La pregunta de Sócrates, el método de Platón y el periodismo

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Hay momentos en la historia en los que una sociedad parece olvidar que antes de cualquier respuesta existe una pregunta. Quizá por eso vuelvo, con cierta frecuencia, a Sócrates.

Han pasado casi 2 mil 500 años desde que Sócrates caminaba y enseñaba por las calles de Atenas y, sin escribir un solo libro, dejó una de las formas más poderosas de pensamiento que conocemos. No enseñaba como enseñan los maestros. No tenía una escuela en el sentido en que hoy entendemos una escuela. No cobraba por sus conversaciones. Caminaba descalzo por el Ágora, se detenía frente a alguien y preguntaba.

¿Qué es la justicia?
¿Qué es la virtud?
¿Qué significa saber?

Y cuando alguien respondía, volvía a preguntar. No porque quisiera humillarlo, sino porque sospechaba que muchas de las certezas sobre las que construimos nuestra vida son apenas ideas que nunca nos hemos detenido a examinar.

Tal vez ahí está la verdadera herencia de Sócrates: haber entendido que la duda no es lo contrario del conocimiento, sino su principio.

Platón tenía alrededor de 28 años cuando su maestro fue condenado a muerte. Pertenecía a una de las familias más importantes de Atenas. Había sido educado para la vida pública y, probablemente, para ocupar algún día un lugar dentro de la política de aquella ciudad que se consideraba a sí misma como uno de los grandes experimentos de la civilización.

Pero entonces conoció a Sócrates. Y descubrió algo que su educación no le había dado. Descubrió un método. La pregunta como herramienta. La duda como punto de partida. La contradicción como una forma de acercarse al conocimiento.

Y quizá, sobre todo, descubrió una idea que terminaría atravesando buena parte de su pensamiento: encontró en Sócrates a alguien que parecía buscar la verdad porque importaba. No porque fuera útil, no porque llevara al poder, sino porque el mundo era mejor si la verdad se buscaba. No porque fuera conveniente.

Eso debió resultar profundamente perturbador para Atenas. Porque el poder que controla a una sociedad puede tolerar muchas cosas, pero pocas veces tolera con facilidad a quien comienza a preguntar por las razones de aquello que todos han decidido aceptar.

Sócrates fue condenado en el año 399 antes de Cristo. Le dieron a beber cicuta. Y Platón contempló cómo la ciudad que había prometido representar la razón podía utilizar su propio poder para destruir a un hombre cuyo principal delito había sido preguntar. Fue entonces que Platón se encontró con una realidad, que, si el poder puede matar a la sabiduría con total impunidad, entonces el poder nunca debe quedar en manos de quien no entiende qué es la sabiduría.

No sé si Platón salió aquella noche de Atenas con una respuesta. Sospecho que salió más con muchas preguntas. Y quizás una de ellas terminó siendo mucho más importante.

¿Qué ocurre con una sociedad cuando el poder puede convertir la pregunta y la verdad en una amenaza?

Desde entonces han pasado imperios, guerras, revoluciones, democracias, dictaduras y nuevas democracias. Hemos inventado la imprenta, la radio, la televisión, internet y las redes sociales. Hemos cambiado la forma de comunicarnos, pero no hemos resuelto aquella vieja tensión entre la verdad y el poder.

Tal vez porque esa tensión no puede resolverse. El poder necesita legitimarse. La verdad, en cambio, no necesita agradar.

Por eso el periodismo ha tenido siempre una relación incómoda con quienes gobiernan. No porque los periodistas seamos mejores que los políticos. Ni porque tengamos un acceso privilegiado a la verdad.

Sino porque nuestro trabajo consiste, en buena medida, en hacer aquello que Sócrates convirtió en una forma de vida: preguntar.

Preguntar qué ocurrió.
Preguntar por qué ocurrió.
Preguntar quién se beneficia.
Preguntar quién está pagando el costo.
Preguntar dónde están los documentos.
Preguntar por qué una promesa no se cumplió.
Preguntar qué hay detrás de una versión oficial.
Preguntar quién está financiando qué y de dónde salió.

Y, algunas veces, hacer una pregunta cuya respuesta nadie quiere escuchar. Ese es el punto en el que mi oficio se encuentra con Sócrates. No en las respuestas. En la duda.

A lo largo de mi carrera periodística he aprendido que el periodismo comienza, muchas veces, cuando uno deja de aceptar una respuesta como suficiente. Una versión oficial puede ser cierta. Pero también puede no serlo.

Un discurso puede ser convincente. Pero eso no lo convierte en verdadero. Una mayoría puede tener razón. Pero una mayoría también puede equivocarse. El poder puede tener legitimidad. Pero la legitimidad no lo vuelve honesto ni verdadero.

Por eso preguntar es un acto mucho más profundo de lo que parece. Una pregunta abre una grieta en la certeza. Y por esa grieta puede entrar la verdad.

Quizá por eso me preocupa tanto el momento que estamos viviendo en México.

No solamente por el actual debate alrededor de una nueva legislación sobre el derecho de las audiencias, sino por algo que está detrás de ese debate y que me parece mucho más importante: la posibilidad de que, bajo la apariencia de proteger derechos, terminemos construyendo un sistema en el que los medios tengan que medir no solamente lo que dicen, sino aquello que se atreven a preguntar.

Regular los medios puede ser necesario. Exigir responsabilidad a los periodistas puede ser legítimo. Proteger a las audiencias es, por supuesto, una obligación democrática.

Pero existe una frontera que no deberíamos cruzar. La que convierte la regulación en intimidación. La que transforma la responsabilidad en miedo. La que consigue que el periodista, antes de publicar, piense en la verdad y después piense en las consecuencias.

Porque la censura más eficiente no siempre necesita prohibir.

A veces solamente necesita convencerte de que es mejor preguntar o no decir. Y cuando eso ocurre, el poder ya no necesita cerrar un medio de comunicación. El periódico se cierra solo.

Ya no necesita retirar una pregunta. El periodista aprende a no formularla. Ya no necesita silenciar una investigación. La investigación simplemente deja de comenzar. Eso es lo verdaderamente peligroso de la autocensura: que puede presentarse como prudencia.

Uno puede incluso convencerse de que está actuando responsablemente. Quizá esa sea una de las grandes diferencias entre la censura visible y la censura moderna.

La primera impone silencio. La segunda consigue que el silencio parezca una decisión propia.

Y aquí es donde regreso nuevamente a Sócrates. No porque pretenda comparar la Atenas del siglo IV antes de Cristo con el México del siglo XXI. Sería absurdo hacerlo.

Las sociedades son distintas. Las instituciones son distintas. Los peligros son distintos.

Pero hay una pregunta que permanece intacta.

¿Puede existir una sociedad libre si sus ciudadanos dejan de preguntar?

Platón pasó buena parte de su vida intentando comprender cómo una ciudad que se decía racional había podido condenar a su maestro.

Quizá su gran descubrimiento fue que la democracia no garantiza por sí misma la verdad.

Una mayoría puede equivocarse. Una institución puede equivocarse. Un gobierno puede equivocarse. Un periodista puede equivocarse. Yo mismo puedo y me he equivocado.

Por eso necesitamos preguntas. Por eso necesitamos periodistas. Y por eso necesitamos una prensa capaz de equivocarse, corregir, explicar y volver a preguntar sin sentir que cada pregunta puede convertirse en una amenaza y le cueste la vida como a Sócrates.

No creo que el periodista tenga la obligación de tener siempre la razón. Creo que tiene la obligación de buscarla. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

La primera produce soberbia. La segunda exige humildad. Quizá por eso sigo creyendo que el periodismo, en su sentido más profundo, no es un oficio de respuestas sino de preguntas.

Las respuestas envejecen. Las preguntas permanecen. Una buena pregunta puede sobrevivir a un gobierno, a un partido político, a una generación.

Puede incluso sobrevivir a quien la formuló. Eso fue lo que ocurrió con Sócrates. Su cuerpo desapareció hace casi 2 mil 500 años. Pero yo sigo discutiendo sus preguntas. Y quizá ahí está su verdadera victoria del maestro de Platón. No consiguió que Atenas dejara de matarlo. Consiguió algo mucho más difícil: que el mundo no pudiera dejar de preguntar.

Por eso, cuando pienso en el periodismo que quiero ejercer, vuelvo a aquella escena. Un hombre caminando por el Ágora. Un hombre que no posee grandes riquezas ni cargos públicos. Un hombre que simplemente pregunta.

Y pienso que quizá nuestra responsabilidad como periodistas no sea distinta. Seguir preguntando. Incluso cuando incomoda. Incluso cuando la respuesta no conviene. Incluso cuando el poder preferiría que no lo hiciéramos.

Porque una democracia no se sostiene solamente con elecciones, instituciones o leyes. También necesita ciudadanos capaces de preguntar y periodistas capaces de llevar esas preguntas hasta dónde sea necesario.

Mientras podamos hacerlo, todavía habrá una posibilidad de que la verdad importe más que el poder. Y quizá esa sea, después de 2 mil 500 años, la lección que Sócrates todavía tiene para nosotros los periodistas. Que el día en que una sociedad deja de preguntar, es el día en que empieza a perder su libertad, porque para preguntar hay que pensar y para pensar hay que ser libres.