LA BANDERA DESDE IGUALA

LA BANDERA DESDE IGUALA
Por: Noé GUERRA PIMENTEL

Fue el 31 de julio del 2002, cuando como presidente de la Asociación de Cronistas del Estado de Colima y oficial de Armería, previas gestiones de apoyo con viáticos para los asociados asistentes brindados por el titular del poder Ejecutivo de Colima, Fernando Moreno Peña, amanecimos en Iguala, Guerrero; aquella ocasión, representando a nuestra entidad, fuimos seis bardos: Abelardo Ahumada González por el de Colima, Antonio Magaña Tejeda por Cuauhtémoc, Víctor Santoyo Araiza por Manzanillo, Rafael Tortajada Rodríguez por Villa de Alvarez, Juan Delgado Barreda, como excronista de Villa de Alvarez y un servidor por mi municipio natal.

Dentro de los trabajos y antes de partir a Taxco y luego Acapulco, conocí la orgullosa versión que corre como parte de su historia local y que es la del origen del antecedente de lo que es nuestra principal representación, la bandera de México, la tricolor, como la conocemos y que en el 2008 el Diario español “20 Minutos”, revelara como “La Bandera más bonita del Mundo”. Cuya primigenia creación data del 24 de febrero de 1821, cuando el jefe realista Agustín de Iturbide, luego de la firma del Plan de Iguala, le encomendó al peluquero y sastre del pueblo (cuyo negocio se ubicaba dónde nos hospedamos, en el hotel Rivera, Madero No. 4) José Magdaleno Ocampo, la confección del manto de las tres garantías cuyos colores se inspiraron en las tajadas de una sandía.

Primera versión bandera del ejército Trigarante y a la que le adosaron una estrella dorada en cada una de las tres franjas dispuestas en diseño diagonal: blanco, verde y rojo, en el centro, una Lorna imperial decorada; y, en el fondo las palabras: Religión (católica), Independencia (de España) y Unión (con Europa), por lo que se le llamó la bandera de las tres garantías. Hecho que al menos simbólica y provisionalmente unificó a las cabezas visibles de las fuerzas insurgente y realista, Guerrero e Iturbide, para dar el siguiente paso, la separación de la Monarquía española o lo que se conoce como la consumación de “la independencia de México”.

A otro día, allá en la explanada del Tehuehue (cerro viejo), participamos en el izamiento de la bandera de Iguala, la misma que, monumental, a lo lejos avistamos ondeando airosa la tarde de nuestro arribo al descender la cuesta de entrada a esa cálida ciudad. Portentosa muestra patriótica inaugurada cuatro años atrás, en 1998, en cuya ceremonia, encabezada por el presidente Ernesto Zedillo, él mismo accionó el mecanismo que desde el asta de más de 113 mts., levanta el pendón de 50 por 25 mts., de 250 kilos, que obliga el auxilio de los concurrentes para que los militares no sean arrastrados por la fuerza que en la altura el viento ejerce sobre el lienzo que en lo más alto da cuerpo a la segunda bandera más grande de nuestro país, después de la de Piedras Negras, Coahuila.

Desde allá, al verla ondear, me envanecí de haberla portado de niño, rememorando parte de su historia que, recuerdo, inicia con el nacimiento de México como nación soberana con la primera monarquía luego del acta de independencia del Imperio Mexicano, con Agustín I, mediante el decreto del 7 de enero de 1822 con sus tres colores, ya en sentido vertical y con el águila que, retomando el hito fundacional mexica, es representada sobre un nopal y coronada (símbolo de la monarquía) con las alas abiertas como escudo. Emblema que, a la caída del imperio en 1823, fue modificado eliminando la corona e incorporándole laureles y olivos bajo el nopal, para ser adoptada como la bandera de la República. Con el segundo Imperio encabezado por Maximiliano I, el mismo lábaro fue ornamentado con cuatro águilas coronadas en dorado y al centro el escudo, diseño imperial mezcla de las casas de Austrohúngara y Francesa.

En 1880, Porfirio Díaz le afrancesó el águila; y, en 1916, Venustiano Carranza le da un nuevo diseño al águila con el perfil izquierdo; lo que, en 1968, con Gustavo Díaz Ordaz en la presidencia y con el rediseño en 1969 del escudo, hecho por Francisco E. Helguera y Pedro M. Días Infante, lo que formalizó con la “Ley sobre las características y el uso del Escudo, la Bandera, y el Himno Nacionales”.