LA MODERNIDAD CONTRA SÍ MISMA SEGÚN ULRICH BECK

LA MODERNIDAD CONTRA SÍ MISMA SEGÚN ULRICH BECK
Por: Juan Carlos RECINOS

Ulrich Beck escribió La sociedad del riesgo desde el interior de una fractura histórica en la que la modernidad deja de reconocerse como promesa y comienza a experimentarse como peligro.

No se trata de un pensamiento que observe el proceso moderno desde afuera, sino de una reflexión que emerge cuando la modernidad se ve obligada a enfrentarse a las consecuencias de su propio éxito. Beck no anuncia el fin de la modernidad, sino algo más inquietante: su transformación interna, su giro contra sus propios fundamentos. El riesgo no es un accidente del progreso, sino su producto estructural.

El núcleo del libro es una tesis radical: la modernidad avanzada deja de organizarse en torno al reparto de la riqueza y comienza a estructurarse en torno al reparto de los riesgos. Este desplazamiento no es meramente económico o técnico, sino epistemológico, político y cultural. La sociedad del riesgo nombra una forma histórica específica de la modernidad en la que los peligros producidos por el propio desarrollo científico-industrial se convierten en el principal problema social y político.

En la sociedad industrial clásica, el progreso se legitimaba por su capacidad de reducir la escasez. Incluso sus efectos secundarios —contaminación, enfermedades laborales, desigualdad— podían asumirse como costos inevitables de un proceso emancipador. Beck sostiene que esta legitimación se rompe cuando los riesgos dejan de ser locales, visibles y compensables, y se vuelven globales, invisibles y potencialmente irreversibles. A diferencia de los peligros del pasado, los riesgos contemporáneos no se perciben con los sentidos: existen como construcciones científico-técnicas, estadísticas y probabilísticas. Para conocerlos dependemos del saber experto, pero ese mismo saber participa en su producción. La modernidad ya no se enfrenta a la ignorancia, sino a su propio conocimiento vuelto contra ella.

Chernóbil aparece así no como un accidente aislado, sino como un símbolo histórico. Marca el momento en que los peligros de la modernidad atraviesan fronteras nacionales, divisiones de clase y generaciones futuras, anulando la ilusión de zonas protegidas. Ningún territorio, ningún grupo social, ningún tiempo queda completamente a salvo. La ciencia, que había sido el fundamento de la certeza moderna, se convierte también en objeto de sospecha. De este modo, el proceso de modernización se vuelve reflexivo: la sociedad se ve obligada a interrogar las consecuencias no previstas de su propio desarrollo, esos efectos secundarios que ya no pueden ser externalizados ni ignorados.

Uno de los aportes más precisos de Beck consiste en mostrar que esta transformación no elimina la desigualdad social, sino que la reconfigura. Los riesgos de la modernización poseen un efecto bumerán: tarde o temprano alcanzan también a quienes los producen o se benefician de ellos. Ni la riqueza ni el poder garantizan inmunidad frente a la contaminación, la radiación, el colapso ecológico o las crisis sanitarias. Sin embargo, esta universalización del riesgo no implica igualdad. Existen profundas asimetrías en la exposición al peligro, en la capacidad de protección, en el acceso a información y en la posibilidad de huir. El riesgo es global, pero su gestión sigue siendo profundamente desigual. La sociedad del riesgo no sustituye a la injusticia social; la desplaza hacia nuevas formas.

En este punto, Beck introduce una noción decisiva: la expropiación ecológica. La destrucción ambiental no solo amenaza la vida y la salud, sino también la propiedad, la legitimidad y la estabilidad de los sistemas económicos. El capitalismo industrial, al producir riesgos que socavan sus propias condiciones de reproducción, entra en una contradicción interna que las teorías sociales clásicas no pudieron anticipar. El progreso deja de ser una fuente incuestionable de legitimidad y se convierte en un problema político central.

Este desplazamiento estructural se refleja con especial crudeza en las formas de vida. La sociedad industrial había producido trayectorias relativamente estandarizadas: educación, empleo estable, familia nuclear, jubilación. La modernización reflexiva disuelve estos esquemas sin ofrecer nuevos marcos colectivos de seguridad. El resultado no es una ampliación plena de la libertad, sino una individualización forzada. El individuo se convierte en gestor de riesgos biográficos: empleo precario, trayectorias laborales discontinuas, rupturas familiares, incertidumbre vital. Problemas estructurales se traducen en decisiones personales, y la inseguridad deja de experimentarse como conflicto colectivo para presentarse como fracaso individual.

Esta transformación afecta de manera profunda a la familia, al trabajo y a las relaciones de género. La familia nuclear, pilar de la estabilidad industrial, se ve sometida a tensiones contradictorias: debe ofrecer seguridad emocional en un mundo crecientemente inseguro mientras enfrenta precariedad económica, flexibilización laboral y redefinición de los roles de género. La incorporación masiva de las mujeres al mercado de trabajo no produce una liberación lineal ni una simple decadencia moral; expone la fragilidad de un modelo social que descansaba sobre divisiones funcionales hoy insostenibles. Las viejas certezas se erosionan sin que nuevas normas logren consolidarse.

El trabajo, por su parte, deja de funcionar como eje organizador de la identidad social. El ideal del empleo estable y continuo se disuelve frente a la flexibilización, la subocupación y la fragmentación de las trayectorias laborales. La formación ya no garantiza inserción; la cualificación se convierte en una apuesta permanente frente a un futuro incierto. El desempleo masivo deja de ser una anomalía y se vuelve un componente estructural de la sociedad del riesgo. La inseguridad laboral no solo amenaza los ingresos, sino que erosiona el sentido mismo de pertenencia social.

En este escenario, la política tradicional revela su impotencia. Los grandes riesgos que estructuran la vida contemporánea —ambientales, sanitarios, tecnológicos— no pueden ser contenidos dentro del marco del Estado nacional ni gestionados mediante los instrumentos clásicos de la democracia representativa. Las decisiones fundamentales se desplazan hacia sistemas expertos, corporaciones transnacionales y redes técnico-científicas que operan fuera del control democrático. La política no desaparece, pero pierde capacidad de dirección y se ve reducida a la administración de crisis que no ha producido ni puede resolver plenamente.

Este vaciamiento da lugar a nuevas formas de acción que Beck agrupa bajo el concepto de subpolítica. Movimientos ecologistas, asociaciones de víctimas y controversias científicas emergen como espacios donde se disputa la definición misma del riesgo. En la sociedad del riesgo, el conflicto político ya no gira solo en torno a la distribución de recursos, sino en torno a la interpretación de la realidad: qué se considera peligroso, qué nivel de daño es aceptable, quién tiene autoridad para decidir y con qué criterios. El conflicto se desplaza del terreno de la ideología al de la epistemología.

Leído desde el presente, La sociedad del riesgo impresiona por su capacidad anticipatoria. Crisis climática, pandemias globales, colapsos tecnológicos y disputas en torno al saber científico confirman que Beck no describía una coyuntura pasajera, sino una estructura duradera de la modernidad avanzada. Su mayor aporte no consiste en ofrecer soluciones técnicas ni en añorar el pasado industrial, sino en exigir una radicalización crítica de la modernidad. La sociedad del riesgo no es el fin de la razón, sino la prueba de su insuficiencia tal como fue concebida.

En última instancia, Beck muestra que el verdadero peligro no reside únicamente en los riesgos materiales producidos por la civilización industrial, sino en la incapacidad política y cultural de reconocerlos, debatirlos y asumirlos colectivamente. Vivir en la modernidad ya no significa avanzar con confianza hacia el futuro, sino aprender a habitar la incertidumbre sin renunciar a la responsabilidad, la racionalidad y la acción común. La sociedad del riesgo no representa el fracaso del proyecto moderno, sino su prueba más dura: el momento en que la modernidad se descubre a sí misma como problema.