Dislates
Por: Salvador SILVA PADILLA
Segunda parte
I
Uno de los temas recurrentes en Borges es, sin duda, la noción del perdón, en El palabrista, lo retoma primero como un acto anodino para quien es perdonado: “No creo en el perdón. Si yo obro mal y me perdonan, ese acto de perdón es ajeno, y no puede mejorarme a mí. El ser perdonado no tiene importancia.
Posteriormente, desde otra perspectiva, aborda en una entrevista periodística la trilogía: «perdón», «olvido», «venganza»: Creo que hay algo miserable en la venganza, incluso en la venganza justa, ¿no? Hay algo fútil en ello. Me disgusta la venganza. Creo que la única venganza posible es el perdón, el olvido. Esa es la única venganza y, desde luego, el olvido lleva consigo el perdón, ¿no?
Posteriormente, esa reflexión ya pulida, en su poema Fragmentos de un Evangelio apócrifo, se transforma en: 27. Yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón».
II
Borges y la religión:
Continuando con Fragmentos de un Evangelio apócrifo… El versículo 12 me parece fascinante por la tierna verdad que expresa: Bienaventurados los de limpio corazón, porque ven a Dios.
Asimismo, en El palabrista Borges expresa: No podría definirme como ateo, porque declararse ateo corresponde a una certidumbre que no poseo. A fin de cuentas, el universo es tan extraño que todo es posible, hasta un Dios que es uno y es tres.
III
En otra conversación, Borges refiere de dónde proviene el amor y la admiración que le profesaba a su madre, al tiempo que deja entrever de quién heredó su -paradójicamente- brillante humor negro.
Me gustaría volver sobre el coraje, esa gran virtud. Tengo un ejemplo cercano. Durante mucho tiempo (y no hace demasiado) a mi madre y a mí nos amenazaban por teléfono. Cada vez que atendíamos, un individuo de voz gangosa decía: “Los vamos a matar a los dos”. Un día atendió mi madre, que ya estaba postrada en la cama. Escuchó la amenaza y con toda tranquilidad contestó: “Vea, matar a mi hijo, un hombre viejo y ciego que sale todos los días solo a la calle, no es una gran hazaña. En cuanto a mí, tengo más de noventa años, de modo que si no se apura, por ahí me le muero antes.
Y qué decir de esta otra muestra del humor de Borges: Una vez pasé diez días que fueron bastante tediosos, salvo que vi matar a un hombre; cosa que nunca había visto ni he vuelto a ver después. Vi matar a un hombre a pocos pasos de mí. Pero como yo estaba hablando de filosofía con un amigo, el balazo me pareció una interrupción grosera. “¡Qué falta de tino!”, pensé
IV
Sobre la lectura y la literatura
Esta reflexión prefigura su famosa frase (por “facebookeana”) sobre la lectura como una forma de felicidad.
Empecé a leer La guerra y la paz y de repente me di cuenta de que los personajes no podían interesarme. También de Tolstoi he leído algunos cuentos… pero me veía a mí mismo haciendo un esfuerzo. Y no me gusta eso cuando leo. Es decir, si leo un libro de matemáticas, o psicología, o ciencia, entonces debe ser así, pero con una novela o un cuento no deseo esforzarme.
Tal vez por un principio de conciencia literaria, desde niño preferí decir padre y madre, en lugar de papá y mamá, palabras ridículas, oficiales y frías. Es impensable una oración que diga: “Papá nuestro que estás en los cielos…”
Sus concepciones sobre la literatura, son tajantes, definitivas: Yo tenía entendido que solo había buena y mala literatura. Eso de literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante”.
Nada sé de la literatura argentina actual. Hace tiempo que mis contemporáneos son los griegos.»
«Yo no me siento maestro. No puedo dejar un mensaje para generaciones futuras, puesto que yo mismo no he sabido gobernar mi vida, y ni siquiera sé si he sabido gobernar mi obra literaria.
El siguiente juicio le abre (para mal) las puertas de la posteridad a un escritor que, de otra manera, permanecería en el discreto limbo de Wikipedia:
«No bebo, no fumo, como poco. Mis únicos vicios son la Enciclopedia Británica y no leer a Enrique Larreta.»
Y por supuesto, el que podría ser su juicio sumario sobre el siglo XX: Mi fama basta para condenar a esta época.




















