La Odisea Nacional

La Odisea Nacional
Por: Esteban HERRERA UGARTE 

La llegada a las salas de cines de La Odisea, la ambiciosa película de Christopher Nolan, ha vuelto a poner ante nuestros ojos una historia escrita hace aproximadamente 2,700 años. La cinta no  traslada literalmente cada pasaje del poema atribuido a Homero;  como toda adaptación cinematográfica: interpreta, modifica y omite. Pero puede lograr algo muy valioso: despertar el deseo de leer o releer la obra que la inspiró.

A esa coyuntura, agrego otra experiencia que terminó por animarme a escribir estas líneas: la charla sobre La Odisea que nos ofreció Rubén Pérez Anguiano – mi fraterno amigo y compañero de buenos pensares durante varias décadas-  a un grupo heterogéneo unido por tres intereses cada vez menos frecuentes: escuchar, pensar y compartir opiniones. No podía ser distinto tratándose de una de las mentes y voces con mayor autoridad intelectual de Colima.

Aquella conversación confirmó que los clásicos sobreviven cuando cada generación los atrae a su realidad. Cada lector tiene derecho a encontrar su Ítaca, reconocer sus tormentas y poner rostro a sus cíclopes. Les comparto aquí mi ejercicio de trasladar La Odisea al México actual.

Ítaca podría ser el país democrático, seguro y justo al que llevamos generaciones intentando llegar. Cada gobierno asegura conocer la ruta, pero México sigue navegando entre promesas, reformas y tempestades.

Los pretendientes de Penélope no la ambicionaban sólo a ella, sino el poder y los bienes de Ítaca. Hoy los pretendientes representan a quienes simulan servir al país mientras buscan apropiarse de sus recursos e instituciones. Aspiran a ser dueños de la casa, y la ciudadanía es quien paga sus ambiciones.

Penélope representaría nuestras Instituciones: durante años se tejieron reglas, contrapesos y organismos; después, el poder político – literalmente –  los destejió durante las noches. Lo construido lentamente y con cuidado, se deshizo con sorprendente rapidez.

El canto de las sirenas sería la propaganda y la polarización. Unas cantan que todo marcha extraordinariamente bien; otras, que todo está perdido. Ambas melodías pretenden que dejemos de observar los hechos y escuchemos sólo aquello que confirma lo que ya pensábamos.

Polifemo encarnaría a los que miran la realidad con un solo ojo: el de su ideología, su partido o su conveniencia. Su problema no es la falta de fuerza, sino de visión macroscópica: observan con nitidez lo que confirma su verdad, pero ignoran el amplio espectro de necesidades, argumentos y evidencias que también conforman al país.

En la prueba del lecho conyugal, Penélope pone a prueba a Ulises con la cama que él talló sobre el tronco aún enraizado de un olivo. En nuestro parangón, ese tronco puede ser la Constitución: sostiene la casa democrática con raíces formadas por la historia, las luchas y los acuerdos nacionales. Puede reformarse y fortalecerse, pero arrancarla exigiría una fuerza contraria al con los que creció el país. Como aquel lecho, la democracia no se reconoce por quien dice poseerla, sino por quien respeta las raíces que la sostienen.

La pregunta no es qué gobernante mexicano puede interpretar a Ulises, pues equivaldría a esperar otro héroe providencial, sino si México puede llegar a Ítaca mediante ciudadanos, leyes e instituciones que hagan innecesarios a los salvadores.

Traslademos el final de La Odisea al México actual: Ulises recupera el palacio, pero su victoria amenaza con provocar otra guerra. Atenea interviene para detener la venganza y devolver la paz a Ítaca. México también ha tenido gobiernos que aseguran recuperar la casa nacional en manos de sus antiguos pretendientes. Sin embargo, la verdadera transformación no consiste en sustituir a sus ocupantes, sino en impedir que alguien vuelva a sentirse su dueño. Recuperar el poder puede ser una hazaña; devolverlo a las Instituciones y compartir la casa con quienes piensan distinto es nuestra auténtica Odisea Nacional.

La película pasará por las salas, pero el clásico atribuido a Homero permanecerá. Les invito a leer o releer La Odisea y a trasladar su viaje hasta nuestras circunstancias personales, sociales o políticas. Acercarse a los clásicos puede parecer, justamente, una odisea; pero vale la pena emprenderla. Después de todo, hay clásicos que duran noventa minutos… y otros que llevan 2,700 años sin una tarjeta amarilla.