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Tres historias de terror posmoderno

Dislates al alimón
Por: Marco Jáuregui y Salvador Silva 

I

Es de noche. Tres individuos apuran los restos de sus respectivas caguamas. En la mesa, en el piso, la cantidad de botellas vacías da indicios del tamaño de la borrachera que los personajes llevan encima. De algún lado sacan sendos machetes, los afilan torpemente. Se retan entre ellos acerca de si se van a atrever a dar el golpe o no. Salen de la casa, trastabillando. Se dirigen al lugar que previamente han estudiado. Llegan, abren la puerta que no tiene mecanismo de seguridad alguno.

Los tres a la vez levantan sus machetes y descargan el golpe. Los cables apenas oponen resistencia. De inmediato, toda una colonia del norte de la ciudad se queda sin servicio de telefonía ni internet. La fibra óptica, uno de los símbolos de nuestra modernidad, ha sido vencida por el filo defectuoso de un instrumento ancestral. Tres semanas después, la más grande empresa de telecomunicaciones en nuestro país, no ha logrado restablecer la conectividad en parte de los hogares afectados. Mientras, la discusión sobre las inteligencias artificiales ocupa los titulares de los noticieros.

II

La polilla hace de las suyas y, a pesar de fumigar hasta en tres ocasiones, se tiene que cambiar el mueble que alimentó secretamente durante años a esos bichos. Llegaron los carpinteros y traen el mueble por partes, pues deben armarlo in situ. Llegan con todo tipo de herramientas eléctricas del caso: sierras, serruchos, lijadoras, taladros, pulidoras y tres cajas más de ruidosos y coloridos aparatos.

Uno de los carpinteros conectó uno de dichos telebrejos a un enchufe, y ocurrió un cortocircuito. Llega un electricista y arregla mediante una mexicanada el desperfecto, pero explica que para resolverlo a fondo necesita que vayan los técnicos de la Empresa Pública del Estado Mexicano y de Clase Mundial al domicilio a quitar el candado del medidor. Se habla por teléfono y una persona muy atenta responde que ese mismo día acudirán a solucionar el problema.

No llega nadie  y al día siguiente se vuelve a llamar a esa Empresa de Clase Mundial y Pública del Estado Mexicano:  una voz educada  responde que, sin falta, por la tarde irán al domicilio.

Al no haber novedad alguna, al tercer día se vuelve a llamar  Entonces, otra voz  responde que, como no es una prioridad, la Empresa Pública de Clase Mundial del  Estado Mexicano enviará proximamente a un especialista para atender la petición. 24 horas mas tarde se llama y otra voz  explica que esa Empresa de Clase Pública Estatal y Mundial le da preferencia a una casa que se esté quemando (pero siempre y cuando, recalca, sea por un cortocircuito y no por una fuga de gas), de tal manera que hay que esperar sentados y que en los próximos 10 días, sin falta, serán atendidos.  Mientras esta voz explica por teléfono cuales son las prioridades de la Empresa Estatal del Estado mundial, llega un técnico de esa misma empresa bla, bla, bla, a leer el consumo eléctrico del domicilio. Ignorante del caso, después de anotar unos números en su cuaderno, se aleja silbando «Devuélveme la vida» o algo así.

Por cierto, mañana, ¡qué emoción!, se cumplen los primeros diez días. Y el candado aún sigue ahí.

III

A Juan Carlos Estrada. Incitador de esta historia

La noticia inunda las redes sociales. En cuestión de segundos se vuelve viral. Por ser increíble, no pocos pensaron que era una fake news.

Es un hecho  que combina la religión y la muerte: un coctel siempre atractivo.

En Ecuador, una cruz le cae encima a un sacerdote en plena misa, matándolo de manera inmediata. Más de una señora, -de ésas que van al templo todos los días a las 6 de la mañana-, cuando leyó la noticia comentó que qué manera tan pía y tan llena de gracia (divina, no confundir con otro tipo de gracejadas) había sido ese deceso. Prácticamente un martirio.

Otros, blasfemos,  lo ven con humor.

De existir el cielo (siempre y cuando este sea cristiano), seguramente el sacerdote le preguntará a Jesús: «Señor mío, disculpa la pregunta, pero… ¿no fuiste extremadamente  literal conmigo?… ¿que  a qué me refiero? mmm…, este….., ¿recuerdas San Mateo 16:24-26?.  Sí, exactamente esa parte que dice…»Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá, y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará». Y si recuerdas, yo no tuve necesidad de tomar ninguna cruz, ésta me cayó encima en plena misa y… bueno,  ahora heme aquí platicando contigo…»

Pensándolo bien, estoy convencido de que ese es (o al menos debería ser) el argumento incontrovertible para probar la existencia de Dios. Porque solo Él podría explicar el embrollo gigantesco en que se metió. Y es que si se piensa bien,  si no existiera Dios, qué pinche desperdicio de historia.

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