LA BELLEZA DE LO QUE NO OCURRE

ARCA
Por: Juan Carlos RECINOS

 Lo imposible no comienza donde termina la realidad, sino en el instante en que la realidad deja de bastarnos. En esa fisura —entre lo vivido y lo deseado, entre aquello que alcanzamos y aquello que permanece para siempre fuera de nuestras manos— instala Juan José Macías Elogio de lo imposible[1].

Este libro nace de una sospecha profundamente humana: quizá aquello que no sucedió, aquello que no pudimos realizar, aquello que apenas entrevimos antes de perderlo, tenga sobre nuestra existencia una influencia mayor que muchas de las cosas efectivamente cumplidas. Desde ahí Macías construye una obra inclasificable y fascinante, situada en la frontera de la poesía, el ensayo, la filosofía, la memoria y las artes visuales. No pretende demostrar una teoría acerca de lo imposible: se aproxima a él, lo rodea, lo provoca, conversa con sus sombras. Y en ese movimiento convierte una abstracción filosófica en algo íntimo: nuestros deseos incumplidos, nuestros amores, la infancia perdida, la creación, el fracaso, el misterio y finalmente la muerte.

La trayectoria del autor permite comprender la naturaleza híbrida del volumen. Juan José Macías no procede de un solo territorio creativo: es poeta, narrador, ensayista, editor, promotor cultural, docente universitario y artista plástico. Su obra ha transitado por géneros diversos y su poesía ha sido traducida a otras lenguas; además, su trayectoria ha recibido reconocimientos nacionales tanto en poesía como en ensayo. Esta información biográfica importa porque en Elogio de lo imposible esas identidades no aparecen yuxtapuestas, sino fundidas. El pintor piensa mientras escribe; el poeta interrumpe al ensayista; el narrador introduce una muchacha, un dragón, una enfermedad de infancia o unos amigos; el ensayista vuelve entonces para poner en duda lo que el narrador parecía haber establecido. El resultado es una escritura fronteriza. Macías no escribe sobre el arte desde fuera: piensa desde la experiencia de alguien que ha mirado un lienzo vacío, ha decidido intervenirlo y conoce la desconcertante distancia entre lo imaginado y lo realizado.

La estructura del libro confirma esta condición. Tras una “Advertencia al (im)posible lector”, el volumen se despliega en treinta y cinco movimientos, el último de ellos presentado como epílogo. No son capítulos tradicionales. Algunos alcanzan apenas la extensión del aforismo; otros adquieren la forma del poema en prosa; otros son episodios autobiográficos, ejercicios de estética, pequeñas ficciones, recuerdos, parábolas, especulaciones acerca del lenguaje o deliberadas extravagancias. Esta fragmentación no constituye una debilidad estructural. Es, por el contrario, la forma adecuada para un objeto que por definición no puede presentarse completo. Un tratado sobre lo imposible que pretendiera agotarlo caería en una contradicción elemental: convertiría en conocimiento aquello cuya naturaleza consiste precisamente en escapar del conocimiento. Macías evita esa trampa mediante aproximaciones laterales. Rodea. Insinúa. Avanza y retrocede. Contradice una afirmación con otra. Deja huecos. Hace del fragmento no la ruina de una totalidad perdida, sino la única totalidad que su pensamiento puede legítimamente permitirse.

La “Advertencia” contiene, en este sentido, la poética del libro. Allí se declara que lo imposible no puede ser traído plenamente a las imágenes ni apresado por las palabras, y que estas páginas sólo intentan aproximarse a él desde un horizonte “poético-reflexivo”. Más adelante aparece una afirmación decisiva: “la vida buena resulta también de innúmeros posibles malogrados”. En esa frase se encuentra una de las inversiones más fértiles del volumen. Nuestra época ha convertido la realización en mandato. Hay que cumplir objetivos, materializar deseos, transformar posibilidades en resultados, demostrar eficacia. Incluso la intimidad termina contaminada por el vocabulario del rendimiento: relaciones exitosas, proyectos exitosos, vidas exitosas. Macías se coloca deliberadamente en el lugar contrario. Pregunta qué ocurre con aquello que no alcanzamos, con lo que no pudo ser, con las decisiones suspendidas, con el amor que no llegó a existir, con la obra que permaneció en boceto, con la persona que hubiéramos podido ser y nunca fuimos.

La respuesta del libro es profundamente humana: nada de eso desaparece. Quizá, incluso, permanezca con mayor intensidad que muchas de nuestras realizaciones. El primer movimiento lo formula de manera conmovedora. El autor sostiene que podría apartarse de lo alcanzado, pero no de cuanto no logró hacer; sus incumplimientos permanecerán adheridos a él hasta el sepulcro. Lo que fue conseguido puede enumerarse, contabilizarse y resumirse; lo incumplido, en cambio, se conserva como un registro secreto del corazón. Aquí Elogio de lo imposible deja de ser únicamente un juego intelectual. Su auténtico tema comienza a revelarse: la biografía secreta de cada individuo. Todos poseemos una biografía pública compuesta por acontecimientos verificables y otra, invisible, construida con las vidas que no vivimos. Los trabajos que rechazamos, las ciudades donde no residimos, los hijos que no tuvimos, los amores que llegaron demasiado pronto o demasiado tarde, las palabras que no pronunciamos. Macías concede una dimensión existencial y emocional a esa segunda vida.

Por eso la gran intuición del libro no consiste en afirmar que lo imposible algún día será posible. Eso sería demasiado sencillo y, sobre todo, demasiado cercano a la retórica contemporánea de la superación personal. Macías sostiene exactamente lo contrario: hay imposibles cuya dignidad depende de que permanezcan imposibles. “A los imposibles no hay que superarlos, hay que perpetuarlos”, escribe. Esta frase puede parecer provocadora, pero encierra una crítica radical de la voluntad de apropiación. No todo aquello que amamos necesita convertirse en propiedad; no todo misterio necesita solución; no toda distancia reclama ser abolida. La madurez quizá consista también en aprender a convivir con aquello que no tendrá respuesta. Desde esta perspectiva, el imposible deja de ser una humillación de la voluntad y se convierte en una forma de comprender y aceptar aquello que no podemos alcanzar.

Ese desplazamiento dota al libro de verdadera profundidad filosófica. Una larga tradición de pensamiento ha interrogado la separación entre lo que aparece y aquello que permanece oculto, entre el ser y su representación, entre el objeto y la conciencia que pretende conocerlo. Macías lleva esas preguntas a un territorio menos abstracto. Le interesa lo invisible no sólo como problema del conocimiento, sino como experiencia afectiva. Una pintura vale, afirma en las primeras páginas, no únicamente por lo que presenta, sino porque permite sentir “una ausencia visible o una presencia invisible”. Ahí reside una de sus intuiciones más refinadas: vemos también con aquello que nos falta. La visión no consiste solamente en recibir una imagen; consiste en advertir lo que la imagen retira. El verdadero arte no entrega el mundo íntegro. Abre una fisura.

Por eso la pintura ocupa una posición central. Macías contempla superficies, transparencias, manchas, cortinas, colores, nieves, fotografías, paisajes, objetos inútiles. No busca ilustraciones para respaldar una teoría previamente construida: piensa visualmente. Su reflexión sobre los espacios paradójicos del grabado, por ejemplo, conduce a una definición extraordinariamente precisa de la experiencia estética: allí donde descendemos ascendiendo y ascendemos descendiendo, la lógica habitual deja de gobernar y se vuelve posible el “presentimiento” de lo imposible. El arte y la poesía serían los lugares privilegiados donde ese presentimiento puede experimentarse. Obsérvese la elección de la palabra: presentimiento, no conocimiento. Conocer significa reducir la alteridad de algo a categorías disponibles; presentir permite conservar su extrañeza. El libro apuesta siempre por esta segunda relación.

Las ilustraciones y el diseño visual no son, por ello, caprichos editoriales. Participan de la argumentación. El propio Macías diseñó la colección, y los créditos señalan como ilustración de portada Le savoir, de René Magritte, un gouache sobre papel de 1961, mientras que la portadilla utiliza el Violín doppioaltocello de Jacques Carelman, definido como un instrumento imposible capaz de desempeñar funciones contradictorias dentro de un cuarteto. La elección es extraordinariamente coherente. Que un libro dedicado a aquello que escapa al conocimiento se coloque bajo una obra titulada precisamente Le savoir establece desde el umbral una tensión entre saber y no saber. Y el instrumento de Carelman lleva esa tensión al terreno de los objetos: parece reconocible y, sin embargo, su misma concepción destruye la lógica funcional mediante la cual reconocemos las cosas.

La portadilla, por tanto, anticipa materialmente lo que la escritura hará después con las ideas. Carelman transforma el objeto cotidiano desviándolo de su finalidad. Macías explicará casi al final del volumen que estos “objetos imposibles” le enseñaron que la poesía no se encuentra exclusivamente dentro del poema. Una escalera impracticable, una cafetera deliberadamente absurda o un utensilio cuya función ha sido saboteada pueden producir poesía porque suspenden el automatismo con que miramos el mundo.

El uso desgasta las cosas; la poesía, sostiene el libro, puede devolverles superficie, sombra y luz. Ésta es una de las claves estéticas más importantes de Elogio de lo imposible: poetizar equivale a liberar un objeto de la condena de servir para algo. La presencia visual vinculada con los Mitos de Cthulhu cumple una función semejante. El libro pertenece a la colección Liber Ivonis, cuyo nombre procede de un volumen imaginario concebido como una biblioteca peligrosa que contendría los “secretos del mundo conocido”. Antes de comenzar propiamente el ensayo, la pequeña figura monstruosa asociada a esos mitos funciona como guardián del umbral. El lector entra, simbólicamente, en un libro imposible dentro de otro libro: un volumen real protegido por la memoria de un libro ficticio. La operación no podría ser más pertinente. Macías disuelve desde la materialidad editorial la frontera entre biblioteca verdadera y biblioteca imaginaria, entre objeto existente y objeto inventado. La edición entera empieza así a comportarse como aquello que reflexiona.

Pero el logro mayor consiste en que semejante aparato cultural jamás logra sofocar por completo al ser humano que habla. Y aquí debe establecerse también una exigencia crítica. Hay momentos en que la profusión de referencias artísticas, literarias y conceptuales amenaza con convertir el volumen en un gabinete de curiosidades. Macías posee una notable cultura visual y disfruta estableciendo conexiones; en algunos pasajes, esa abundancia puede producir la sensación de que una nueva referencia llega antes de que la anterior haya terminado de desplegar toda su fuerza. Sin embargo, la inteligencia de Macías consiste en regresar una y otra vez al cuerpo, la memoria y la experiencia. Cuando eso ocurre, la erudición deja de ser exhibición y se convierte en materia vivida.

Un ejemplo decisivo aparece cuando el libro vuelve a la infancia. El autor recuerda haber perseguido el horizonte, fascinado porque éste retrocedía mientras él avanzaba: “El horizonte: una bella promesa, como todas, mentirosa”. Pocas imágenes explican tan bien el mecanismo entero de Elogio de lo imposible. El niño camina precisamente porque jamás llegará. Si el horizonte pudiera alcanzarse, dejaría de ser horizonte. La distancia no frustra el deseo: lo produce. Esta inversión es fundamental. Hemos aprendido a pensar que el deseo existe para ser satisfecho; Macías sospecha que la satisfacción puede ser justamente su desaparición. Alcanzar el horizonte equivaldría a perderlo. De ahí que la infancia aparezca como una época privilegiada: todavía no hemos adquirido la obsesión adulta de traducir imaginación en beneficio.

Esa infancia, sin embargo, no está idealizada. En otro de los pasajes más intensos, Macías recuerda la escarlatina y la fiebre que deformó perceptivamente el mundo: paredes que parecían ondularse, objetos ablandados, criaturas horribles, pérdida de estabilidad, terror. El episodio culmina en una formulación magnífica: “me cambió por dentro: me cambió por mí”. Lo imposible deja aquí de ser bello. Se vuelve pesadilla corporal. Éste es un punto fundamental porque evita que la teoría se vuelva complaciente. Hay un imposible deseable, relacionado con el arte, el amor y el misterio; pero existe también un imposible terrible: aquello que irrumpe en la realidad y rompe sus leyes familiares. El niño enfermo descubre que el mundo puede dejar repentinamente de obedecer. El suelo ya no garantiza sostén. El cuerpo ya no garantiza identidad. La realidad puede volverse extranjera sin que hayamos salido de ella.

La muerte aparece siguiendo esa misma dirección. “Te lo cuento para que me lo recuerdes cuando tenga que morir”, repite uno de los fragmentos. Después vienen una muchacha, un trineo, un diablo, gárgolas, un corazón colgado, un uróboros y la memoria de una caída infantil. Todo parece pertenecer simultáneamente al recuerdo, al cuento maravilloso y al sueño. Finalmente la muerte se vincula con ese hombre que ama aquello que no puede suceder. La muerte, entonces, no cancela los imposibles: los consagra. Morir significa abandonar lo realizado, pero también dejar definitivamente abiertas todas las posibilidades no cumplidas. Cada muerte contiene una biblioteca de libros no escritos, conversaciones no celebradas y mañanas que ya no ocurrirán. Desde una mirada estrictamente humana, ahí se encuentra uno de los centros emocionales más hondos del volumen.

Otro núcleo esencial es el fracaso. Macías desafía la manera convencional de comprenderlo. No alcanzar lo imposible, argumenta, no significa mediocridad. Puede significar la derrota de una soberbia aún más peligrosa: la creencia de que todo existe para ser conquistado, entendido o utilizado. De allí surge una de las frases axiales del libro: “Por cada imposible hay un menos de mundo”. Ese “menos” posee una enorme potencia crítica. Nuestra civilización suele identificar plenitud con acumulación: más información, más bienes, más experiencias, más productividad, más visibilidad. Macías propone la operación inversa. Sustraer. Dejar hueco. Permitir que algo no sea consumido. Lo imposible abre un espacio donde el mundo deja de estar saturado de objetos disponibles.

Esta idea resulta especialmente significativa cuando el autor confiesa su aburrimiento ante los trámites, la oficina, el prestigio, la utilidad, ciertas seguridades intelectuales y, en general, ante un mundo que exige que cada cosa justifique su existencia mediante alguna función. Frente a ello aparecen sus imposibles: figuras protegidas de la luz excesiva de la razón, deseos que se niegan a dejar de ser deseos. Es tentador leer estas páginas como una simple celebración de la inutilidad, pero sería insuficiente. Lo que está siendo cuestionado es algo más profundo: la reducción del valor a la utilidad. Una amistad, una tarde mirando nubes, un poema, una pregunta sin respuesta, el recuerdo de un muerto o el deseo de una persona que nunca nos pertenecerá pueden resultar improductivos y, sin embargo, constituir el núcleo de una vida.

Por eso el libro alcanza una dimensión ética. Defender lo imposible significa también defender aquello que no puede entrar fácilmente en las contabilidades del mundo. El ser humano no es únicamente la suma de sus resultados. Somos también interrupciones, equivocaciones, tentativas, pérdidas. Macías llega a formular una paradoja luminosa: “Pienso (lo imposible), luego existo (como ficción)”. Esta frase parece humorística, pero toca una zona muy seria: la identidad personal contiene necesariamente ficción. Nos narramos para poder existir. Elegimos algunos acontecimientos, descartamos otros, inventamos continuidades donde quizá sólo hubo accidentes.

Somos la historia que contamos de aquello que ocurrió, pero igualmente de aquello que deseábamos que ocurriera. El yo es, en parte, una autobiografía de imposibles. Macías lo comprende con especial claridad al acercarse al final: “Amo mis imposibles porque me han impelido a intentarlo todo”. Esta afirmación impide interpretar el libro como una filosofía de la renuncia. No se trata de no actuar. Se trata de actuar sin convertir el resultado en dueño absoluto de la experiencia. El imposible no paraliza: pone en movimiento. El niño persigue el horizonte sin saber todavía nada acerca de su imposibilidad. El artista comienza un cuadro que nunca coincidirá exactamente con la imagen inicial. El enamorado ama sin garantías. El escritor persigue una frase que siempre podría haber sido distinta. Lo verdaderamente humano está en ese intervalo entre la aspiración y la obra, entre el deseo y el mundo.

El arte adquiere entonces una función extraordinaria: preservar ese intervalo. Macías afirma que los sueños se desvanecen al despertar, pero que el arte puede conseguir que el sueño se vuelva una modalidad de realidad y que el olvido del mundo despierte como recuerdo poético. No se trata de que el arte copie el sueño, sino de que conserve su lógica: desplazamiento, analogía, ruptura causal, coexistencia de elementos inconciliables. De allí provienen los dragones, muchachas, gatos circulares, instrumentos absurdos, colores emocionales y paisajes imposibles que recorren estas páginas. El humor cumple una función decisiva: evita que la especulación se convierta en solemnidad. Macías sabe que una metafísica sin risa corre el riesgo de transformarse rápidamente en catecismo.

También sabe que pensar no significa avanzar en línea recta. En una de las secciones más reveladoras afirma que el camino hacia lo imposible conduce “hacia el camino mismo”; debe subir, bajar, rodear, desviarse y permitir el extravío. Ésa es exactamente la composición de Elogio de lo imposible. Quien le exija una demostración rigurosamente progresiva se equivocará de libro. Macías no prueba: provoca. No clausura: abre. Sus contradicciones no siempre son defectos argumentativos, porque constituyen parte de su método. Cada vez que una definición parece estabilizar lo imposible, otra página vuelve a retirarlo. La escritura protege su objeto de la definición definitiva. Esta estrategia alcanza uno de sus momentos más sugestivos cuando el autor se pregunta si existen recuerdos sin imagen.

La pregunta pone en crisis una certeza aparentemente sencilla: creemos recordar algo porque podemos representárnoslo, pero ¿qué ocurre con esas emociones cuya escena original ha desaparecido? El imposible puede parecerse a “un recuerdo de lo que no se puede tener memoria”. Aquí el libro roza una experiencia universal. A veces conservamos la tristeza de algo cuyo detalle hemos olvidado; un olor nos conmueve sin que sepamos qué parte de la infancia lo produjo; una canción nos devuelve una ausencia antes que un acontecimiento. La memoria no es únicamente archivo. También es hueco. Y precisamente en ese hueco trabaja la poesía.

Así puede comprenderse la importancia de lo malogrado. Hacia el final, Macías llega a pensar que el volumen podría haberse titulado Elogio de lo malogrado: lo incompleto sería una rendija por la que lo imposible consigue insinuarse. La imperfección deja entonces de ser defecto y se convierte en condición estética. Una obra absolutamente cerrada quizá no necesite ya del espectador. Una obra con una fisura lo obliga a entrar. Algo semejante ocurre con la vida: no nos constituyen únicamente nuestras respuestas, sino las preguntas que han permanecido abiertas.

El epílogo confirma finalmente que todo el aparato intelectual escondía una autobiografía. Macías reconoce que el tema era él mismo y “sus amados imposibles”, y que la verdadera imposibilidad consistía en encontrar la manera de contarlos. Compara esta operación con una superficie pictórica cubierta hasta casi borrar su tema. De pronto comprendemos retrospectivamente el libro entero. La discusión estética, los cuadros, las paradojas, la infancia, las muchachas, los amigos, los objetos disparatados, la fiebre, el horizonte, la muerte y la memoria no eran piezas heterogéneas: constituían los modos posibles de aproximarse a aquello que no podía ser narrado directamente. Elogio de lo imposible es, en el fondo, un autorretrato realizado mediante ausencias.

Ahí se encuentra la singularidad de Juan José Macías. Su mejor virtud no es su evidente cultura artística ni la cantidad de conversaciones intelectuales que sostiene, sino la capacidad de descender desde ellas hasta una experiencia reconocible por cualquiera. Su imposible puede ser sofisticado cuando habla del problema de la representación, pero vuelve inmediatamente a ser humano cuando recuerda a su madre, una enfermedad, los juegos infantiles, una mujer, unos amigos o el miedo a morir. Esa movilidad salva al libro de convertirse en una pieza exclusivamente académica. Y también explica su tono: erudito y juguetón, melancólico e irónico, metafísico y corporal.

Al terminarlo queda una inquietud difícil de disipar. Quizá la vida no se mida únicamente por aquello que conseguimos. Quizá exista otra contabilidad, infinitamente más secreta, hecha de lo que deseamos y perdemos, de cuanto estuvimos a punto de ser, de las personas a quienes no alcanzamos, de los lugares donde jamás estuvimos, de los libros que imaginamos sin escribirlos. Macías no propone lamentarse por ellos. Propone algo más radical: reconocerlos como parte de nosotros. Por eso Elogio de lo imposible no es finalmente una apología del fracaso, sino una defensa de la libertad interior frente a la tiranía de la realización. No nos pide abandonar lo posible; nos recuerda que ninguna vida cabe por entero dentro de lo conseguido. Hay siempre una zona que permanece afuera, un resto rebelde al currículum, al inventario y a la memoria oficial. Allí viven nuestras preguntas, nuestros muertos, nuestros deseos sin cumplimiento, nuestros rostros no vividos. Y quizá sea precisamente esa zona —la que no poseemos y no podremos poseer— la que más profundamente nos pertenece.

Una de las frases que concentra con mayor intensidad el sentido del libro aparece casi al final: “Lo imposible es algo que es, no habiendo sido”. No hace falta resolver su paradoja. Resolverla sería destruirla. Basta permitir que permanezca unos segundos dentro de nosotros. Porque ése es el verdadero logro de Juan José Macías: haber construido un libro para aquello que no puede construirse, haber dado imágenes a aquello que se niega a ser visto y haber intentado decir, con lucidez, ironía y una notable humanidad, aquello que comienza exactamente donde las palabras dejan de ser suficientes.

[1] Macías, J. J. (2024). Elogio de lo imposible. Taberna Libraria Editores.