Para Saciar mi Sed
Por: Ivonne BAJARAS
Conozco a Alfonso del parque. Él completa vueltas en plan ejercitándose mientras yo camino al ritmo que marca Padma. De lunes a viernes, los últimos cuatro años, nos hemos encontrado allí; algunas veces nuestras coordenadas no colisionan y nos damos un saludo desde lejos, otras veces nos impactamos en la esquina de Obsidiana con Amatista y después de darle mimos a “La Güera”, como llama a la perra amarilla, conversamos largo y de todo.
Alfonso me anunció que finalmente –después de un año con el anuncio puesto en la fachada–, vendió su casa y entonces se muda. Aunque mi reacción fue casual sentí un derrumbamiento; descubrí -sí, siempre tarde y siempre justo a tiempo- que en esos momentos breves y puntuales establecimos amistad. Lo vi con esos nuevos ojos justo el día que me anunció que se desvanecía de mis futuras visiones de lunes a viernes por las mañanas. Caray.
¿Lees? Porque tengo algunos libros para regalarte. Estoy segura de que sabía la respuesta porque habíamos hablado de libros y quizá me había visto leyendo en el parque, en los descansos que me daba Padma. Dije sí, y le di pistas de mis predilecciones. Okei, te elijo algo. Y adiós, adiós.
El lunes colisionamos: Pasa a la casa, ya tengo todo listo. Y me indicó: Por esta calle, el número 104. Terminé de pasear a Padma –de que Padma me paseara a mí como es el caso con esa golden voluntariosa–, y fui a buscar el domicilio. Timbré varias veces, toqué la puerta, por fin abrió Alfonso que me recibió, para mi sorpresa con cara de sorpresa, como si yo hubiera cometido la impertinencia de llegar sin anunciarme cuando el encuentro no pudo estar más planeado. En el recibidor estaba todo dispuesto: Instrucciones para vivir en México, Un mundo feliz, Ciudades desiertas; se me hacía agua la boca, me aumentó el ritmo cardíaco, transpiré…se fueron colando autores que conozco con autores que desconozco pero conoceré, mientras Alfonso hablaba de las épocas en las que había adquirido los títulos. Saqué mi bolsita de mandado que siempre me acompaña, porque doñita prevenida, y allí donde suelo empacar la leche y el pan del queso, empacaba con gratitud y desesperación las manos llenas de mi amigo. ¿Estás bien con eso? Dije que estaba bien, más que bien, muchísimas gracias, pero enseguida me encaminó a su biblioteca y yo fui, como sedada caminando con facilidad, aparecieron nuevas joyas, y no me pude resistir a pedir una cosita más: La “Flor de Lis”, ¿puedo? Dijo Claro, y también llévate éstos, y me extendió dos de Carlos Monsiváis. Ya no podía ver más: me estaba turbando tanta generosidad y venía a mí ese mareo que me toma en ciertos momentos intensos.
Me eché la bolsa al hombro y comencé el peregrinar, ladeada y desequilibrada, por las tres cuadras que me separaban del auto; cargando, cómo pesan, todas las historias; llevaba a cuestas ¡con razón! al gringo viejo, a la cándida Eréndira con todos sus amantes y la cama empapada de sudor, a Eligio y Susana enfrentados en sus pleitos inmisericordes…



















