenza) ni el daño que provocan a la imagen colectiva (carecen de conciencia de partido)
A Morena le sucede así. Son demasiados los casos en que una actitud individual afecta a toda la noción de partido, pero no se pone orden y hasta parece que se exaltan las más oscuras extravagancias. Los ejemplos sobran. Tenemos a la vista, incluso, imágenes y declaraciones que parecen rondar por la locura, pero allí siguen.
Aquí aparece algo peor: el pacto establecido (todo lo indica así) con grupos ilegales en los procesos electorales y la defensa irracional de algunos de sus protagonistas, como lo demuestra el caso de Rocha Moya, Enrique Inzunza y el resto de los involucrados en Sinaloa. Por desgracia no parece ser el único caso y existen evidencias suficientes de muchos más.
Podemos mencionar una agravante más: la participación activa de los hijos del ex presidente AMLO, que sembraron de corrupción todos los grandes proyectos impulsados por su padre. Aquí cabe otra reflexión:
¿Por qué un padre permite o fomenta la participación de sus hijos en actos de corrupción superlativa?
Es un misterio. Lo normal es lo contrario: que se luche por apartar a los hijos de actividades que algún día les estallarán en la cara y mantenerlos lejos de toda tentación.
En fin, los signos de autodestrucción están allí. El problema es que, sin una depuración de proyectos y personalidades entre los opositores, lo que puede llegar después no será muy distinto a lo que se mira hoy.
La corrupción y la tendencia a la ilegalidad es una constante de la vida pública en nuestro país. Quizás sea reflejo de una cultura social profunda: ese afán por trepar y medrar a contrapelo del interés colectivo; ese aprovecharse del momento y la oportunidad apartando la mirada de lo que venga después; esa tentación por convertir los asuntos públicos en provecho privado.
Eso no es exclusivo de Morena, ojalá así lo fuera, sino de ciertas capas profundas del pensamiento patrimonial mexicano más allá de los partidos.
*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 58 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.



















