HÉROES INCÓMODOS

HÉROES INCÓMODOS
Por: Esteban HERRERA UGARTE

Hay narrativas que funcionan muy bien… hasta que se les confronta con la Historia.

Una de ellas, muy recurrente en estos días, es la acusación de que la oposición “pide la intervención extranjera” cada vez que busca respaldo, opinión o presión internacional —particularmente de Estados Unidos— frente a decisiones internas del país.

El señalamiento no es menor. En el imaginario político mexicano, invocar a un actor externo ha sido históricamente asociado con traición a la Patria. Pero aquí es donde la Historia, terca como siempre, se atraviesa.

Porque si aplicamos ese mismo criterio —sin matices ni contexto— tendríamos que revisar con lupa a los propios héroes que hoy se enarbolan como referentes morales del régimen.

Ahí está Benito Juárez, quien en plena Guerra de Reforma no solo buscó el cobijo y el reconocimiento diplomático de Estados Unidos, sino que puso sobre la mesa el Tratado McLane-Ocampo, ofreciendo condiciones estratégicas a cambio de respaldo político y financiero. ¿Eso fue “intervencionismo” o simple supervivencia del Estado?

Está también Francisco I. Madero, quien necesitó el reconocimiento de Washington para consolidar su gobierno y permitió —de facto— el flujo de armas desde territorio estadounidense para enfrentar rebeliones internas. ¿Eso fue “dependencia” o pragmatismo en medio del caos revolucionario?

Y más adelante, Lázaro Cárdenas del Río, símbolo máximo del nacionalismo económico, quien tras la expropiación petrolera negoció con el gobierno estadounidense para evitar represalias y garantizar la viabilidad económica del país. ¿Eso fue “Claudicación” o inteligencia política?

Por eso resulta cuando menos contradictorio, que hoy se pretenda descalificar cualquier interlocución internacional como si fuera automáticamente una traición. Bajo ese razonamiento simplista, los propios pilares históricos del nacionalismo mexicano quedarían etiquetados como “opositores de derecha” que acudían al extranjero para resolver problemas internos.

La realidad es menos cómoda, pero más honesta: México nunca ha sido una isla. Y sus decisiones más trascendentes han pasado, inevitablemente, por el reconocimiento —o la presión— de actores externos, particularmente de nuestro vecino del Norte.

Si la auto llamada cuarta transformación se sustenta en las tres previas, conviene recordar que las tres, en momentos críticos, recurrieron al extranjero para fortalecerse, consolidarse y finalmente prevalecer como procesos históricos decisivos. Porque hasta nuestra “Independencia” “dependió” de factores y ventanas abiertas por y con gobiernos extranjeros. Así es como la Historia, como la política, rara vez se escribe en solitario.

Si pedir interlocución internacional convierte a alguien en “traidor”, entonces habría que empezar a revisar los monumentos… no vaya a ser que, bajo los nuevos estándares, terminemos descubriendo que nuestros héroes históricos —según la lógica “oficial”— eran peligrosos conservadores u opositores infiltrados y no vaya a ser que con esta  narrativa del régimen, los héroes de la Historia oficial sean al final, héroes incómodos.