PARA SACIAR MI SED
Por: Ivonne BARAJAS
Quiero pensar en algo que me haga falta; no se me ocurre nada. Hoy fue un día de enero y caminé un camino largo tomada de la mano de mi papá; caminamos mucho juntos y luego seguí caminando mucho sola.
Tuve sed, de esas que te hacen anhelar y anhelé; tomé una Mareta, en silencio, con la mirada puesta en un lote baldío de maleza crecida. Las líneas de sudor en la espalda comenzaron a secarse y mi respiración se instalaba de nuevo en su compás conocido; allí sentí dicha: quizá porque rememoré, sin proponérmelo, la belleza de caminar junto a un hombre cuyo rostro llevo calcado al mío –la misma sangre junto a la otra– o incluso por algo más sencillo: recuperar el aliento y saciar la sed.
Hay momentos que al observarlos se sienten gloriosos como cuando me entero que mi inhalación es perfecta: no hay obstáculos ni atragantamientos ni flemas ni tos en ese tránsito de aire desde las fosas nasales hasta el pecho y la zona central del abdomen…o la verificación de que a mi cuerpo es libre porque no duele; no hay jaqueca ni incomodidad en las rodillas ni molestias digestivas; si acaso un aviso, una ligera compresión en las caderas, relacionada con los ciclos de mi naturaleza femenina. El cuerpo va, caminando por las calles, como si estuviera bailando en una fiesta, cuando de pronto acechan pensamientos delirantes que oscurecen el baile. El cuerpo, con gracia y desgracia, atraviesa ese vals.
Un jardín con casa y un árbol de mango…es lo que tengo y ni siquiera es mío; es lo que vivo: aquí despierto y de aquí parto y aquí vuelvo todos los días. Para mí es suficiente; soy de ese selecto grupo de personas que aún –¿se conforman?– son felices en la sencillez, como la sirvienta de Mandrake, Vavá, que tenía este mismo sueño mío: un jardín con casa y un árbol de mango. De cuántos líos me ha salvado este temperamento…y en cuántos, también, me ha metido. Igual que a Vavá.
Quizá es hora de preguntarme si es rareza o tiempo que se ha acumulado de maneras evidentes y no tanto, pero he cambiado. Antes –de joven o más joven (¡confusión!)– evolucionar tenía que ver con salir de aquí, conquistar nuevos títulos, conocer países…en tanto que hoy me parece que evolucionar se trata de saber estar con mi padre: responder amablemente a sus comportamientos inconexos y sus crisis demenciales.
Advierto: no puedo mantener fidelidad a ningún punto de vista expresado. Yo aquí vine a cambiar y no a insistir en ser de determinada forma; uno no puede crecer si se concentra en permanecer inamovible y menos aún si espera que los demás se acoplen a sus debilidades porque se sienten fuertes en sus pobres/necias/torpes/tercas maneras de proceder. Hay quienes, orgullosos, dicen: “Yo soy así”. Yo no. Yo no soy de ningún modo…o quizá sólo brevemente soy de un modo y luego de otro.
Para evolucionar, mi única aspiración, es necesario el movimiento: ¿Vienes o te quedas?



















