No eran iguales; resultaron peores

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Durante años, la ‘cuarta transformación’ se ha vendido como un punto de quiebre entre los gobiernos buenos y malos. No somos iguales, repitieron hasta el cansancio. No robamos, no mentimos, no traicionamos. El problema no es la consigna; el problema es que la realidad terminó por desmentirla con una contundencia brutal.
Hoy, a más de siete años del arranque del proyecto, la 4T no solo se parece a los gobiernos que juró combatir: en muchos aspectos los ha superado. En opacidad, en cinismo, en abuso del poder y, sobre todo, en la construcción de una doble moral que se cae a pedazos frente a los hechos.

La lista es interminable. Casos de corrupción documentados, vínculos incómodos con el crimen organizado, contratos inflados, obras faraónicas sin rendición de cuentas, acuerdos en lo oscurito, uso del poder para enriquecerse y una nueva élite política que vive como aquello que decía despreciar. Hijos y familiares del expresidente, amigos y correligionarios de morenistas de los tres niveles, convertidos en empresarios exitosos al amparo del poder. Millones de pesos fluyendo mientras el discurso sigue con la bandera de pobreza franciscana.

Pero la corrupción no solo habita en los grandes escándalos. También se expresa en los detalles, en los símbolos, en los excesos pequeños que retratan con precisión quirúrgica lo que el régimen se ha convertido.

Ahí está el recien descubierto salón de belleza oculto dentro del Senado de la República. No es una metáfora. Es literal. Un espacio sin señalización, oculto, operando en horario laboral, con sillones, espejos, maquillaje profesional y tintes pagados con recursos públicos para el arreglo personal de senadores. Un privilegio que no tiene justificación alguna en un país donde millones sobreviven al día. La austeridad terminó convertida en maquillaje… financiado por el erario.

Pero si eso no fuera suficiente, lo ocurrido apenas ayer terminó por derramar el vaso de la indignación.

Previo a la ceremonia por el 109 aniversario de la Constitución, un video mostró a dos colaboradores de la Suprema Corte de Justicia de la Nación arrodillados, limpiando los zapatos de Hugo Aguilar Ortiz, ministro presidente de la Corte. Y él ni se inmutó, parecía bastante cómodo con la sumisión de sus subalternos. Una escena que parece sacada de un régimen monárquico o de un virreinato tardío, no de una república que se dice moderna y democrática.

Aguilar Ortiz se ha ostentado como presidente de la nueva Corte y representante de los pueblos originarios, alejado de los privilegios, como un hombre sencillo, humilde, cercano al pueblo. Pero ese video lo retrata de cuerpo entero. El poder desnudo, cómodo con la sumisión, naturalizando la humillación ajena como parte del protocolo.

A eso se suma la decisión —solo revertida por la presión pública— de comprar camionetas nuevas y blindadas de más de tres millones de pesos para cada ministro. Aunque dieron marcha atrás, el daño ya estaba hecho. El reflejo fue automático: privilegio primero, discurso después.

La 4T prometió acabar con los excesos del poder y terminó institucionalizándolos, solo que ahora envueltos en un relato moralista. Se criticó al pasado por lujos, pero hoy los normalizan y protegen con aparente superioridad moral. Se acusó a otros de vivir como reyes, pero hoy se limpian zapatos en la Corte. Se habló de cercanía con el pueblo, pero se gobierna desde una burbuja cada vez más desconectada de la realidad.

Por eso, cada vez más mexicanos llegan a la misma conclusión incómoda: no eran iguales, resultaron peores, porque además de reproducir los vicios del viejo régimen, lo hicieron con la bandera de la virtud en la mano y la superioridad moral en la boca.

La ‘cuarta transformación’ prometida terminó siendo un cambio de discurso, no de prácticas. La 4T se disfraza de moral para justificar sus abusos por eso el daño es más severo. Porque ya no solo se beneficia y negocia con sus influencias y recursos públicos: roba la confianza, la dignidad y la esperanza. Y eso, en política, con el paso del tiempo, es imperdonable.