ARCA
Por: Juan Carlos RECINOS
Cada época fabrica el Frankenstein que puede soportar. A veces lo necesita brutal, otras veces ridículo, casi siempre incomprendido. El cine, durante décadas, prefirió reducirlo a un cuerpo desobediente: un amasijo de carne torpe que encarna el miedo a la ciencia fuera de control. Pero esa imagen, tan repetida que ya parece natural, es una simplificación cómoda. La criatura de Frankenstein no nació para asustar: nació para preguntar.
La adaptación de Guillermo del Toro se inscribe precisamente en ese gesto interrogativo. No busca reanimar un monstruo, sino devolverle la capacidad de sentir, pensar y recordar. Su interés no está en el estallido del horror, sino en la herida que lo precede. En ese sentido, su película no revive un cadáver cultural, sino que desentierra una pregunta antigua: ¿qué ocurre cuando alguien es traído al mundo sin ser deseado?
Mary Shelley escribió Frankenstein desde una intuición devastadora: la vida no basta para ser humano. El error de Victor Frankenstein no es crear a la criatura, sino abandonarla. El crimen no es científico, sino moral. A partir de ahí, todo lo que sigue —el resentimiento, la violencia, la venganza— es consecuencia de una soledad radical. El verdadero terror de la novela no está en los cuerpos desgarrados, sino en la experiencia de no ser mirado con amor por quien te dio origen. El cine, sin embargo, ha preferido durante mucho tiempo ignorar esa incomodidad. Resulta más sencillo convertir a la criatura en una amenaza externa que asumirla como un espejo. Un monstruo que piensa y sufre obliga al espectador a hacerse responsable; uno que solo destruye permite la distancia. Por eso tantas versiones la han vuelto muda, estúpida o puramente agresiva. La deshumanización ha sido una estrategia narrativa.
Del Toro opera en sentido inverso. Su Frankenstein no irrumpe como una catástrofe, sino como una presencia melancólica. No es un cuerpo que invade el mundo, sino un ser que intenta aprenderlo. Hay en su mirada una torpeza afectiva, una lentitud emocional que no proviene de la incapacidad, sino de la falta de experiencia. Es una criatura que no entiende por qué duele existir. Esta elección transforma por completo el género. La película deja de ser una historia de horror para convertirse en una tragedia íntima. El laboratorio pierde centralidad; lo esencial ocurre después, cuando la criatura debe enfrentarse a la indiferencia, al rechazo, a la imposibilidad de pertenecer. El conflicto ya no es entre naturaleza y ciencia, sino entre creación y responsabilidad.
En este Frankenstein, la violencia no aparece como espectáculo, sino como fracaso. Cada estallido es el resultado de una enseñanza ausente. Cada herida es la prueba de que nadie mostró el camino. Del Toro no justifica a la criatura, pero tampoco la condena: la observa. Y en esa observación hay compasión, no condescendencia. Quizá por eso esta versión incomoda a quienes esperan sobresaltos y sangre. Lo que ofrece es algo más perturbador: la imagen de un ser que podría haber sido distinto.
Un cuerpo que, de haber recibido cuidado, habría aprendido a amar sin destruir. No hay nada más inquietante que esa posibilidad. Frankenstein ha sobrevivido porque no habla del pasado, sino del origen. Regresa una y otra vez porque seguimos preguntándonos qué significa traer a alguien al mundo, qué deuda implica crear, qué ocurre cuando esa deuda se ignora. Cada adaptación es un intento —a veces torpe, a veces lúcido— de responder a esas preguntas.
La versión de Guillermo del Toro no clausura el mito. Lo reabre. Nos recuerda que la criatura no es el error, sino la consecuencia. Que el verdadero monstruo no camina torpemente entre sombras, sino que abandona, huye y calla. Y que mientras sigamos creando sin hacernos cargo, Frankenstein seguirá levantándose, no como amenaza, sino como reproche. Toda criatura hereda algo de quien la nombra. En Frankenstein, la herencia no es un legado, sino una ausencia. Victor Frankenstein no transmite valores, lenguaje ni afecto; transmite silencio. Y el silencio, cuando se impone desde el origen, se convierte en una forma de violencia. La criatura aprende el mundo a partir de lo que no recibe: no hay guía, no hay consuelo, no hay reconocimiento. Solo un cuerpo vivo enfrentado a una intemperie moral.
Guillermo del Toro comprende que ese vacío resulta más devastador que cualquier exceso científico. Por eso desplaza el eje del relato: no le interesa tanto el instante fulgurante de la creación como la duración prolongada del abandono. El drama no sucede en el laboratorio iluminado por relámpagos, sino en el tiempo posterior, cuando nadie enseña a vivir. Es ahí donde la criatura se forma, no como monstruo, sino como consecuencia. La película insiste en una verdad incómoda: nadie nace monstruo. La monstruosidad es un aprendizaje impuesto. Surge cuando el rechazo se vuelve norma y la humillación, lenguaje. La criatura observa, espera, imita. Aprende el dolor antes que la palabra. Aprende la violencia como último recurso, no como vocación. Ese aprendizaje —lento, corrosivo— es el que tantas versiones cinematográficas han preferido borrar.
Frente a la lectura clásica de Frankenstein como advertencia contra la soberbia científica, Del Toro propone una ética de la responsabilidad. Crear no es un acto de poder, sino una deuda que no prescribe. Victor fracasa no por ir demasiado lejos, sino por retirarse demasiado pronto. La criatura no le exige grandeza; le exige presencia. Y al no recibirla, queda condenada a inventarse a sí misma en condiciones radicalmente hostiles.
En ese punto, el mito deja de ser una fábula sobre el progreso y se revela como una tragedia familiar. El laboratorio es apenas el umbral; el verdadero conflicto ocurre en el vínculo roto. La criatura no desea arrasar el mundo: busca una respuesta. Pero cuando la respuesta no llega, el lenguaje se agota y solo queda el gesto irreversible. Del Toro filma esa deriva con una melancolía contenida. No hay celebración de la violencia ni catarsis en el castigo. Cada enfrentamiento parece una conversación fallida, un diálogo que ocurre cuando ya es demasiado tarde. La criatura no busca venganza: busca ser reconocida. Y al no lograrlo, la herida se vuelve definitiva.
No es casual que la película evoque el verso de Lord Byron: “y así, el corazón se romperá, pero vivirá roto”. Esa línea condensa el destino de la criatura. No muere cuando es abandonada; sobrevive, pero dañada. Continúa existiendo en un estado de fractura permanente, donde cada intento de acercamiento lleva inscrita la memoria del rechazo. Quizá por eso esta versión incomoda. Porque ya no permite desplazar la culpa hacia el cuerpo diferente. Obliga a mirar el gesto original de renuncia. El horror ya no reside en la criatura que camina torpemente entre sombras, sino en quien crea y se retira, en quien engendra y calla.
Frankenstein persiste porque nombra una herida que no cicatriza: la de traer vida al mundo sin asumirla. Cada época vuelve al mito porque sigue repitiendo ese error. Del Toro no clausura la historia; la vuelve más nítida. Nos recuerda que toda criatura abandonada devuelve al mundo la forma exacta en que fue recibida. Y en esa devolución —desmedida, trágica, a veces insoportable— no hay maldad esencial. Hay memoria. Hay un corazón que, aunque roto, sigue viviendo.
Al final, Frankenstein no trata sobre una criatura que se vuelve violenta, sino sobre una sociedad que se niega a mirarse en el espejo que ha creado. La figura cosida y errante no es una anomalía: es un síntoma. Camina torpemente porque fue arrojada al mundo sin lenguaje; hiere porque nadie le enseñó a tocar sin destruir. No irrumpe como una fuerza ajena, sino como el residuo inevitable de una responsabilidad negada.
Y ese resultado se repite una y otra vez, no solo en la ficción, sino en el mundo real: hijos desechados, cuerpos expulsados, vidas consideradas errores corregibles. Por eso Frankenstein no envejece. Porque no habla del pasado, sino de una estructura que persiste. Cada vez que alguien es producido —biológica, política o simbólicamente— y luego abandonado, la criatura vuelve a levantarse. No con pernos en el cuello, sino con hambre, rabia y memoria. Cambia de forma, de época, de nombre, pero conserva la misma herida original.
Del Toro no ofrece redención. No hay reconciliación posible cuando el daño ya ha sido inscrito en la carne. La criatura no se salva porque el mundo que la recibe no sabe cómo salvar a nadie. Su destino no es el perdón, sino la permanencia incómoda. Seguir existiendo como recordatorio. El mito culmina donde más duele: no hay cierre, solo repetición. El monstruo no muere; se desplaza. Cada vez que creemos haberlo destruido, reaparece bajo otra figura. No porque sea inmortal, sino porque seguimos fabricándolo. Y mientras insistamos en crear sin asumir las consecuencias, el relato continuará escribiéndose con sangre ajena.
La lección de Frankenstein no es una advertencia tecnológica, sino una acusación moral. No pregunta hasta dónde puede llegar la ciencia, sino hasta dónde llega nuestra indiferencia. La criatura no exige amor universal; exige responsabilidad mínima. Y ni siquiera eso le fue concedido. Al final, el error no fue animar la materia muerta. El error fue negar lo vivo. El verdadero monstruo no es el cuerpo cosido que deambula en la noche, sino la mano que lo suelta y se retira, convencida de que ya no le pertenece. Víctor Frankenstein no creó un ser imposible. Creó un abandono perfecto. Y ese abandono —cuando se vuelve sistema, costumbre, normalidad— es lo único verdaderamente monstruoso.





















