Un poca de gracia
Por: Carlos Alberto PÉREZ AGUILAR
Sí, estoy triste. Perdió la selección. De hecho, no dormí bien. Me da nostalgia que se pierda la ilusión que sentimos y que nos unió por unos días.
Porque teníamos muchas ganas de unirnos y, digan lo que digan, aunque el futbol no lo es todo, sí tiene algo que nos inspira. Es un deporte que se siente, se intuye y que, a cualquier edad, sin importar el género, la raza, el nivel educativo o el estatus social, todos podemos entender.
Los mexicanos teníamos ganas de salir a las calles, de vestir los mismos colores, de concentrarnos en un tema positivo en común, como desde hace mucho no lo vivíamos.
Técnicamente, podemos decir que la selección cumplió y llegó al quinto partido, en un Mundial que parecía devaluado por tener tantos países, pero que terminó demostrando que la competencia también se engrandece cuando más naciones sueñan.
La posición en la que terminamos, frente al rival que tuvimos que enfrentar, probablemente sea el sitio que hoy nos corresponde ocupar. Y eso no debería avergonzarnos. Al contrario. Con orgullo y con la frente en alto, como si este equipo fuera una metáfora de nuestro país, debemos confiar en que las nuevas generaciones podrán hacerlo todavía mejor.
Pero ahora comienza lo verdaderamente importante. Este no es el final; es el punto de partida. Un nuevo comienzo que puede ayudarnos a construir o puede hacernos retroceder. La ilusión no murió con una derrota. La ilusión es mucho más resistente que un marcador. Lo que sí puede destruirla es el egoísmo: que alguien, desde la cancha o desde las oficinas, decida volver a pensar únicamente en sí mismo y no en el grupo.
Porque el verdadero mensaje de este equipo fue la familia, la comunión, la integración. Nos recordó que trabajando juntos somos más fuertes y capaces de alcanzar hazañas que parecían imposibles. Esa unidad que mostró el equipo trascendió la cancha y terminó reflejándose en millones de personas.
Juntos somos más fuertes. Cada talento individual importa, pero es cuando esos talentos se ponen al servicio de un mismo plan, de una misma visión y de un mismo objetivo, cuando entendemos por qué sí pueden pasar grandes cosas.
Tuvimos la fortuna de vivir un Mundial en casa, algo que quizá muchos de nosotros no volveremos a experimentar. Ojalá aprendamos que siempre será mejor perder frente a un gran rival que nos obligue a crecer, que avanzar por un camino cómodo que sólo alimente una ilusión vacía.
Salimos a nuestras calles. Celebramos, cantamos, bailamos. Aguantamos la carrilla y también la repartimos. Nos indignamos por las cosas nefastas que hicieron algunos payasos, pero, al mismo tiempo, millones de niños pudieron descubrir algo mucho más importante: lo valioso que es reunirse con la familia para ver un partido y, al abrir la puerta de su casa, encontrarse con otro mexicano sintiendo exactamente lo mismo.
México, qué hermoso eres cuando eres feliz. Durante casi un mes lo fuimos. Y quizá esa sea la mayor enseñanza que nos deja este Mundial: la felicidad colectiva existe. No depende únicamente de once jugadores ni de una copa. Depende de que volvamos a encontrar razones para reconocernos como parte del mismo equipo.
Porque al final, más allá del resultado, el mayor triunfo fue recordar que todavía somos capaces de emocionarnos juntos, de abrazarnos sin conocernos, de creer durante noventa minutos que todo era posible. Ojalá esa sensación no se quede en un recuerdo deportivo.
Ojalá sepamos llevarla a nuestras familias, a nuestros trabajos, a nuestras calles y a nuestro país.
Si conseguimos hacerlo, entonces esta derrota no habrá sido el final de una ilusión. Habrá sido el comienzo de algo mucho más grande: la convicción de que el mejor México no se construye cuando levanta una copa, sino cuando decide caminar unido.
















