APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI
En la política internacional hay una constante: quienes deciden las guerras casi nunca son quienes las pelean. Que esperanzas de que fuera como en el pasado distante. Reyes o emperadores al frente de la batalla, y sus hijos herederos peleando la guerra del padre.
Ahora la lógica es mucho más cómoda: los presidentes firman órdenes. Los generales trazan las estrategias. Los empresarios venden armamento. Y los Medios del país que inició el conflicto, convierten el conflicto en narrativa heroica.
Pero al final, quien pisa el lodo son jóvenes hijos de otros e incluso con una idea bastante vaga del país en el que está combatiendo.
Por eso ha resultado tan provocadora —y al mismo tiempo tan reveladora— una campaña que se ha viralizado en Estados Unidos. Bajo el hashtag #SendBarron, algunos activistas y creadores satíricos han planteado una pregunta incómoda: si la guerra es tan necesaria, ¿por qué no empezar enviando al frente al hijo del presidente?
La iniciativa, impulsada por el guionista y comediante Toby Morton, ha generado indignación entre sectores conservadores. Muchos consideran que es una línea que no debería cruzarse: involucrar a la familia de un mandatario.
Pero esa reacción abre un debate interesante. Porque para quienes aplauden intervenciones militares, el envío de miles de jóvenes a zonas de guerra suele presentarse como una decisión estratégica, casi inevitable. Una medida necesaria para defender valores, intereses o seguridad nacional. Aunque en el caso de Estados Unidos el patrón es uno, beneficios económicos y dominio territorial.
Pero la sensibilidad aparece cuando el riesgo se acerca demasiado al poder. Y ahí surge la pregunta incómoda: si la guerra es tan legítima, ¿por qué el sacrificio siempre lo hacen los hijos de otros?
La historia del propio Donald Trump alimenta ese cuestionamiento. Durante la guerra de Vietnam, el entonces joven empresario evitó el servicio militar gracias a un diagnóstico de espolones óseos en los pies. Años después, familiares del médico que emitió el dictamen reconocieron al New York Times que el certificado fue, en realidad, un favor al padre de Trump, el magnate Fred Trump.
Nada especialmente raro en la historia de las élites. Las guerras, al final, tienen una lógica muy clara: los poderosos las declaran, los sistemas económicos las sostienen y las sociedades las pagan.
En cada conflicto se repite la misma escena. Un líder habla de patriotismo, de defensa de la libertad o de amenazas existenciales. Detrás del discurso aparece un joven soldado que probablemente nunca había escuchado el nombre del país al que ahora debe ir.
No conoce su historia. No entiende su idioma. Pero sabe que lo mandan a matar. Esa distancia entre la decisión política y el costo humano es el verdadero problema de las guerras modernas.
Mientras esa brecha exista, siempre será más fácil hablar de batallas desde un despacho que desde una trinchera. Y por eso la pregunta incómoda seguirá regresando, cada vez que algún líder suene demasiado entusiasmado con la idea de una nueva guerra. Si la guerra es tan necesaria… ¿por qué Trump no empieza por su casa?
American users, by trending the hashtag #SendBarron, asked Trump to send his son to the West Asia to die for the Israelis. pic.twitter.com/1d0636tLO7
— Sprinter Press (@SprinterPress) March 2, 2026




















