SI LO CALLAN A ÉL…
Por: Noé GUERRA PIMENTEL
Cuando una sociedad decide mirar hacia otro lado mientras se amenaza de muerte a uno de sus periodistas más visibles, algo más profundo que un conflicto personal está en juego. No es sólo la integridad de un comunicador; está en riesgo el tejido mismo de la conversación pública.
Si los periodistas y los ciudadanos guardamos silencio, como se ha hecho con otros, esta vez ante la intimidación contra Carlos Loret de Mola -guste o no, figura central del debate político nacional-, el mensaje que se envía es devastador: el poder puede amedrentar sin costo. Sin consecuencias.
La amenaza, provenga de quien provenga -y más aún si procede de un actor vinculado al gobierno-, no es un exabrupto anecdótico. Es un acto que erosiona las garantías mínimas del ejercicio democrático. El periodismo crítico, incómodo y fiscalizador es, por definición, una piedra en el zapato de cualquier poder. Cuando ese poder responde con intimidaciones y callamos, se normaliza la coacción como herramienta política.
Despropósito que, si se permite, escalará desde la legitimación de la violencia simbólica; porque lo que hoy es una amenaza, mañana será una campaña sistemática de descrédito; pasado mañana, la agresión física y; después, lo que hemos visto. México carga ya con una dolorosa estadística de periodistas asesinados, la mayoría sin culpables. La omisión pública frente a una amenaza explícita no sólo deja solo al periodista en cuestión, sino que instala la idea de que la crítica tiene precio y que ese precio puede cobrarse con miedo desde la impunidad.
Lo que seguirá es el enfriamiento del debate público. Si el comunicador más mediático puede ser amenazado ¿qué queda para los reporteros locales, para los columnistas regionales, para los editores de pequeños portales digitales? El silencio de los grandes medios y de los gremios nacionales envía una señal de desprotección a las periferias informativas. Se gesta así la autocensura preventiva: mejor no publicar, no investigar, no incomodar, no hablar, no escribir. Cuando el periodismo se repliega, el ciudadano pierde su principal herramienta de vigilancia.
Moralmente cuando una sociedad no reacciona ante la intimidación termina debilitando su propia capacidad de indignación y normalizando el abuso autoritario, erosionando, de paso, la solidaridad que debería unir a quienes creen en la libertad de expresión más allá de antipatías ideológicas, intereses o egos personales. No se defiende a una persona por coincidir con ella; se defiende el principio que garantiza que todos podamos hablar sin temor.
En dicho contexto resulta significativo que el capítulo Colima de un gremio periodístico nacional, como lo es el Club Primera Plana, con fecha del pasado 28 de febrero, haya alzado la voz, expresando solidaridad y exigiendo respeto al periodista y al ejercicio de todos los profesionales de la comunicación. Pronunciamiento que, aunque local, tiene una dimensión ética mayor: recuerda que la defensa de la libertad de prensa no es opcional ni selectiva; es un compromiso transversal sin distinción de simpatías políticas.
Porque claro está que el mutismo tiene efectos acumulativos; puesto que cuando se normaliza que un político, del partido que sea y aun desde su indignidad, como es el caso, amenace, se allana el terreno para que otros lo hagan y si callamos, el agresor lo interpretará como la aprobación tácita a su embestida. Y, peor aún, cuando los periodistas no nos respaldamos entre nosotros, se fractura el último dique frente al autoritarismo discursivo y efectivo.
En última instancia, la consecuencia más grave es la pérdida de la confianza pública. Si el ciudadano ve que el periodismo no se defiende a sí mismo, dudará de su calidad para defender la verdad. El verdadero peligro es que la democracia se desgaste no por un golpe abrupto, sino por la suma de los silencios. Defender a un periodista amenazado no es solo un gesto corporativo, es un acto de congruencia. La voz que se intenta acallar es apenas un símbolo. Lo que está en disputa es el derecho a estar informados sin que el miedo dicte la opinión. Ante eso, la omisión y el silencio no son opción ni neutrales: son cómplices.



















