El Quinto Partido

Por: Esteban herrera Ugarte

Cada cuatro años México vive un fenómeno extraordinario: millones de personas, de pronto creen que ahora sí la Selección Nacional dará el gran salto. Cambia el técnico, cambian los uniformes, cambian los patrocinadores, cambian los comerciales… pero el marcador histórico suele ser el mismo: mucha ilusión, poco resultado.

La historia no pertenece solamente al futbol. También describe con precisión el momento político que vive el país.

En México, durante la organización del Mundial de 2026, y así como sucede en cada inicio de gestión gubernamental,  se intenta vender una imagen de renovación, modernidad y de hasta de grandeza. Se anuncian obras de infraestructura, remodelaciones urbanas y proyectos conmemorativos. Y tal como ocurre antes de cada torneo, y como cuando a las administraciones el tiempo les alcanza, aparecen las prisas: pintar fachadas, inaugurar vialidades, embellecer lo visible y confiar en que las cámaras no enfoquen lo que quedó pendiente. Es una lógica conocida: preparar el escenario más que resolver el fondo.

Pero el verdadero partido no se jugará en las canchas mundialistas. Se jugará en la cancha política rumbo a 2027.

Morena enfrenta un reto que ya no es únicamente electoral, sino moral. El equipo llega con el peso de los campeonatos recientes. Ya no entra a la cancha con la simpatía de la novedad, sino con la carga de explicar algunas jugadas polémicas, expulsiones inexplicables y decisiones arbitrales dudosas. El uniforme sigue siendo el mismo, pero el prestigio ya no luce impecable. La narrativa de superioridad que lo acompañó durante años comienza a desgastarse. Gobernar exige algo más complejo que buscar mantener popularidad y mayorías legislativas.

Sin embargo, el adversario tampoco inspira demasiada confianza. La oposición mexicana puede parecerse a la Selección Nacional: individualmente presume figuras de gran calidad, políticos con experiencia, liderazgos regionales competitivos y elementos suficientes para construir una estrategia ganadora.

Sobre el papel, el plantel parece capaz de ser un buen competidor. Sin embargo, cuando llega el momento decisivo, deja de comportarse como un equipo y vuelve a ser una colección de individualidades que disputan protagonismos antes que victorias. Le ocurre lo mismo que a México en los Mundiales: genera expectativa, ilusiona durante la preparación, algunos de sus jugadores brillan en ligas extranjeras, pero en la hora de la verdad le falta identidad colectiva, liderazgo y la convicción de jugar para ganar.

Pero la responsabilidad no termina ahí. El electorado también se parece a la afición mexicana: llena las redes sociales de críticas, analiza alineaciones, exige cambios de técnico y reclama resultados, pero el día del partido el estadio no se llena, ese estadio se llama urna. Después, a quienes se abstienen les resulta fácil justificar del por qué se salió del estadio: culpar al árbitro, al rival, al entrenador o al propio equipo; Ningún equipo puede aspirar a ganar cuando buena parte de su propia afición abandonó las gradas antes del silbatazo final.

La oposición necesita aprender a jugar como equipo, pero los ciudadanos también deben entender que una elección no se gana con aplausos desde la tribuna digital, sino con votos depositados en la cancha real de la democracia.

En el futbol, una camiseta de campeón del mundo pesa. Pesa porque detrás de ella existe una historia de disciplina, resultados y legitimidad que obliga al rival a respetarla. En la política internacional ocurre exactamente lo mismo. Un país llega a una mesa de negociación con la autoridad institucional que ha construido durante años. Por eso, cuando un país llega con dudas sobre la solidez de sus instituciones, Puede sentarse a negociar, sí, pero ya no con la fortaleza que da el respeto, sino desde la incomodidad que provoca la desconfianza.

En el “Tercer Mundial de Mexico”,  pasar de la “Cuarta Transformación” a un “Quinto Partido” no es solo un asunto futbolístico, también es político: es el momento en que un gobierno debe demostrar que puede gobernar con identidad propia, una oposición debe demostrar que realmente quiere ganar y un país entero debe decidir si solo seguirá deseando los goles anunciados, o empezará, por fin, a celebrar los que realmente entran a la portería, o si al final tendrá que  conformarse con un mal partido…o con un mal Partido.