COLIMA.— En el corazón de la Policía Estatal de Colima hoy no solo habita el luto, sino también un sentimiento de profunda desilusión institucional.
Este lunes 2 de marzo, la corporación se reunió para rendir honores a Daniel, el agente que el pasado viernes 27 de febrero entregó la vida en cumplimiento de su deber en el municipio de Coquimatlán. Sin embargo, lo que debió ser un bálsamo de reconocimiento para un compañero caído, ha dejado un sabor agridulce entre quienes día a día portan el uniforme.
El ambiente en el complejo de seguridad es de una calidez triste. Entre las filas, el murmullo es de incomprensión: los agentes cuestionan con dolor por qué no se realizó un homenaje de cuerpo presente durante el fin de semana, cuando los restos de Daniel aún no eran trasladados por sus familiares a Querétaro.
Para la tropa, ese último adiós frente al féretro de su compañero era un acto de dignidad necesario antes de su partida final.
La ausencia del titular de la Secretaría de Seguridad Pública en la ceremonia de este lunes no pasó desapercibida, generando dudas sobre si una agenda apretada impidió que el acto se realizara con la prontitud que la tragedia exigía.
Detrás de los rostros firmes en la formación, existe una desmotivación que crece en silencio. Los policías manifiestan que, aunque son ellos quienes están al frente de la batalla, sienten que no se les reconoce el riesgo real que enfrentan.
De acuerdo a versiones cercanas a la corporación, existe, además, un temor latente a alzar la voz por miedo a represalias, lo que obliga a muchos a callar sus exigencias más sentidas, como la petición reiterada de que se les permita portar sus armas de cargo cuando están francos para poder repeler posibles atentados en su contra.
A esta sensación de aislamiento se suma la necesidad de que la mandataria estatal regrese a escucharlos, como en el inicio de su administración lo hizo, lo cual vieron con buenos ojos y les dio esperanza de que las cosas podrían ser mejores.
Como en muchos temas, en la seguridad pública, «la forma es fondo».
Los agentes lamentan que, como sucede en toda institución, las mayores consideraciones parezcan reservarse para los elementos allegados a las cúpulas, dejando al resto en una lucha constante por la dignificación de su oficio.
Hoy, mientras Daniel descansa en paz, sus compañeros en Colima mantienen la mano en alto, esperando que este sacrificio sea el punto de partida para una verdadera transformación interna donde el policía no solo sea un número, sino un ser humano valorado y protegido por su propia institución.
El nuevo titular de la Secretaría de Seguridad Pública conserva aún ese «cheque en blanco» y la oportunidad de hacer las cosas bien, no solo de cara a la ciudadanía, sino hacia el interior de la corporación.
Los policías tienen la camiseta puesta, pero el liderazgo se debe ejercer con conocimiento, presencia, pero también empatía, especialmente en los momentos de crisis.
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