El pez sin el agua
Por: Rubén PÉREZ ANGUIANO*
Un influyente periódico europeo, The Guardian, se preguntó este sábado sobre la extraña pujanza deportiva de nuestro país a pesar de la exorbitante cantidad de desaparecidos: “otra batalla se libra justo al lado del Estadio Azteca, más de 130 mil personas fueron víctimas de desapariciones forzadas”.
Es algo extraño, sin duda. Al mirar las imágenes de los festejos por la ilusión mundialista, pareciera que vivimos en un país sin graves problemas de seguridad pública, sin los miles de muertos contabilizados y no contabilizados (los desaparecidos) en una de las etapas más oscuras de la historia de nuestro país.
En otras naciones occidentales las cosas evolucionarían de otra forma: sería imposible concebir estabilidad política y social o festejar triunfos parciales en un Mundial frente a puñados de dolor y desapariciones.
En otras naciones occidentales los gobiernos caerían por cualquier cosa, ya no digamos por algo terrible. De hecho, sería inconcebible dejar tranquilos a los gobernantes mientras la sociedad se mantiene acechada por la muerte.
Pero aquí no pasa gran cosa.
Es como si los sentidos sociales de México se hubieran adormecido y los líderes institucionales siguieran adelante sin grandes cambios en su discurso y agenda.
Vaya, hasta las bobadas se vuelven repetitivas y nadie se escandaliza por eso.
No acaban las cosas allí: en plena fiebre de festejos murieron personas por un grave descuido de la autoridad que no estuvo atenta a la prevención y organización, a la coordinación y resolución. Las víctimas fueron apretujadas por una multitud sin conciencia ni sentido. Esas muertes pudieron evitarse.
Pero todo siguió igual. Los muertos estaban frescos, en el velatorio familiar y la sociedad ya se mostraba lista para el festejo por venir, emocionada por partidos a la vista y por el famoso mantra repetido hasta el hartazgo: “¿Y si sí?”
La nuestra es una sociedad que olvida fácil sus tragedias y que mira hacia otro lado cuando alguien le dice que tiene a hijos o hijas, hermanos o hermanas, padres o madres desaparecidos o, de plano, cruelmente victimados.
Una periodista veracruzana fue sustraída con violencia de su hogar y después se descubrió su ejecución e inhumación clandestina a manos, según se indica, de agentes policiacos. Esa noticia fue en plena efervescencia y pocos interrumpieron su algarabía para meditar al respecto.
En Colima siguieron las muertes absurdas y hasta nos amanecimos un día con la noticia de que aquí siguen desenfadadas las torturas, como si estuviéramos estacionados en el medievo. Nada de eso alteró nuestra alegría colectiva.
Es como si quisiéramos inmunizarnos al negar a la realidad o no hacerle caso.
Es como si quisiéramos embriagarnos mientras a nuestro lado se asesina con impunidad.
Es como mirar distraídos mientras alguien clama por un mínimo de sensatez y de justicia.
Es como si la alegría del momento fuera más poderosa que la tragedia de todos los días.
La nuestra es una sociedad triste, que se disipa por momentos y brincotea sobre los cadáveres de otra sociedad, también nuestra, que mira doliente desde el abismo.
¿Se podrá despertar de un sopor así?
Bueno, ya pasó la ilusión de llegar más lejos, pero nos quedan algunas alegrías en puerta: quizás Noruega, quizás Argentina, quizás algún equipo más, y cuando se vaya el Mundial quedarán otros pretextos para seguir instalados en el olvido de las desgracias, las muertes y las desapariciones.
*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 58 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.





















