Los imperios también caen por arrogancia

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

La historia tiene una lección que los imperios rara vez quieren escuchar: el poder absoluto suele producir la peor forma de debilidad. La arrogancia. Y Donald Trump y Benjamin Netanyahu son hoy un ejemplo vivo de esa arrogancia.

Trump y Netanyahu se sienten superiores: en raza, en economía y hasta como dueños del mundo, y no tienen empacho en decirlo a los cuatro vientos. Lo mismo secuestran al presidente de Venezuela, ordenan asesinatos selectivos de líderes en Medio Oriente o amenazan con robarse territorios como Groenlandia y la Patagonia argentina.

Para muestra, un botón. Donald Trump no dudó en expresar su enojo por el fallo de la Corte Suprema que declaró ilegales sus aranceles globales. Su reacción fue reveladora:

“Puedo destruir el comercio, puedo destruir un país. Incluso se me permite imponer un embargo devastador a un país extranjero. Puedo hacer lo que quiera… pero no puedo cobrar un dólar”.

La frase resume una mentalidad imperial: el mundo como tablero y los países como piezas.

Pero la historia muestra algo distinto. Los imperios no suelen caer cuando están débiles.
Caen cuando están convencidos de que nadie puede derrotarlos.

La antigua Grecia lo aprendió tarde. Atenas, en la cúspide de su poder durante la Guerra del Peloponeso, estaba convencida de que su superioridad naval y económica bastaba para dominar el mundo helénico. Esa confianza terminó en desgaste, fractura interna y una derrota que cambió el equilibrio del Mediterráneo.

Roma dominó durante siglos desde Britania hasta Oriente Medio. Sus legiones parecían invencibles. Pero con el tiempo el imperio dejó de ver a los pueblos de las fronteras como amenazas reales. Los llamaban bárbaros: pueblos atrasados, sin organización, sin poder.

Fueron precisamente esos pueblos —godos, vándalos y hunos— los que terminaron entrando en Roma.

En Asia ocurrió algo parecido. Dinastías chinas que gobernaron territorios inmensos durante siglos terminaron cayendo ante pueblos fronterizos con menos recursos, pero con mayor capacidad de adaptación. Los imperios tenían riqueza y ciudades monumentales. Los invasores tenían algo más difícil de combatir: hambre y determinación.

En Mesoamérica también se repitió el patrón. Imperios poderosos, con sistemas políticos complejos y ejércitos disciplinados, terminaron siendo derrotados por coaliciones de pueblos que durante décadas habían sido marginados o sometidos.

La constante histórica es brutalmente clara. Los recursos generan comodidad. La comodidad genera arrogancia. Y la arrogancia genera ceguera.

Cuando un imperio llega a ese punto, deja de entender el terreno político y cultural que lo rodea. Hoy, en el tablero geopolítico, Irán parece haber aprendido una lección que otros ignoraron: cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar.

Irán vió lo que hicieron con Irak y después en Afganistán, sabían que ellos eran los siguientes y la última resistencia para que el sionismo colonialista de Estados Unidos e Israel se apoderara de Medio Oriente. Y los persas se prepararon para el ataque, respondieron de manera proporcional y han demostrado que Israel aún con el apoyo del imperio estadounidense puede ser destruído.

Las guerras del siglo XXI han demostrado algo diferente a lo que suelen creer los imperios: los conflictos prolongados rara vez destruyen al adversario más débil; lo radicalizan, lo endurecen y lo convierten en un enemigo que aprende a sobrevivir.

El problema para Estados Unidos e Israel —que se perciben a sí mismos como invencibles y moralmente superiores— es que ni siquiera han advertido que los costos económicos y humanos de estas aventuras militares ya generan un profundo desgaste dentro de su propia sociedad.

Trump y Netanyahu confunden poder con legitimidad. Superioridad militar con estabilidad. Y miedo con respeto.

Esa lógica no pertenece sólo al pasado. Las potencias contemporáneas siguen operando bajo la misma ilusión: que la superioridad tecnológica y militar garantiza la victoria.

Hoy el tablero internacional vuelve a tensarse en Medio Oriente, con Estados Unidos e Israel convencidos de que la presión militar puede rediseñar el equilibrio regional a su favor frente a Irán.

Tal vez puedan hacerlo. Los imperios siempre creen que pueden hacerlo. El problema es que la historia está llena de potencias que pensaban exactamente lo mismo… justo antes de comenzar su declive.

La historia es clara. Pero el soberbio y el necio rara vez escuchan. Porque los imperios casi nunca son derrotados por quienes les temen. Terminan cayendo ante aquellos a quienes subestimaron y despreciaron.