El pez sin el agua
Por: Rubén PÉREZ ANGUIANO*
Imaginemos que, en nuestro barrio, a unas cuantas casas de la nuestra, vive un bárbaro o, si les hace más gracia, un bribón o un pillo de los que abundan por aquí y por allá. Habita una casa que fue bonita.
La recibió de herencia de un tío, que se dice era tan barbaján como él y que murió no hace mucho. Este bárbaro, en cuanto se sintió el dueño de la casa la mancilló con sus manías de macho absolutista: golpea a su mujer, maleduca y maltrata a sus hijos, gruñe obscenidades por todo el vecindario, es brabucón con quien se deja y arruina de muchas formas la convivencia. Da hasta un poco de miedo, pero si se le deja en paz no hace gran cosa.
Este pequeño bárbaro es un caso perdido. No sólo lastima a su progenie y ofrece una vida miserable a los que habitan bajo su techo, también, para acabarla de amolar, es medio delincuente y corre el rumor que tiene alianzas con unas pandillas violentas que venden droga y se enriquecen de lo ajeno. Los vecinos lo toleran y algunos hasta lo ven con cierta simpatía, pues en ciertos momentos, cuando anda de buen humor o medio borracho, se pone a bailar con música estridente como si fuera un símil del Doctor Simi.
Este personaje, extraño y contradictorio, tiene otras extrañas manías que a veces pasan por gratas. Por ejemplo, adora la Navidad, decora con luces su casa y toda la calle meses antes de la temporada decembrina. Por si fuera poco, propaga a los cuatro vientos que en su barrio las fiestas duran todo el año y llega a las amenazas si alguien lo contradice.
Es también antimperialista, se las da de marxista y hasta se atreve a reinterpretar la historia, salpicándola de datos absurdos e inconexos que algún día escuchó por allí. También mastica un poco el inglés, que pronuncia de extrañas formas. Posee, en suma, una extraña combinación: aspira a la grandeza intelectual con una educación muy inferior a la baja y con lecturas casi nulas.
Pues bien, alguien que vive en la ilegalidad y que actúa como un patán con su propia familia, a pesar de sus rasgos de relativa simpatía, se ubica, necesariamente, en la zona de la barbarie. No es una persona que viva de forma honesta, no cuida de los suyos, no trabaja, no es responsable y tiene poco qué ofrecer para conseguir el respeto colectivo.
Hace un par de días, apenas comenzando el año, alguien poderoso que vive unas calles más allá, se cansó de este pillo y llegó en la noche por él, lo redujo a golpes y se lo llevó amarrado a su propio patio. Allí lo exhibe a la intemperie, como un mandril, quizás para mandar el mensaje del verdadero poder del barrio, para dejar claro quién es el que manda y para que las pandillas asociadas bajen sus ínfulas.
Muchos vecinos se sienten aliviados porque este pequeño bárbaro por fin encontró la horma de su zapato. Los más contentos, claro está, son los de su familia, que ya no tienen que padecerlo día tras día.
Sin embargo, unos vecinos y unas vecinas que durante años guardaron silencio frente a las atrocidades del pequeño bárbaro del barrio, quienes nunca dijeron nada cuando golpeaba a su mujer, maltrataba a sus hijos o vendía droga a los jóvenes de los alrededores, se sintieron indignados e indignadas por la intervención en los asuntos de esa familia. Entonces levantaron la voz, denunciaron la ilegal incursión del poderoso, recordaron que existen los derechos humanos y rescataron una vieja consigna: nadie tiene derecho a intervenir en la vida privada de los demás.
Estos indignados y estas indignadas hasta hicieron una manifestación pidiendo por la libertad del pequeño bárbaro, al que están convirtiendo en un símbolo de la no intervención en los asuntos familiares de cada quien.
Para ellas y ellos los problemas familiares se deben resolver al interior de las familias, sin ninguna intervención externa, sea legal o forzada, que provenga de alguien más poderoso.
Pero otras y otros vecinos, que eran testigos de todo lo que pasaba en esa casa, respiraron aliviados. Es cierto, les da un poco de pena ver al pequeño bárbaro amarrado en la banqueta del más poderoso del barrio, pero piensan que las cosas están un poco mejor así.
Por lo menos se acabaron los gritos destemplados, las golpizas a la familia, las ilegalidades nocturnas, los temores, las bravuconadas y los escándalos.
Algo es algo, dicen entre ellos.
Por lo pronto yo digo: ¡Feliz año nuevo!
*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 57 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.




















