PARA PENSAR
Por: Carlos M. HERNÁNDEZ SUÁREZ
López Obrador entendía razonablemente el sector petrolero. Todo lo demás —agricultura, electricidad, medio ambiente, ciencia, nuevas tecnologías— lo dejó en manos de terceros. El problema no fue delegar; el problema fue a quién delegó.
Un grupo de asesores le vendió, durante años, una política pública basada en el miedo: no al fracking, no a los transgénicos, no a cualquier innovación que implicara incertidumbre. Así se gobierna mal: sustituyendo evidencia por prejuicio.
Hoy ese grupo ha perdido influencia y la presidenta parece menos dispuesta a comprar certezas fáciles. La apertura al fracking para gas, justificada en “nuevas tecnologías”, es una señal de cambio. Si la lógica se sostiene, los transgénicos no tardarán en regresar a la discusión. Y qué bueno.
El costo de las malas asesorías ya lo pagamos. En Colima se intentó instalar una planta de fertilizantes. Bastó una llamada: un diputado local activó a antiguos profesores —algunos cercanos al círculo presidencial— y el proyecto murió sin debate público. Así funciona el poder cuando se esconde detrás de intermediarios: nadie decide, pero todo se cancela.
Consecuencia: en un contexto de guerra en Medio Oriente, con fertilizantes cada vez más caros, Colima dejó pasar una oportunidad estratégica. Ahora dependerá de lo que sobre después de que los grandes —Sinaloa, Sonora, Veracruz, Jalisco, Guanajuato, Michoacán, Chihuahua— aseguren su abasto. Veremos pasar contenedores por una carretera inconclusa, rumbo a otros destinos. No es para nosotros.
El patrón se repite: cuando el asesor quiere lucirse, simplifica la realidad hasta volverla mentira. AMLO no es —ni era— ingenuo; pero cuando afirma que no se tirará “un solo árbol” para el Tren Maya, queda claro que alguien le filtró una versión conveniente de los hechos. La vieja escena porfirista, cuando supuestamente el presidente preguntaba la hora —“las que usted diga, señor presidente”—, se repite.
Hoy el espejismo se llama Olinia. Se nos promete un auto eléctrico mexicano como símbolo de modernidad. Se producirán algunos, sí, pero eso no resuelve lo esencial: seguridad certificada, eficiencia, costos, escala. Fabricar un prototipo no es lo difícil; lo difícil es cumplir estándares internacionales y competir en el mercado.
¿Será accesible? Difícil, si hay que pagar patentes en sistemas críticos. ¿Será funcional en condiciones reales? Está por verse. ¿Será deseado por el consumidor? Menos aún. En el mejor escenario, será un ensamblaje nacional con baja demanda. En el peor, otro anuncio que envejece rápido.
Gobernar implica elegir bien a quienes te dicen lo que no quieres oír. Colocar gente de confianza es comprensible; rodearse de complacientes es un lujo que el país no puede pagar.
Porque el problema nunca ha sido la falta de talento. Ha sido —y sigue siendo— la falta de verdad alrededor del poder.

















