Hijos del ruido

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Hubo una época —y no es romanticismo barato— en la que la música no pedía permiso, Irrumpía. Los noventa no fueron solo una década; fueron un terremoto cultural. Fue nuestra época, en la que la música no era un accesorio: era un arma.

Cuando Nirvana lanzó Nevermind, no vendió discos: dinamitó una generación. Pearl Jam convirtió la angustia en himno colectivo. Alice in Chains le puso lodo a la depresión antes de que existiera el hashtag. Rage Against the Machine le gritó al sistema con riffs que todavía hoy incomodan. Metallica llenaba estadios con canciones que duraban más que la paciencia de cualquier algoritmo.

No era música para gustar. Era música para confrontar y sobrevivir. Los noventa fueron el manifiesto. Los 2000, el último eslabón de esa cadena eléctrica.

A principios de los 2000, la rabia ya no era grunge: era nu metal. Más urbana, más industrial, más cruda.

Slipknot convirtió la furia en catarsis colectiva. Linkin Park mezcló rap y distorsión para hablarle a una generación que creció entre divorcios, crisis económicas y televisión basura, mucho antes de que existiera el término “salud mental” en cada perfil de Instagram. System of a Down hizo política en tres minutos y medio, gritó verdades que hoy serían canceladas. Korn convirtió el trauma en sonido. Deftones hizo sensual la oscuridad.

Escuchábamos discos completos. De principio a fin. No porque fuera retro, sino porque era la única forma de entender el viaje. Nevermind. Toxicity. Hybrid Theory. Kill ’Em All. No eran playlists. Eran capítulos de formación. Escuchábamos Lacrimosa, Therion, Haggard… no a “conejos malos”.

No entendíamos todas las letras —aunque intentábamos aprender otro idioma para cantarlas bien—. No hacía falta. Las sentíamos.

Hoy ya no hacen música: es un beat de computadora con balbuceos. Y lo peor: ni siquiera se entiende lo que se canta en nuestro propio idioma.

Ahora la industria fabrica canciones como comida rápida: breves, adictivas, desechables. El algoritmo decide cuánto dura tu atención y cuánto vale tu emoción. La rebeldía se volvió discurso políticamente correcto. La protesta, marketing. El sufrimiento, contenido de venta.

Antes el rock incomodaba a los padres.
Ahora la música incomoda hasta al silencio.

Éramos adolescentes convencidos de que el mundo estaba mal —y probablemente lo estaba—, pero teníamos una banda sonora para enfrentarlo y contar nuestra propia historia. Subíamos el volumen hasta que vibraban las ventanas. Escuchábamos discos completos: Hybrid Theory, Toxicity, Iowa, Californication. “Blind” de Korn. Kill ’Em All. No canciones sueltas. Obras completas.

Había algo casi ritual en poner el CD, leer el librito, aprenderte los agradecimientos, discutir cuál track era el mejor. La música no era fondo; era compañía, sombra, identidad.

Hoy la industria fabrica estrellas desechables que duran lo que una tendencia en redes. Canciones diseñadas para 15 segundos. Coros pensados para el reel preciso. Ritmos prefabricados que no arriesgan nada porque el algoritmo castiga la incomodidad.

No es solo una cuestión de gustos. Es un síntoma cultural.

Los noventa nos enseñaron a cuestionar. Los 2000 nos enseñaron a resistir hasta el último aliento. La generación actual aprende a cancelar.

Nosotros no “cancelábamos”; confrontábamos. No bloqueábamos; discutíamos. No abríamos hilos; hacíamos moshpit. Hoy abundan canciones que repiten frases virales sobre lujos rentados y romances desechables que vulgarizan el amor y trivializan las relaciones.

No digo que todo lo nuevo sea basura. Pero es evidente que el músculo cultural ya no se ejercita igual. La inmediatez debilitó la paciencia. El streaming pulverizó el concepto de álbum. La sobreexposición digital sustituyó la introspección.

En los noventa decías “quiero estar solo” y lo estabas. No para llamar la atención, sino por necesidad. Sabías que con tus audífonos y un buen disco de rock soportarías el momento.

La generación actual no es débil por naturaleza; es débil por diseño. Creció con anestesia digital. Con dopamina a demanda. Con validación instantánea. No necesitan soportar el vacío porque el teléfono siempre vibra. Nosotros sí conocimos el vacío. Y lo llenábamos con volumen.

La diferencia no es solo musical. Es estructural. En los noventa y los 2000 la música exigía paciencia. Te obligaba a escuchar, a procesar, a digerir. Hoy todo está diseñado para no incomodar demasiado, para no profundizar demasiado, para no durar demasiado.

Nosotros no éramos más inteligentes —o quizá sí—, pero éramos más resistentes al ruido superficial porque ya vivíamos dentro del ruido real. Crisis económicas. Cambios políticos. Guerras televisadas. Atentados que partieron al mundo en dos. Y mientras tanto, las guitarras seguían sonando.

Hoy somos adultos. Ya no buscamos el moshpit como si fuéramos a la guerra. Pero hay algo que permanece intacto: cuando suena un riff de aquella época, el cuerpo recuerda quién fuimos y lo que vivimos.

Fuimos la generación bisagra. La última que creció escuchando discos completos y la primera que vio morir la industria física. Tuvimos lo mejor de dos mundos antes de que el algoritmo decidiera por nosotros.

Nos tocó la rabia con causa. La tristeza con profundidad. La rebeldía sin tutoriales. Y eso, aunque el tiempo avance y las modas cambien, ya es una victoria cultural.

Y NO NOS LA PUEDEN QUITAR!!!