La derrota de Trump ante Irán que maquilla como acuerdo de paz y victoria

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Donald Trump ha encontrado una vieja fórmula de la política: cuando no puedes lograr una victoria, la vendes como acuerdo de paz. El problema surge cuando la paz se parece demasiado una rendición.

Esta semana, el líder supremo de Irán, el ayatolá Mojtaba Jamenei, confirmó que autorizó el acuerdo con Estados Unidos para poner fin a la guerra en Medio Oriente, aunque dejó claro que lo hizo pese a tener una opinión distinta sobre el mismo. Más aún, anunció que las futuras conversaciones entre Washington y Teherán serán directas, cara a cara, algo impensable hace apenas unos meses.

La pregunta es inevitable: ¿quién terminó cediendo para llegar hasta aquí?

Durante meses, la Casa Blanca presentó la confrontación con Irán como una demostración de fuerza. El discurso era contundente: contener a Teherán, obligarlo a modificar su comportamiento regional, debilitar su capacidad militar y demostrar que Estados Unidos seguía siendo la potencia indiscutible de la región. Sin embargo, al final del camino, lo que observamos es un acuerdo que el propio liderazgo iraní acepta sin mostrar señales de derrota política interna.

En política, como en la guerra, la primera víctima suele ser la verdad. La segunda, la dignidad. Y cuando ambas caen al mismo tiempo, aparece la propaganda para maquillar la derrota y venderla como victoria.

Al final, la narrativa oficial pretende convencernos de que el simple hecho de detener las hostilidades constituye un triunfo histórico para Trump. Es como incendiar una casa y después exigir aplausos porque finalmente se logró apagar el fuego. Todo el mundo vio y supo que el estrecho de Ormuz estaba abierto desde antes del conflicto, y al final de éste, resulta que para Estados Unidos, abrirlo, es el logro más contundente en la guerra.

Por otro lado es evidente que el punto más débil de Estados Unidos es Israel, e Irán lo supo de inmediato, no negoció ni se midió, respondió a los ataques de ambos con determinación y poder.

Resulta revelador que Jamenei no hablara como un líder vencido. No apareció pidiendo clemencia ni justificando concesiones extraordinarias. Por el contrario, dejó claro que negociar directamente con Washington no significa aceptar las posiciones estadounidenses. Es decir, acepta sentarse a la mesa, pero no reconoce haber sido doblegado.

Y ahí es donde la narrativa triunfalista de Trump empieza a hacer agua.

Las guerras tienen una lógica sencilla: si después de meses de confrontación terminas negociando con tu adversario prácticamente en los mismos términos en que podrías haber negociado antes del conflicto, es legítimo preguntarse para qué sirvió la guerra.

Los defensores del acuerdo argumentarán que se evitó una escalada mayor y que la estabilidad del mercado energético mundial exigía una salida negociada. Tal vez tengan razón. Pero una cosa es evitar una catástrofe y otra muy distinta presentar ese resultado como una victoria aplastante.

Trump intenta vender el acuerdo como una demostración de liderazgo. Sin embargo, incluso algunas de las evaluaciones más favorables reconocen que el memorándum deja abiertas cuestiones fundamentales sobre el programa nuclear iraní, los mecanismos de verificación y el equilibrio estratégico en la región.

La imagen que queda es incómoda para Washington. Después de una guerra costosa, Estados Unidos termina negociando directamente con el mismo régimen que prometía contener. Irán conserva su estructura de poder, mantiene a su liderazgo político y se sienta nuevamente como interlocutor válido ante la principal potencia mundial.

Quizá por eso Trump insiste tanto en proclamarse vencedor. Porque cuando los resultados hablan por sí mismos, los líderes no necesitan repetir que ganaron.

La historia está llena de gobernantes que confundieron la propaganda con la realidad. De líderes que creyeron que bastaba con declarar una victoria para que esta existiera. Pero la geopolítica es menos indulgente que los discursos de campaña.

La declaración de Mojtaba Jamenei encierra una verdad incómoda para la Casa Blanca: si el supuesto derrotado se presenta ante su pueblo diciendo que mantiene sus principios, conserva su régimen y está dispuesto a negociar sin aceptar las condiciones de su adversario, entonces tal vez no sea él quien tenga que explicar lo ocurrido.

Tal vez quien deba hacerlo sea Donald Trump. Porque hay ocasiones en que la paz es una victoria. Y hay otras en que el que atacó y juró destruir, termina firmando un acuerdo de paz con su rival de pie y hablando de sus propias condiciones. Eso es simplemente el nombre elegante que se le da a una derrota humillante.