Fuera Marx

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Lo que vimos ayer con Marx Arriaga no es solo el episodio incómodo de un funcionario desalojado de su oficina que utiliza la victimización como herramienta para impedirlo. Es, en pequeño, una escena que anticipa lo que puede ocurrir el día que la ciudadanía le diga a Morena: se acabó el trabajo, gracias por participar, pueden retirarse.

Y ese día llegará. Porque en una república, los cargos no se heredan, no se eternizan y no se convierten en propiedad privada. Se ocupan… y se dejan.

Arriaga, separado de su cargo como director general de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública, reaccionó como si lo hubieran despojado de un derecho adquirido por elección popular. No era gobernador, no era legislador, no era presidente. Era un empleado del gobierno federal.

Y a los empleados —en el sector privado o público— un día se les dice: hasta aquí.

Dicho sea de paso, al ahora ex funcionario federal, se le olvidó que en el sector privado y menos en el público, puedes atacar a tus superiores si tener consecuencias. Pero esto es uno de los erres básicos de los funcionarios pro socialistas que se asumen con superioridad moral.

Eso fue lo que ocurrió. Nada más. No hubo golpe de Estado, no hubo persecución ideológica, no hubo asalto al poder. Solo una notificación administrativa: ya no hay trabajo.

Pero lo que siguió retrata más que cualquier discurso el talante del personaje.

Cuando lo corrieron, Arriaga se asumió obradorista, portavoz del llamado “humanismo mexicano” que enarboló Andrés Manuel López Obrador durante el sexenio pasado. El ex director, se colocó durante años en el pedestal de la superioridad moral, acusando a críticos, periodistas y opositores de conservadores, neoliberales o enemigos del pueblo.

Pero cuando le tocó enfrentar una decisión administrativa adversa, apeló al libreto clásico del victimismo político.

Según los videos difundidos, se negó a abandonar el cargo y buscó escalar el conflicto. Incluso habría incitado a los policías a esposarlo, en un intento evidente por fabricar una imagen de mártir. Necesitaba la foto. La narrativa. El gesto dramático.

No lo consiguió.

Lo que quedó no fue la estampa heroica del perseguido político, sino la imagen de un burócrata renuente a aceptar que el poder es prestado.

Aquí hay una lección más profunda.

Buena parte del movimiento que se reivindica heredero de las ideas de Karl Marx ha tenido históricamente un problema con la alternancia. Cuando llegan al poder, lo conciben como conquista histórica irreversible. No como mandato temporal.

En teoría, hablan de pueblo. En la práctica, se aferran al poder y sus beneficios.

La contradicción es brutal: denuncian privilegios, pero se incomodan cuando se les retiran; condenan las élites, pero se comportan como casta intocable; predican austeridad republicana, pero consideran el puesto una extensión de su identidad política.

Arriaga no entendió algo elemental: no era dueño de la Dirección General. No la obtuvo en las urnas. No le pertenece. No es suya.

Era un encargo. Y los encargos terminan.

Por eso lo de ayer no es anecdótico. Es una escena microscópica de un escenario mayor.

¿Qué pasará cuando millones de ciudadanos, en una elección, le digan a Morena que ya no puede ocupar ciertos cargos? ¿Qué pasará cuando el voto les retire el “hueso” institucional que hoy dan por sentado?

Si la reacción ante una destitución administrativa fue el dramatismo y la resistencia simbólica, ¿cómo reaccionarán el en actual régimen ante la pérdida real del poder político?

Esa es la pregunta de fondo.

En la democracia no consiste en llegar para quedarse. Consiste en llegar sabiendo que un día te irás. Y en ese tránsito —aceptar que el poder no es eterno— se mide la convicción democrática de cualquier proyecto político o personaje público.

Lo de Marx Arriaga no fue una persecución. Fue una despedida laboral. Pero su cabeza no asimila que tiene que buscar trabajo. La diferencia entre una y otra la entiende cualquier ciudadano común. Pero el ‘Marx mexicano’, al parecer, todavía no.