Dislates
Por: Salvador SILVA PADILLA
Advertencia al lector: lo que se va narrar a continuación, no es producto de mi mente calenturienta y enfermiza, sino que ocurrió en la realidad. No es mi deseo que se considere que estoy promoviendo el hecho, (nada más contrario a mi voluntad que el publicitar este acontecimiento para que prolifere geométricamente). Si lo expongo aquí es solo porque, más allá de las necesarias valoraciones éticas, de solidaridad y de empatía personal, si separamos esas razones -empezando porque el hecho ya ocurrió y no es posible remediarlo ni volver al tiempo atrás- lo que propongo es evaluar este acontecimiento desde el frío y objetivo análisis técnico-pedagógico, viéndolo dentro del siempre complejo proceso de enseñanza-aprendizaje.
Ahora sí: empezamos:
Como todo mundo sabe, un instructor de vuelo debe ser un excelente psicólogo. Debe de percibir de inmediato si el aspirante tiene la actitud y la preparación para ello. Por supuesto, deben ser (ambos: instructor y aprendiz) responsables y disciplinados. El alumno debe conocer el reglamento de tránsito aéreo -o su equivalente que, creo, debe de haber- para que nunca se orille a la orilla en pleno vuelo.
Asimismo el aprendiz debe tener conocimientos teórico-prácticos de mecánica, de aeronáutica y conocer las condiciones del clima. Sobre todo debe mantener la calma aun en las peores condiciones: nunca ceder al estrés y jamás perder el control. Una persona demuestra que ya aprendió a volar cuando es capaz de hacer aterrizar la nave.
Pero qué ocurre cuando ese instructor tiene a una alumna cuidadosa, que siempre revisa todo hasta el más mínimo detalle. Es brillante, precavida hasta el cansancio, diestra en el manejo de la aeronave, que se sabe al revés y al derecho para qué sirven todos y cada uno de los foquitos que se prenden y se apagan en el panel de control. El colmo: en sus 15 años de experiencia como instructor, es la única alumna que ha leído por completo el manual de manejo de la aeronave. En fin ella sabe hacer todo… sí, todo… excepto aterrizar el Cessna 150 biplaza.
Corrijo. No es que no lo sepa, simplemente ella no se atreve: se pone nerviosa, suda frío y le empiezan a temblar las manos… Posteriormente ese temblor se extiende hacia el resto de la nave, la cual empieza a encabritarse y tiene que suspender la maniobra y volver a tomar altura. Sí, esa joven de 22 años tiene un defecto común entre las personas de su edad: son la generación de cristal, inmersas en un océano de dudas.
El instructor ha echado mano de todos los recursos psicopedagógicos que tiene a su disposición (que no son pocos): la ha alentado a aterrizar, la ha conminado a hacerlo, ha recurrido al regaño, a la orden perentoria, a la amenaza de reprobarla si no lo hace… y nada hasta ahora. Lo peor, el maestro sabe que a pesar de sus dudas, la alumna sí lo puede hacer por sí sola. Desesperado el instructor decide adoptar una medida radical. La última que tiene a su alcance, y todo porque en su fuero interno sabe que ella sí podrá hacerlo. Así, sin dudar afirma:
«‘Vos sabés lo que tenés que hacer, seguí para adelante’. Esas fueron las últimas palabras que el instructor de vuelo Leandro Bertazzo le dirigió a su alumna Rosario, de 22 años. Luego se quitó los auriculares, el cinturón de seguridad, dejó a un lado el celular, abrió la puerta de la aeronave y se arrojó desde una altura de 250 metros al vacío. La practicante logró dar aviso de lo sucedido y aterrizar. Veinte minutos más tarde hallaron el cuerpo de Bertazzo sin vida en una zona rural al sur de la localidad argentina de Toledo, en la provincia de Córdoba».
El episodio ocurrió en el aeródromo de Coronel Olmedo, aproximadamente a 700 kilómetros de Buenos Aires. (Nota de EL PAÍS. 9 de julio de 2026)
Esté donde esté, estoy seguro que Leandro debe estar satisfecho de su labor. Por cierto, si usted va a tomar clases de vuelo, le aconsejo cerciorarse primero de la salud mental de su instructor.



















