Del «¿Y si sí?» al «¿Y si se…?»

Del «¿Y si sí?» al «¿Y si se…?»
Por: Esteban HERRERA UGARTE

 Durante semanas, México posicionó en los lugares comunes  la frase: ¿Y si sí…?

¿Y si sí llegamos al quinto partido? ¿Y si sí eliminamos a Inglaterra? ¿Y si sí ahora sí levantamos la Copa del Mundo?

Ese «¿Y si sí…?» tuvo algo extraordinario: nos concedió permiso para soñar. Durante noventa minutos quizá la mayoría de los mexicanos  dejamos de ser lo que cotidianamente somos para convertirnos en algo mucho más sencillo: aficionados. Y eso también es saludable. Los países necesitan momentos de esperanza compartida.

Pero el Mundial tiene una regla inapelable: salvo un país, todos los demás pierden el partido más importante.

A México le llegó ese momento: el «¿Y si sí?» desapareció con la misma velocidad con la que el árbitro marcó el silbatazo final de un 2-3, que dejó más tristezas que decepciones.

Y entonces ante la inevitable anestesia que en algunos casos motivó el “Y si sí…”, es necesario que ahora rápidamente adoptemos el “Y si se…”.

¿Y si se vuelve a hablar del crecimiento económico que no termina de despegar?

¿Y si se vuelve a hablar de la inseguridad que sigue condicionando la vida cotidiana?

¿Y si se vuelve a hablar de las madres buscadoras, que nunca dejaron de buscar mientras millones seguíamos viendo el marcador?

¿Y si se vuelve a hablar de la impunidad, de la corrupción, del sistema de salud, de la educación, del agua o de la creciente incertidumbre para invertir?

Ninguno de esos problemas desapareció durante el Mundial. Simplemente dejaron de ocupar el lugar que debería tener en la conversación pública. Es como si el país hubiera hecho una pausa colectiva para regresar después al mismo capítulo donde había colocado un separador.

Y eso dice mucho de nuestra cultura política.

Las democracias también se construyen con la capacidad de sostener varias conversaciones al mismo tiempo. Una sociedad madura puede celebrar un gol el domingo y exigir cuentas al gobierno el lunes. La emoción deportiva no debería convertirse en un tiempo muerto para el debate público, ni en una cómoda prórroga para quienes gobiernan.

El Mundial de Futbol seguirá, quizá con algunas emociones pero ya no con pasión. Dos equipos llegarán a la final y uno será el Campeón del Mundo y será una alegría para millones de sus compatriotas. Pero cuando el último partido termine, la realidad seguirá aquí. El elefante seguirá en la sala.

Las carreteras no mejorarán por un gol anotado oportunamente. La inseguridad no pedirá tiempos extras. Las madres buscadoras no suspenderán su búsqueda porque hubo penales. La economía tampoco cambiará la tabla de posiciones.

Muchos disfrutamos el paso de la Selección mexicana por este Mundial, muchos gritamos cada gol y hasta nos permitimos vivir el esperanzador «¿Y si sí…?».

Los mundiales duran un mes. Las responsabilidades de un país no tienen descanso ni tiempo para la hidratación. Así que una vez que llegó el inevitable silbatazo final que anunció la descalificación de la Selección mexicana, para bien de nuestra madurez y responsabilidad como ciudadanos y como país, pasemos del “Y si sí…”, al  «Y si se…”

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