PARA SACIAR MI SED
Por: Ivonne BARAJAS
Me perturba encontrarla con su sonrisa ñaca ñaca, lista para lanzarme un –de tan amabilísimo– malicioso: Buenos días. Ella es testigo y parece querer recordarme la vergüenza mayúscula de aquel día. Me explico: cuido perros, gatos, animales domésticos; voy a visitarlos a sus casas cada vez que los dueños salen de viaje y sigo la dinámica que se me indica: servir comida a las 9, paseo a las 6, cambiar areneros cada tercer día.
Como acérrima enemiga de las rutinas, he encontrado en ese trabajo la dosis de divertimento y libertad que requiero en mi día: un lunes ando por un rumbo y para el próximo en el opuesto, lo cual me permite a su vez nutrir el almanaque de mi otro gran oficio: la glotonería. Enciendo el radar y busco lugares cerca de la ubicación donde me halle. Sólo así descubrí los aguachiles de Sabor a Mar cuando tenían sucursal por Real Bugambilias, o los sopes de Cenaduría Juanita en el centro villano, o los tacos del Cordobez muy famosos pero que me quedan allá lejísimos por el panteón de La Villa, o la variada coctelería de Café Metzy por Real de Caná.
Les decía, pues, que algunos amigos/clientes –ya van junto con pegado– me proponen pasar el día acompañando a las faunas mimadas, es decir: habitar la casa. Estaba pues yo habitando una de esas casas y tuve una necesidad fisiológica imperante; aunque estaba sola, por inercia cerré la puerta del wc. Luego, al intentar salir, me llevé el chasco: no abría. Contrariada, revisé la cerradura; y aunque la manija giraba no lograba desarticular el pasador. En la madre. Se me bajó la sangre a los talones, me senté en el excusado y respiré hondo intentando alguna técnica de relajación. Fallé. Las respiraciones eran entrecortadas y estaba en el epicentro de una crisis de ansiedad; me acerqué a una minúscula ventanita que daba a la calle para gritar: “Ayuda”, varias veces. Silencio. Luego abrí cajones para buscar algún artilugio que me permitiera jugar con la perilla: encontré un pasador, lo jugué en la cerradura. Nada. Otro grito de ayuda, y otro intento con el pasador y otra vez nada. Apenas reparé en la imposibilidad de salir, el sanitario se encogió hasta robarme el aire. Así funciona la ansiedad. El mundo se comprime hasta quitarte el aliento o matarte de miedo. Por fin, en un nuevo intento, salí. Oh, liberté, liberté chérie, te extrañé. No sé de dónde salió el francés, se lo atribuyo al susto…
A las 6 salí a la caminata con el perro, y entonces establecí contacto con la señora ñaca ñana quien me abordó: “¿Eras tú quien gritaba hace rato? Me asustaste mucho, creí que te estaban robando, me puse muy nerviosa, me temblaban las rodillas, me bajó la presión. Balbucí: Ah, sí, yo, disculpe. Mientras tenía este intento de diálogo con la señora ñaca ñaca me sentí doblemente humillada porque me disculpé (excuse me!!) y comprobé que alguien me escuchó y no prestó ayuda. En los días posteriores, las caminatas eran escenario de total humillación: los vecinos que me encontraban por allí me reconocían, y la conversación giró en torno al feo incidente de mis llamados de auxilio, socorro.
Desde entonces, en cuestión de cerraduras “le soplo hasta a lo frío”.


















