APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI
Este miércoles 1 de abril de 2026, mi nombre y el de 5 millones 647 mil 889 humanos viajarán hacia la Luna, dentro de una tarjeta micro SD, que fue colocada en el interior de ‘Rise’.
No fue idea mía. Ni siquiera lo sabía. Fue una de esas sorpresas que parecen pequeñas pero terminan moviéndote algo por dentro. —Mañana parte la misión Orión a la Luna y tu nombre va en la nave… si te raptan los extraterrestres ya sabes por qué— me dijo mi chica entre risas y complicidad.
Y ahí mi cabeza entró en una espiral fabulosa. ¡Me encanta el espacio!.
La misión Artemis II abrirá su ventana de lanzamiento este miércoles a las 14:45 horas (tiempo del Centro de México), cuando cuatro astronautas aborden la nave espacial Orión para una travesía de 10 días alrededor de la Luna. Esta iniciativa, parte de la campaña «Send Your Name with Artemis»
Y de pronto entendí que, sin haber hecho nada extraordinario, una parte de mí —mi nombre, que es lo más cercano que tenemos a la idea de existir— iba a salir del planeta.
No mi cuerpo. No mis errores. No mis triunfos, No mis contradicciones. Solo mi nombre.
Han pasado 54 años desde la última vez que un ser humano orbitó la Luna en una misión tripulada. Desde 1972, el satélite se volvió paisaje distante, postal repetida, mito reciclado. Y ahora, con NASA empujando de nuevo la frontera, la nave Orion despegará con cuatro astronautas… y millones de nombres.
Entre ellos, el mío.
Entre ellos, el de alguien que quizá nunca salió de su ciudad.
Entre ellos, el de alguien que ya no está.
Hay algo profundamente humano en esa decisión: enviar nombres. No cuerpos, no voces, no historias completas. Solo nombres. Como si en esa mínima unidad simbólica cupiera todo lo que somos.
Y sin embargo, también hay algo significativo en todo esto. Porque ahora, en nuestro mundo donde todo se digitaliza, donde la identidad cabe en una base de datos, donde la memoria se respalda en la nube… ahora también cabemos en una micro SD rumbo a la Luna.
La misión Artemis II no solo probará sistemas de vuelo en el espacio profundo. También probará algo más sutil: nuestra necesidad de trascender, aunque sea de forma simbólica. Porque para existir vasta ser nombrado, o como dice el dicho: mientras alguien nos recuerde no morimos.
Hoy es un nombre en una tarjeta. Mañana podrían ser archivos completos de vida. Pasado mañana, quién sabe.
Imaginemos por un momento el año 2100.
La Tierra más saturada, más vigilada, más fragmentada. Colonias humanas en órbita, estaciones permanentes en la Luna, quizá los primeros asentamientos en Marte. Y en algún archivo olvidado —en un museo, en un servidor, en una bóveda digital— una pequeña tarjeta con millones de nombres del año 2026.
Nombres de gente que creyó que eso era suficiente para permanecer.
¿Lo será?
El momento que vivimos en el 2026 es inquietante: nunca había sido tan fácil ‘dejar huella’ y nunca había sido tan difícil ser recordado. La sobreabundancia de registros diluye la memoria. La eternidad digital no garantiza significado.
En 74 años, cuando alguien —si es que alguien— revise esa micro SD, no verá nuestras historias. No sabrá quiénes fuimos, qué pensamos, a quién amamos, qué perdimos. Verá solo cadenas de caracteres. Identidades comprimidas.
Y sin embargo, ahí estaremos.
Flotando entre la Tierra y la Luna, como una cápsula de lo que fuimos en este momento exacto de la historia: una civilización que mira al cielo mientras se debate en sus propias contradicciones mundanas. Que envía nombres al espacio mientras lucha por darle sentido a la vida en la Tierra.
Tal vez de eso se trate. No de conquistar la Luna, sino de intentar no desaparecer del todo. En el fondo, esa micro SD no es tecnología. Es un gesto. Una declaración silenciosa: ‘estuvimos aquí’.
Y quizá, dentro de 74 años, cuando alguien pronuncie uno de esos nombres —aunque no sepa a quién pertenece— habrá cumplido su propósito. Ser – al menos por un instante- recordado.

Este miércoles la humanidad regresa a la Luna: NASA alista el histórico lanzamiento de Artemis II


















