Frases de oro // Unidad o derrota: el dilema real en Colima para el 2027
Jorge OROZCO SANMIGUEL*
En política, la unidad no es un hecho: es un relato. Y como todo relato de poder, no describe la realidad; la organiza, simplifica y, sobre todo, la legitima. En Colima, lo que hoy se presenta como unión dentro del Movimiento de Regeneración Nacional, es menos un estado político que una operación lingüística. Porque las palabras no son neutrales: nombran, sí, pero también encubren.
En el discurso interno del Movimiento de Regeneración Nacional, la palabra unidad aparece de forma insistente. Se repite, enfatiza y se vuelve una consigna. Pero en términos de análisis del lenguaje, estamos frente a lo que George Orwell describía con precisión: palabras que no aclaran, sino que disfrazan. Unidad no significa ausencia de conflicto, más bien, que el conflicto ha sido desplazado del discurso visible.
Cuando sus dirigentes predominan en sus argumentos que sí hay unión, lo que en realidad se afirma es que las diferencias han sido contenidas, subordinadas o pospuestas. Es decir: la unidad no elimina la disputa; la administra. Pero en Colima hay un elemento adicional que no puede ignorarse: esa unificación no solo se administra, también se impone.
Morena, en su proceso interno, comienza a reproducir prácticas que históricamente criticó fuertemente del Partido Revolucionario Institucional: operación desde el aparato gubernamental, alineamientos de estructuras y, sobre todo, el famoso dedazo. No como una decisión abierta, sino como un proceso donde todo parece definido antes de ser discutido.
Ahí es donde se revela el verdadero giro: ya no se trata de construir una candidatura, sino de legitimar una decisión previamente tomada. En otro momento, Morena habría apostado por un perfil con arraigo social, con capacidad de movilización y cercanía con la gente. Hoy, en cambio, la prioridad parece ser otra: un perfil funcional a la cúpula interna, aunque eso implique sacrificar representatividad. No deciden por la o el más cercano a la ciudadanía, sino por el más útil para la estructura.
No el que unifique desde abajo, sino el que no incomode arriba. Esto implica un cambio profundo en la lógica política: la candidatura deja de ser un símbolo de representación social para convertirse en un signo de control interno. En términos más crudos: ya no importa tanto lo que representa hacia afuera, sino lo que garantiza hacia adentro.
A nivel nacional, la llamada 4T opera bajo la misma lógica. Es un concepto incluyente en apariencia, pero delimitado en la práctica. Se habla de un movimiento amplio, de transformación y del pueblo, pero estos términos, (como advertía Hannah Arendt) tienden a convertirse en categorías abstractas que diluyen la responsabilidad individual y consolidan el poder en estructuras opacas. En Colima, esto se traduce en una tensión evidente: aliados como el Partido Verde o el Partido del Trabajo no rompen el discurso, pero sí disputan el fondo. Aceptan el lenguaje de la unidad, pero no descartan el autoritarismo.
Mientras tanto, del otro lado del tablero, la alianza entre el Partido Acción Nacional y el Partido Revolucionario Institucional enfrenta su propia crisis: no compiten por ganar, sino por sobrevivir. Su apuesta no está en conquistar mayorías, sino en asegurar representación plurinominal. Sus mejores perfiles no están en las boletas; están resguardados en las listas pluris. Es una oposición que acompaña, pero no disputa; resiste, pero no propone.
Sin embargo, esa debilidad no debería tranquilizar a Morena. Porque el verdadero riesgo no está enfrente, sino adentro.
Si se analizan los escenarios, el problema se vuelve evidente.
El primero es el de la imposición, disfrazado como unidad consolidada. En el discurso, se habla de cohesión y fortaleza; en la práctica, se trata de una candidatura definida desde el poder estatal, donde las fracturas no desaparecen, solo se contienen temporalmente.
El segundo escenario es el de la negociación, presentado como unidad construida. Aquí el lenguaje apela al diálogo y a los acuerdos, pero la realidad es más compleja: equilibrios frágiles entre grupos, concesiones constantes y una estabilidad que depende más de la conveniencia que de la convicción. Aceptarán las decisiones, pero la tensión será cortada con un cuchillo en la mantequilla.
El tercer escenario es el de la ruptura, aunque nunca se nombrará como tal. Se recurrirá a términos como diversidad de proyectos o decisiones legítimas, (como gusten llamarle) pero en el fondo lo que habrá es fragmentación interna y un debilitamiento electoral que podría cambiar por completo el tablero político, aunque Morena mencione todo lo contrario con sus encuestas carentes de credibilidad.
Aquí el lenguaje vuelve a cumplir su función central: evitar nombrar la crisis como es. El dilema del partido guinda en Colima no es solo estratégico; es semántico y profundamente político. Mientras más se insiste en la unidad y transformación, más evidente se vuelve su fragilidad. Como si el discurso intentara compensar lo que la realidad no termina de sostener.
Hay además un elemento que redacté en mi columna pasada, y hoy veo que no estaba tan errado de la realidad. En la antesala del proceso de 2027, la 4T enfrenta un problema estructural que ya se hizo evidente en 2021: la ausencia de una candidatura presidencial que impulse la fuerza electoral. Sin esa figura articuladora, la elección tiende al caos interno, a la dispersión de liderazgos y competencia desbordada entre facciones.
En ese contexto debe leerse la propuesta de adelantar la revocación de mandato. En el discurso se plantea como una medida de austeridad, una forma de evitar gastos innecesarios. Pero en términos políticos, la jugada es otra: necesitan una figura nacional en la campaña, un rostro que unifique narrativamente lo que hoy está fragmentado en los hechos. No es solo una decisión administrativa; es una estrategia electoral encubierta.
Y ahí es donde el problema deja de ser únicamente político para entrar en el terreno de lo legal. Porque utilizar mecanismos institucionales con fines de posicionamiento electoral no solo desdibuja las reglas del juego, sino que erosiona la confianza en ellas. Es, en el mejor de los casos, una zona gris; en el peor, una práctica abiertamente ilegal.
Sin embargo, el cálculo parece claro: frente al riesgo de perder terreno, (e incluso sus mayorías en las cámaras baja y alta) Morena está dispuesto a tensar los límites del sistema. No es una anomalía; es la lógica de un movimiento que ha pasado de disputar el poder a defenderlo a toda costa.
Y ahí aparece la advertencia de Foucault: el poder no solo se ejerce con decisiones, sino con discursos que delimitan lo que es posible pensar. Pero hay un límite: cuando el discurso sustituye a la realidad, la política deja de ordenar el conflicto y comienza a incubarlo.
Colima no es un escenario neutro; es un estado profundamente tensionado: violencia creciente, inseguridad cotidiana, descomposición institucional y confrontación política permanente. En ese contexto, imponer una candidatura no solo divide a un movimiento; también se lo hace a la sociedad. Por eso, más que una candidata o candidato disciplinado, el Movimiento de Regeneración Nacional necesita un perfil que realmente unifique: hacia dentro, sí, pero también hacia afuera. Un liderazgo con legitimidad social, no solo con respaldo de aparato.
Porque si la prioridad sigue siendo el control interno y no la cohesión social, el costo no será únicamente electoral; será político, y eventualmente será ingobernable. Al final, la pregunta no es quién será candidato o candidata, la pregunta es otra, mucho más incómoda: ¿Morena quiere ganar Colima o solo quiere controlar su propia disputa interna?
*Lingüista de profesión por la Universidad de Colima, con 12 años de experiencia dentro del ambiente político. Ha participado en campañas electorales como parte logística y estratégica de márquetin y comunicación política. Actualmente labora en departamentos de comunicación social, así como asesor de dichos temas.



















