Mucho gusto
Por: Alberto LLANES
Vivo en Colima desde 1986. Llegué del De Efe siendo un niño y, desde entonces, he visto crecer sus calles (las he caminado), cambiar sus barrios, he visto nuevas colonias y desaparecer algunos lugares entrañables; la he visto transformarse para bien o para mal.
Viví por la calle Jiménez en la zona centro, y la ciudad me apabulló con sus jardines, hermosos y su aire limpio. Por eso me atrevo a decir algo que quizá no sea políticamente correcto, pero sí profundamente colimense y humano: hace muchos años que no veía a la ciudad tan descuidada como está ahora.
Y no lo digo desde una oficina, ni desde una fotografía tomada a bordo de un automóvil con los vidrios cerrados. Lo digo desde las calles que transitamos todos los días. Que caminamos, corremos, circulamos… Y tampoco lo digo con el afán de polemizar, ni tirarle a nadie, solo generar consciencia.
Hay calles con baches que ya no parecen baches: parecen cráteres esperando convertirse en patrimonio municipal. Hay maleza creciendo donde debería haber banquetas limpias. Veo camellones que piden, casi a gritos, un poco de atención. Basura acumulada, luminarias que no funcionan y zonas que, cuando cae la noche, se vuelven innecesariamente oscuras. Semáforos que han durado días sin focos, ocasionado caos vial en arterías concurridas. Y uno se pregunta: ¿en qué momento comenzamos a acostumbrarnos a esto? ¿Ya hemos normalizado esto junto con la violencia que nos aqueja a diario? ¿Nos lo merecemos?
Colima no es una ciudad fea. Todo lo contrario. Es hermosa. Tiene árboles, jardines, volcanes, barrios, tradiciones; antaño, Colima gozaba de una tranquilidad que muchas ciudades quisieran haber tenido y una gente que, a pesar de todo, sigue haciendo su parte. Colima tiene esa belleza discreta que no necesita presumirse demasiado porque está ahí: en sus calles arboladas, en sus tardes de lluvia, en sus cafés, plazas e historias y en quienes la habitamos. Entonces, quizá el problema no sea Colima. Quizá el problema sea que la estamos dejando de cuidar. Y aquí aparece una pequeña ironía que me cuesta pasar por alto. El eslogan del Ayuntamiento capitalino habla de construir “Otro Colima por ti”. Y sí, queremos otro Colima. Por supuesto que sí. Pero yo agregaría una pregunta más: ¿Otro Colima cómo? Porque si el otro Colima es uno con calles llenas de baches, camellones descuidados, maleza, basura, zonas oscuras y espacios públicos que parecen olvidados, entonces quizá no estamos construyendo otro Colima. Estamos dejando deteriorarse el que ya tenemos. Y esto no tiene que ver únicamente con colores, partidos o nombres. De hecho, prefiero no poner ninguno. Porque mañana cambiarán las personas, cambiarán los gobiernos, los discursos y volverán a aparecer las promesas de campaña.
Y, por supuesto, también volverán quienes quieran ocupar nuevos cargos de elección popular. Es parte de la vida democrática y tienen todo el derecho de hacerlo. Pero ahí está precisamente la pregunta que me parece inevitable: ¿Cómo vamos a pedirle a la gente que confíe nuevamente en quienes aspiran a gobernar, si durante el tiempo que tuvieron la responsabilidad de hacerlo dejaron de mirar algunas de las cosas más elementales de la ciudad? Porque gobernar también es eso: Es reparar una calle. Es cambiar una luminaria. Es cortar la maleza. Recoger la basura. Es cuidar un camellón. Atender una colonia que quizá no aparece en las fotografías bonitas de los informes, pero donde también viven ciudadanos que pagan impuestos, trabajan, estudian y merecen caminar por una ciudad digna, segura, limpia, iluminada por las noches, y esto no es solo obra de ayuntamientos, gobiernos y demás, es labor también de uno, como ciudadano/a. No estoy pidiendo una ciudad perfecta. No existe. Tampoco estoy diciendo que todo esté mal. Sería injusto porque yo no estoy ahí, en esos puestos. Estoy hablando de algo mucho más sencillo: mantenimiento, cuidado y poniendo atención. De esa responsabilidad cotidiana que quizá no genera grandes discursos, pero que los ciudadanos vemos todos los días. Después de cuarenta años viviendo en Colima, sigo queriendo profundamente a esta ciudad. Quizá por eso me molesta verla así. Y quizá por eso también me atrevo a decirlo. No necesitamos otro Colima. Necesitamos cuidar el que tenemos, porque Colima ya es hermosa. Lo que necesita es que quienes tienen la responsabilidad de gobernarla la miren, la recorran y, sobre todo, la cuiden y la quieran (que yo creo que sí la quieren, pero que se note un poquito más ese querer). Y cuando llegue nuevamente el tiempo de las campañas, cuando aparezcan los discursos sobre el futuro, los nuevos proyectos y ese prometido “otro Colima”, quizá valga la pena que quienes aspiren a gobernarnos recuerden algo muy sencillo: antes de pedirnos otro voto para construir un nuevo Colima, deberían mostrarnos qué hicieron para cuidar el que ya les habíamos confiado.















