El pez sin el agua
Por: Rubén PÉREZ ANGUIANO*
Sería imposible agotar el tema de Jesús. A pesar de las toneladas de papel y las series o películas dedicadas a su nombre, su vida y enseñanzas seguirán ofreciendo reflexión para quien guste acercarse y pensar.
Uno de los momentos más inquietantes de su vida es cuando aparece el intento de apartarse de su misión, indagando la posibilidad de otro camino. Ocurrió en el Monte de los Olivos, en Getsemaní. En ese momento de intensa oración y angustia, parece solicitar otra posibilidad: “Padre, líbrame de esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
El trago de esa copa no era algo simple como la muerte, sino algo más profundo: el dolor, la tortura, la burla de quienes querían matarlo, el suplicio de verse desnudo y atormentado frente a quienes gozan con el sufrimiento ajeno como si fuera un espectáculo (siguen existiendo) y la conciencia de que sería la causa de un dolor profundo para su propia madre y discípulos amados.
A pesar de todo Jesús no escapó de su destino: lo abrazó con valor y resignación.
Más de dos milenios después podríamos preguntarnos sobre los efectos de su sacrificio. Una duda brota entonces: ¿valió la pena?
Hace unas semanas, gracias a los medios de comunicación, nos asomamos a la última habitación de un alto dirigente del crimen organizado. Allí aparecían signos del bien: una oración escrita a mano, una pequeña escultura de san Judas Tadeo, crucifijos, todo como si la fe estuviera a salvo de la conducta del ser humano.
Es necesario recordarlo: cuando la religión se convierte en amuleto el verdadero sentido se degrada. No se acepta a Jesús invocando su nombre, sino meditando en sus palabras y luchando por ajustar la propia vida a sus enseñanzas.
Hacer el mal, incurrir en ilícitos, asesinar, contaminar al mundo, extorsionar a la gente de bien, hacer sufrir a familias, desaparecer seres humanos, son acciones que no quedan libres de castigo tan sólo por los signos exteriores de una supuesta fe.
Un antiguo sicario de un cártel colombiano dijo una vez, en su canal de YouTube, que tenía tatuado a Jesús en el hombro junto a otros “protectores” más. Este personaje habría sido el responsable de decenas y quizás cientos de homicidios, pero se sentía un hombre cercano a Dios.
Aquí, en nuestra entidad, deambulan seres que no temen cercenar vidas a cambio de dinero o un poco de droga. A veces también ostentan el tatuaje de una cruz y hasta portan estampitas religiosas, a las que atribuyen el poder de salvarlos del mismo destino que ellos reparten a los demás. No creo que les sea útil el amuleto cuando comparezcan frente al verdadero tribunal: el de sí mismos.
Sucede que nos engañamos a nosotros mismos y sólo lo aceptamos cuando ya es muy tarde.
Pero se trata de casos extremos. Cada quien sabe lo que hace y deja de hacer en su vida cotidiana, sobre todo si se atreve a contrastarla con el que debería ser su propósito en el mundo.
A veces sembramos odio y rechazo, en lugar de comprensión. A veces mentimos y aceptamos la mentira para manipular a los demás. A veces envidiamos el éxito del otro y nos confabulamos para destruirlo, al menos con habladurías. A veces hasta nos regocijamos con el sufrimiento ajeno y acudimos, como hace años, a los sitios de ejecución (hoy virtuales) para solazarnos con la desgracia de alguien.
Quizás sea posible evitar el fracaso de Jesús en nosotros mismos. Construir unas cuantas victorias, así sean mínimas. Lograr pequeñas transformaciones en nuestro espíritu, el de todos los días.
Hacer algo, así sea poco, puede ser la mejor forma de celebrar esta semana que llamamos Santa.
*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 57 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.



















