Una guerra ideológica con misiles discursivos

Columna: Frases de oro // Una guerra ideológica con misiles discursivos

Por Jorge OROZCO SANMIGUEL

Lo que está pasando en el mundo parece increíble: la caída de El Mencho en México, los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, y el aumento de tensiones en Medio Oriente. Pero si miramos estos hechos con calma, dejan de parecer casualidades.

Lo que vivimos no es un accidente. Es parte de una forma de hacer política internacional que lleva décadas construyéndose. Hace más de treinta años, el entonces presidente venezolano Hugo Chávez advertía que una tercera guerra mundial no sería como las anteriores: con ejércitos enfrentándose directamente, sino una disputa impulsada por la política exterior de Estados Unidos. En su momento, muchos lo llamaron exagerado, al grado de locura. Hoy, sus palabras suenan menos descabelladas.

Las guerras del siglo XX nos enseñaron algo importante: los conflictos no empiezan con disparos, empiezan con discursos. Antes de atacar a un país, primero hay que convencer al mundo de que ese país es una amenaza. Antonio Gramsci explicaba que el poder no se impone solo con armas, sino también con ideas. Michel Foucault decía que el poder no solo castiga, también define qué es verdad.

Es evidente que quien controla el discurso, controla la historia. Irán no es presentado solo como un país con petróleo, sino como un peligro nuclear constante.

México no es descrito solo como una nación con violencia interna, sino como un territorio dominado por el narcotráfico. Venezuela no aparece solo como una economía en crisis, sino como un ejemplo de fracaso total.

La pregunta no es si tienen problemas, (porque claro que sí los tienen) sino quién decide cómo se cuentan esos problemas y para qué. Si observamos el mapa, veremos algo interesante: muchos de los países en conflicto tienen grandes reservas petroleras. Venezuela, Irán y México comparten eso, y cuando el petróleo se vuelve más valioso o más escaso, las tensiones crecen.

Primero se habla de democracia, estabilidad, lucha contra el crimen o contra armas de destrucción masiva. Después vienen las sanciones, la presión internacional o los ataques. La historia reciente en Medio Oriente lo demuestra: ninguna intervención se presenta como interés económico; siempre se presenta como una necesidad moral.

En el caso de México, la caída de El Mencho no es solo un golpe contra el crimen organizado. También ocurre en un momento delicado, con cambios políticos y una sociedad cansada de la violencia. Desde hace años, Estados Unidos insiste en considerar a los cárteles mexicanos como amenazas similares al terrorismo.

Ese detalle es importante, porque cuando un problema interno se convierte en “amenaza internacional”, la puerta a la intervención se abre más fácilmente. El siguiente paso suele ser la “ayuda”. Una que puede transformarse en presión política o en decisiones tomadas desde fuera.

Pero nada de eso funciona si la sociedad está unida. Para intervenir, primero debe existir división, desconfianza y desesperanza. La idea de que el país no puede resolver sus propios problemas. No se trata de defender gobiernos ni de negar errores. Se trata de entender que el descontento social puede crecer de forma natural, o puede ser alimentado estratégicamente.

Tampoco se trata de decir que existe un gran plan secreto que controla todo. Eso sería simplificar demasiado. Pero también sería ingenuo pensar que las grandes potencias actúan sin planes a largo plazo. Los países poderosos no siempre provocan cada conflicto, pero sí saben aprovecharlos cuando aparecen.

No estamos necesariamente frente a una tercera guerra mundial como las que vimos en los libros de historia. Lo que vemos hoy es diferente: conflictos en varias regiones, disputas por energía, tecnología y poder político. La guerra ya no siempre se declara oficialmente; se gestiona, administra y se construye paso a paso.

Y en esa nueva forma de guerra, las palabras pueden ser tan poderosas como las armas. Aunque no puedo evitar recordar aquella frase de mi videojuego favorito, Fallout: “La guerra nunca cambia.”