Dualidades

El pez sin el agua
Por: Rubén PÉREZ ANGUIANO*

El papa León XIV invitó en un reciente mensaje a superar las narrativas que tienen a la división, abogando por la reconciliación nacional frente a los discursos que fragmentan a los ciudadanos. Lo dijo en España, pero pudo decirlo en México.

Aquí, desde el lenguaje del poder se instaura una dualidad: quienes están “con nosotros” (con el partido al mando) son quienes defienden la soberanía y se manifiestan en contra de cualquier intervención extranjera; mientras que aquellos que están “contra nosotros” (los opositores) son los que intentan vulnerar la soberanía y favorecer la participación extranjera. La presidenta Sheinbaum lo dijo hace poco y comparó a sus actuales adversarios con quienes promovieron el principado de Maximiliano en el siglo XIX.

No es la primera vez que se hace tal exclusión. Desde el mismo lenguaje del poder se divide a la sociedad entre liberales y conservadores o entre izquierdas y derechas, conceptos, por cierto, bastante confusos y alejados de una filiación política moderna. Por ejemplo, las posturas de un liberal mexicano del siglo XIX, como Juárez, hoy podrían ser consideradas propias de la “derecha”, pero eso no tiene importancia: el propósito es arrojar imágenes y conceptos que sirvan para dividir a la sociedad y mantener un discurso de confrontación que justifique lo que sea.

Es algo triste. Un gobierno nacional debería privilegiar el lenguaje de la unidad en temas fundamentales, en lugar de favorecer la división y hasta el odio hacia el que piense diferente.

Cuestión de prioridades: la unidad permite impulsar temas trascendentales, la división sirve para consolidar al poder circunstancial.

San Agustín anotó alguna vez: en lo esencial unidad, en lo dudoso libertad. El gobierno que representa a un país debe privilegiar la unidad en lo sustantivo y mantener un ambiente de libertad en todo lo que resta.

Hace algunos años Jesús Reyes Heroles acuñó el término “unidad en lo fundamental”, como resultado de su cuidadosa lectura de los clásicos del siglo XIX mexicano (Mariano Otero entre ellos). Su idea era extraer los aspectos en los que todos pudieran estar de acuerdo para impulsarlos, es decir, para permitir a la nación seguir avanzando, mientras que se mantenía el diálogo frente a los temas en disputa.

Suena lógico, pero existen quienes prefieren seguir discutiendo hasta el absurdo sin llegar a nada, lo que provoca parálisis en el país.

Fomentar la división es lastimar las energías nacionales, pero algunas y algunos piensan que eso es algo astuto, casi maquiavélico, porque permite mantener el gobierno con las armas de la confrontación. A mi ver eso trae costos terribles hacia el futuro, pero quizás no les importa.

No se necesita mucha capacidad de análisis para advertir que la administración federal privilegia la visión de partido con un estilo excluyente y la descalificación como método. Al mismo tiempo, lo que puede ser digno de unidad es mirado con desprecio.

No se quiere la integración, pues, sino la desintegración. Eso es lo que vale.

 

*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 57 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.