APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI
Durante muchas generaciones se educó a los hombres bajo la idea de que uno adulto y soltero significaba de alguna manera, que había fracasado. Había algo de derrota social en él. Algo que explicar. Una especie de cuenta pendiente con la vida a falta de validación femenina.
A cierta edad había que conseguir un buen trabajo, esposa, casa, hijos, una familia. Sobre todo, la certeza de que habíamos construido cierto valor social, de tal modo, que podíamos ser considerados ‘buen partido’ por una mujer, quien aceptaría que la proveyeramos en todos los sentidos, y en pocas palabras, nos elegiera como padre de sus hijos y entonces nosotros tener descendencia.
Como si buena parte del valor de un hombre pudiera medirse por su capacidad para conquistar y conservar a una mujer. Nos educaron para perseguir, para demostrar,. para proveer, para competir y también, aunque pocas veces se decía en voz alta, para necesitar.
Necesitar que alguien nos quisiera. Que alguien nos deseara. Que alguien confirmara que éramos útiles, suficientes y valiosos. Quizá por eso resulta tan interesante lo que está ocurriendo ahora.
Pero después de una década del actual feminismo, donde en muchos casos la única certeza es un problema, demanda o exposición social, la actual generación de hombres están descubriendo las bondades de la soledad y, contra todo pronóstico, no están encontrando en ella una tragedia. Están encontrando paz, felicidad y libertad.
No todos, por supuesto. No hay que convertir una tendencia en una verdad universal. La soledad puede ser también una forma dolorosa de aislamiento y hay hombres que siguen buscando desesperadamente compañía, afecto y pertenencia.
Pero existe otro fenómeno, mucho más silencioso. La soledad por no encontrar pareja está afectando más a las mujeres que a los hombres. Ejemplos de esto inundan las redes sociales todos los días.
Pero la realidad que se está convirtiendo es una norma, son hombres que por primera vez pueden sentarse solos en un restaurante sin sentir que alguien está juzgando su valor en la sociedad. Hombres que prefieren pasar un domingo leyendo, tocando una guitarra, haciendo ejercicio, viajando, viendo una película o simplemente estando consigo mismos antes que entrar en una relación que les quite más de lo que les aporta.
Y quizá lo verdaderamente revolucionario no sea que estén solos. Sino que ya no tienen miedo de estarlo.
Durante generaciones, la masculinidad estuvo construida sobre una contradicción: se esperaba que el hombre fuera emocionalmente fuerte, pero al mismo tiempo se le enseñaba a buscar fuera de sí mismo buena parte de su validación.
Tenía que ser independiente, pero necesitaba demostrar que podía conseguir pareja y tener valor en la sociedad. Tenía que ser proveedor, pero su éxito también dependía de que alguien reconociera ese esfuerzo. Tenía que ser fuerte, seguro y decidido, pero una ruptura podía convertirlo de pronto en alguien que se preguntaba qué había hecho mal.
El mundo cambió. Las mujeres cambiaron. Las relaciones cambiaron. Y muchos hombres también.
El feminismo de última ola, con todas sus discusiones, contradicciones y excesos —como cualquier movimiento social de enorme dimensión— modificó algo mucho más profundo que las relaciones entre hombres y mujeres: modificó las reglas del juego y el que mejor se adaptó fue el hombre.
Las mujeres comenzaron a reclamar independencia, autonomía, derechos y la posibilidad de no necesitar a un hombre para construir una vida. Y quizá, sin que fuera necesariamente su propósito, también terminaron abriendo una puerta para que algunos hombres descubrieran que ellos tampoco tenían por qué necesitar una relación para sentirse completos.
Ahí está una de las paradojas de nuestro tiempo. Algunos hombres interpretan el feminismo como una amenaza, pero un gran porcentaje de esta generación ya encontraron en ese cambio una liberación.
Un hombre que está contigo porque te necesita puede soportar cosas que un hombre que está contigo porque quiere estar contigo jamás aceptaría. Y viceversa.
Por eso quizá estamos asistiendo a una transformación más profunda de lo que parece. Hay hombres que están empezando a hacer cuentas. No solamente económicas. Cuentas de tiempo. De energía. De tranquilidad. De salud emocional. De proyectos abandonados. De conversaciones que desgastan. De relaciones sostenidas únicamente por miedo.
Y aparece una pregunta que durante décadas parecía casi una herejía: ¿Esta relación realmente mejora mi vida o simplemente aprendí que debía tener una?
No es una pregunta contra las mujeres. Tampoco es una declaración de guerra contra el matrimonio, el amor o la familia. Es, en todo caso, una pregunta contra la idea de que cualquier relación es mejor que ninguna a cambio de perder todo.
Porque quizá ahí estaba una de las grandes trampas de nuestra educación sentimental. Nos enseñaron que había que encontrar a alguien. Pero pocas veces nos enseñaron a los hombres a preguntarnos quién queríamos ser cuando estuviéramos solos.
Nos enseñaron a conquistar. No siempre a conversar. Nos enseñaron a proveer. No siempre a cuidar. Nos enseñaron a resistir. No siempre a expresar lo que sentimos. Y nos enseñaron que un hombre solo debía sentirse incompleto.
Quizá por eso esta nueva generación está descubriendo algo que nuestros padres y abuelos difícilmente pudieron imaginar: que la soledad también puede ser una elección y que elegir estar solo durante un tiempo no significa haber fracasado en el amor ni en la vida.
Significa, a veces, haber dejado de tenerle miedo. Hay una diferencia enorme entre estar solo y sentirse solo. La primera puede ser una circunstancia. La segunda, una herida. Y quizá algunos hombres están aprendiendo, por primera vez, a no confundirlas.
Lo interesante de esta transformación es que tampoco debería convertirse en una nueva forma de arrogancia masculina. No se trata de decir que los hombres están mejor sin mujeres. Eso sería sustituir un dogma por otro.
La libertad no consiste en dejar de necesitar a los demás para después declarar que nadie importa. Consiste en poder elegir. Elegir amar sin depender. Elegir una pareja sin convertirla en salvación. Elegir una familia sin verla como obligación. Elegir la compañía porque aporta, no porque la ausencia nos aterra.
Y también elegir la soledad cuando una relación deja de ser un lugar de encuentro y se convierte en un lugar de desgaste. Quizá eso sea lo verdaderamente nuevo. No una generación de hombres que dejó de creer en el amor. Sino una generación que comienza a preguntarse qué clase de amor o relación está dispuesta a aceptar, sobre todo cuando lo escaso en este mundo nunca han sido las mujeres, hay millones de opciones.
Y tal vez eso explique por qué algunos están más tranquilos. Porque cuando dejas de buscar a alguien para demostrarle al mundo que vales algo, finalmente puedes comenzar a buscar a alguien con quien compartir lo que ya eres.
No sé si estamos frente a la primera generación de hombres felices en soledad. Pero sí sospecho que estamos frente a una de las primeras que empieza a comprender que estar solo no es necesariamente estar incompleto.
Esa es una de las consecuencias más inesperadas de las transformaciones sociales de nuestro tiempo: que mientras las mujeres conquistaban el derecho a no necesitar a un hombre para vivir, algunos hombres comenzaron a descubrir que tampoco necesitaban una mujer para vivir felices.



















