LA MEMORIA DEL AGUA EN COLIMA
Por: Noé GUERRA PIMENTEL
Desde la toma de agua de los arroyos y el río, Colima con su zona conurbada surgió, ha vivido y se ha desarrollado aledaña a la vida que significa este líquido.
La arqueología nos indica que todos los pueblos que se asentaron en esta zona lo hicieron cercanos al río Colima, tal y como lo concibieron las antiquísimas civilizaciones fluviales, como la Mesopotámica, entre los ríos Tigris y Éufrates “cuna de la civilización occidental” con los sumerios, acadios, asirios y babilonios; igual que Egipto, que creció al largo del Nilo o la India, en el valle del Indo y China, frente al río Amarillo.
Así, con la vida que es el agua, nuestros ancestros pudieron forjar usos, costumbres y vidas a partir de ella. Primero, como primitivo método, aprovechando el declive de norte a sur, fue con el agua rodada a principios del siglo XIX, cuando aún sin acueductos, ni maquinas, simplemente por gravedad, descarriando su curso río arriba y, en el trayecto, sus arroyos a través de canales superficiales abiertos al filo de la banqueta oriente de la actual Filomeno Medina, para surtir una a una las ocho pilas-fuente enlazadas en fila para recibir el venero que las unía rebosantes con desfogue a la inclinación sur.
Cada pila tenía su propia presencia como origen e historia, aunque todas construidas con un mismo propósito: acercar el agua a los lejanos del centro y del cauce del río Colima, cuya avenida proveía a quienes habitaban en sus márgenes al poniente de la capital desde antes de los puentes y de las industrias que, desde la segunda mitad del siglo antepasado, con inversionistas principalmente europeos se empezaron a instalar en la playa izquierda, de norte a sur, para aprovechar su corriente, como las de Santa Bárbara, San Cayetano, La Armonía y la de La Atrevida, entre otras, de las que se conservan vestigios como testigos.
Cada pila tiene su origen y propia historia. La primera se construyó a mitad del XIX (Ahí Juárez recibió las llaves de la ciudad), ubicada afuera del atrio del templo de la Preciosa Sangre de Cristo y a la que, en declive, le continuaba la de los Patos, en el centro del jardín Núñez, demolida en 1934; luego, la del barrio de la Concordia, más alta y al centro del actual jardín (sitio donde boqueó el gobernador Santa Cruz); cerrando esta travesía la del parque Hidalgo, y de ahí hasta perderse en escurrimientos. También se recuerdan otras, como la pila del Mercado Madrid, al centro del inmueble y alimentada por con una derivadora del río Colima, igual que la del jardín de La Libertad, que estaba donde está el Kiosco; sin olvidar la de las 7 esquinas, cebada por el arroyo Manrique. Paradójicamente de todas, solo permanece la primera.
Hará 170 años este 2026, cuando la ciudad de Colima, esta fundación castellana de casi cinco centenarios y primigenia de las etnias que pasaron a lo largo de milenios, cuando se creó el primer sistema de suministro de agua entubada a domicilio, gracias a la instalación de la primera cañería de barro que, desplantada desde la caja de agua ubicada a media cuadra al norte del templo del Beaterio por la hoy calle Constitución, había mandado instalar el Prefecto Político, Manuel Alvarez, mediante toma del acueducto que, al margen del río Colima, bajaba paralelo de norte a sur por la calleja de San Cayetano (V. Carranza) aledaña a su propiedad. De esta manera fue él, quien, sin desplazar a los aguadores, se convirtió en el primer proveedor de agua entubada a domicilio.
El inicial beneficiario fue él mismo, considerando que era una sola tubería que le permitió llevar el servicio con unas cuantas pajas a sus casas; no obstante, la presión del agua permitía fácilmente ascender a los segundos pisos, como su casona de la de hoy 5 de mayo No. 36 de dos niveles y la de Manuel Alvarez Bravo No. 40 (Casa del Catrín) y de la que habitaba, en la esquina de V. Carranza-5 de mayo. Servicio que en 1862 se amplió a 10 tubos, cuyos primeros agraciados, previa compra perpetua a favor de las arcas del Gobierno del Estado, fueron las familias Arch, Sevilla, Ochoa, Schat y Solórzano. Hasta aquí esta historia pendiente de ampliar, sobre la memoria del agua en Colima.



















